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EL MISERABLE OLVIDO

Cuando nuestra capacidad de recordar no está bien, el olvido es una constante de la vida. Peor que el olvido patológico, es sólo el político: ese miserable olvido.

La vida humana y sus vicisitudes pueden transformar el desarrollo de los países, de las ciudades y de sus poblaciones.

Tal situación ocurrió con la ciudad de Madrid, cuando en junio de 1561, Felipe II cambió su corte a su nueva capital, donde hasta entonces sólo vivían 37.500 personas.

En el siglo XVI, Madrid era una pequeña población, pero su situación geográfica en el centro de España fue determinante para su elección como la nueva capital del Imperio Español.

En cambio, en muchos otros pueblos de la Península Ibérica, la historia reciente ha revelado un olvido miserable a los antiguos pueblos de la raya portuguesa.

Durante la Reconquista cristiana había una gran necesidad de repoblar los territorios conquistados.

Y para ayudar en este objetivo y para desarrollar estas tierras, los monarcas portugueses otorgaron a sus aliados, como fue el caso de la Orden de los Caballeros del Templo, derechos sobre la tierra y también obligaciones a la Corona.

A falta de recursos para aplicar el centralismo político, la concesión de las cartas forales fue un instrumento valioso de los reyes de Portugal para indirectamente   mantener su poder y dominio.

Al igual que muchas villas medievales, Bemposta del Campo, obtuvo su carta foral en 1510, dotándola de autonomía administrativa y judicial.

Si la ubicación central de Madrid era perfecta para crear la nueva capital de España, los antiguos pueblos medievales de Raia portuguesa eran esenciales para controlar y hacer la primera oposición militar a los ejércitos invasores.

Primero fueron los castellanos, después los españoles, sin olvidar las tres invasiones francesas.

El período de apaciguamiento entre Portugal, sobre todo con su vecina España retiró su importancia política de estos antiguos pueblos medievales, pero no  el valor de su gente.

Desafortunadamente, la historia reciente está demostrando un cierto cinismo del Estado portugués con los antiguos pueblos medievales de la raya , que tanto dieron a Portugal.

Su centralismo político ha evidenciado la ineficiencia del Estado y las desigualdades son grandes entre sus regiones.

Esta discriminación encaja  con el dicho popular: «Portugal es Lisboa, y el resto es paisaje».

A pesar del dinero de los fondos estructurales de la Unión Europea, el interior portugués, en especial su raya es cada vez más decadente y condenada al un miserable olvido.

Incluso los gobiernos portugueses ya admitieron su fracaso para el desarrollo de gran parte de su territorio, por no hacer algo útil y eficaz para mejorar el futuro de los antiguos pueblos medievales, que defendían y protegían en todo momento la capital de su país.

Y en vez de valorar la valentía y la tenacidad de aquellas gentes de la provincia, están desgraciadamente despreciando sus sentimientos y su identidad.

La última reforma administrativa de 2012 de la autoría de Miguel Relvas, el entonces intragable ministro de los asuntos parlamentarios,  redujo al número de 1.165 las freguesias.

La figura de Miguel Relvas es el verdadero espejo del Estado portugués: centralista, arrogante, por demente e ineficiente.

Y no se cree que esta sea una cuestión de partidos políticos. El actual ministro de la administración interna, el socialista Eduardo Cabrita, ya admitió que no todas las antiguas freguesías podrán recuperar su antiguo estatuto.

De la derecha o hacia la izquierda gubernamental del «Estado de Lisboa» actuó siempre con un profundo desprecio por la identidad de los antiguos pueblos medievales de la Raya portuguesa.

Los criterios financieros se superponen a los valores identitarios de esas poblaciones.

Y tales criterios económicos y financieros de agregación de freguesias tienen poca relevancia en las cuentas del estado portugués. Pero en relación a la representatividad y de defensa de los intereses de esas poblaciones la pérdida fue realmente significativa.

Los derechos históricos

Siempre que escribí textos sobre la carta foral de Bemposta do Campo tenía el objetivo de rememorar la importancia de ese acontecimiento.

El 1 de junio de 1510 es para mí una especie de rememoración de un pasado que nos llenaba de orgullo.

Este orgullo no viene de un pasado glorioso, de estupendos descubrimientos o de extraordinarios logros, sino de la pequeña dimensión territorial de mi Bemposta do Campo.

Esta pequeña dimensión territorial en la Edad Media no fue sinónimo de servilismo ante los más capacitados o de mayor dimensión.

En el descuidado núcleo museológico de Bemposta do Campo, hay un monumento en piedra marcado por la tenacidad y la sagacidad de ser pequeño: la marca que limitaba los dominios del pequeño municipio de Bemposta do Campo, con el gran territorio del municipio de Penamacor.

¡Recordar los tiempos antiguos ya no es suficiente!

Recordar que las injusticias de la política territorial del Estado portugués, que en gran medida ha herido nuestro desarrollo, ya no es un problema importante.

Es tiempo de reivindicar nuestros derechos históricos de autonomía y de querer recuperar el tiempo que nos han hecho perder.

En la historia de amor hacia el Estado éste es poco productivo si él se revela como un tirano ante sus hijos.

Hay que exigir la reparación, no de las injusticias morales, sino la reparación del tiempo que nos fue sustraído.

Es necesario restaurar la dignidad de los antiguos pueblos medievales de la Raya mucha sangre fue derramada en defender el Estado portugués, pero cuando éste se instaló en su capital centralista, mira con un profundo desdén hacia esas tierras más cercanas a España que a Lisboa.

Hay regiones en la Península Ibérica, como es el caso del País Vasco, cuya tradición foral y de autonomía es posterior a la de la Bemposta do Campo.

Los foros del País Vasco datan de 1512, y de mi Bemposta do Campo datan  de 1510.

Entre la utopía y la necesidad, la lucha y el deseo de recuperar nuestros derechos históricos debe ser una constante.

Y esa insistencia debe ser realizada si así es el caso, singularmente, esto es: por el último inconformista de Bemposta do Campo y de las Tierras de Isibraia.

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