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EL CINE CRUZA LA RAYA

Hay actores de cine que, por una razón o por otra, trascienden su oficio en sí, y se convierten en parte de la idiosincrasia cultural en un lugar y momento dados. Aunque a mucha gente ahora su nombre le inspire otras cosas, y desde luego no todas positivas, durante varias décadas Gérard Depardieu no era un actor francés, ni siquiera “EL” actor francés: para el mundo, él era sencillamente Francia. Por esa capacidad de los actores de convertirse en portadores de culturas, iniciamos este análisis de la relación Portugal-España fijándonos en ellos, en los intérpretes.

En concreto en ella: la actriz y cantante Maria de Medeiros, mujer cosmopolita incluso antes de ser actriz, lleva años paséandose por las cinematografías de distintos países y como era esperable, la española está entre ellas. Realizadores como Bigas Luna, Gonzálo Suárez o Juanma Bajo Ulloa le aportaron sus intervenciones más visibles tanto para el público como para la crítica españolas en “Huevos de oro” (1993), “El detective y la muerte” (1994) y “Airbag” (1997), respectivamente. Tras unos años alejada del cine español, en 2003 Isabel Coixet la recuperó para “Mi vida sin mí”, aunque en esa ocasión hacía uso de su inglés para esta historia que se desarrolla en Canadá. Y hace poco volvió con su español de acento casi neutro para acompañar al famoso cómico Dani Rovira en “100 metros” (Marcel Barrena, 2016), película inspirada en la historia real de superación de Ramón Arroyo, un joven diagnosticado de esclerosis al que le habían dicho que no sería capaz de caminar ni cien metros.

Pero además de su faceta de actriz, de Medeiros es responsable directa de uno de los grandes hitos del cine ibérico. En el año 2000 decidió ponerse detrás de las cámaras para contar, desde su propia experiencia familiar, la Revolución de los Claveles en la película “Capitanes de abril” (2000). Con España como coproductora, la película cuenta con la presencia de actores como Fele Martínez o Manuel Manquiña, ambos con carreras muy poco internacionales más allá de ocasionales incursiones en el cine hispanoamericano.

A pesar de todo, no se trata tanto de una colaboración al alimón entre España y Portugal, sino de una confluencia de estos dos países en una coproducción multilateral. Sin ir más lejos, en palabras de su productor español Javier Castro, “Capitanes de Abril” no habría podido salir adelante sin la colaboración de Francia, que aportó la mayor parte de la financiación. Cerraba este particular baile de la Europa latina Italia, cuarto país en aportar capital pecuniario y también artístico. De hecho la película no se entiende sin el rostro del atractivo actor italiano Stefano Accorsi en la piel de Fernando José Salgueiro Maia, el capitán del ejército portugués al que la Historia adjudica en gran parte el hito de haber logrado la revolución sin sangre que precipitó el final de la dictadura salazarista, y al que el actor italiano (también con carrera paralela en Francia) otorga ternura y agresividad a partes iguales.

Precisamente en “Capitanes de Abril” también encontramos a la otra figura actoral portuguesa más internacional, Joaquim de Almeida. Como su colega Maria, él también ha trabajado en varios países. Su entrada en el cine español se produjo con la insólita “El día que nací yo” (1991), muy irregular película a mayor gloria de una joven coplera de nombre Isabel Pantoja y a las órdenes del por otra parte excelente director vasco Pedro Olea. A pesar de que su interés cinematográfico sea, efectivamente, escaso, el nivel de virulencia crítica que rodea a esta película parece estar más bien ligada al rechazo que provoca su estrella protagonista. Con otro vasco, Imanol Uribe, trabajó en “El rey pasmado” (1991), la película que el propio actor recuerda con mayor cariño de entre todas las de su trayectoria en España. Con más de quince películas hechas en España (y en su mayoría rodadas en español), destacan también sus colaboraciones con cineastas de prestigio como Gracia Querejeta en “Una estación de paso” (1992), con Mario Camus y junto a Carmen Maura en la ganadora del Goya a mejor guión “Sombras en una batalla” (1993), además de su vuelta con Olea en la reivindicable “El maestro de esgrima” (1992), adaptación de la novela de Arturo Pérez-Reverte. Ya en los 2000, cabe mencionar su participación como siniestro mafioso en “La voz de su amo” (Emilio Martínez Lázaro, 2001) así como en la indie catalana “53 días en invierno” (Judith Colell, 2006).

Si bien es cierto que tanto de Medeiros como de Almeida han dejado y siguen dejando su impronta en el cine español, su relación con España entronca como una rama más de sus amplias carreras internacionales y en ninguno de los dos casos es éste su principal país de acogida profesional. Ella tiene una relación natural con Francia, país al que se siente muy cercana desde su juventud tras haber estudiado en el Liceo Francés de Lisboa y él, por su parte, ha decidido desde hace varios años volver a priorizar su carrera estadounidense, llegando incluso a adquirir dicha nacionalidad. Se nota en sus últimas elecciones un intento de trascender los estereotipados papeles de brocha gorda a los que a menudo Hollywood condena a todos aquellos actores que, según unos particulares estándares étnicos, se enmarcan en ese cajón de sastre que es la categoría de “latinos”.

El ejemplo más reciente de una carrera actoral estable y exclusiva entre los dos países ibéricos podría adjudicársele al tristemente fallecido Filipe Duarte, quien tras estrenarse con “Barcelona, ciudad neutral”, coproducción entre las televisiones públicas de Cataluña y Portugal, TV3 y RTP respectivamente, formó parte de otra miniserie que acabó siendo todo un fenómeno social en España, “El tiempo entre costuras” (2012). Se trata de la adaptación de la novela de María Dueñas con Adriana Ugarte como protagonista, y que también podrá ser recordada como la serie que, en sus días de emisión, disparaba la venta de máquinas de costura en la web de Amazon España en un 135%. La costura le dio suerte a Filipe y siguió trabajando en España en series como “El accidente” (2017), “La otra mirada” (2018) y por último, en el autodenominado “thriller ibérico”, “Matadero” (2019), que prometía más repercusión durante su promoción de la que finalmente consiguió durante su emisión.

A sus 40 y tantos años, acababa de estrenar la película portuguesa “Mosquito” (2020), producida por Paulo Branco, uno de los más influyentes productores europeos y representante de la especial relación cinematográfica entre Portugal y Francia. El film había empezado a circular por diversos festivales de cine del mundo cosechando buenas críticas, así que nos quedaremos con la intriga de saber el efecto positivo que este nuevo paso en su carrera cinematográfica podría haber provocado en sus ofertas de trabajo en España.

Y no se puede hablar de cine de autor portugués sin hablar de su cineasta más reconocido a nivel internacional, especialmente apreciado por los festivales de cine más prestigiosos. En activo hasta su fallecimiento a los 106 años, Manoel de Oliveira aportó una de cal y una de arena al cine ibérico.

Por un lado, ninguneó a España en el tour histórico mediterráneo que planteaba en la maravillosa y díficilmente clasificable “Una película hablada” (Um Filme Falado, 2003). Durante la primera mitad de la película, una profesora de historia y su hija recorren el mediterráneo en un crucero que va haciendo paradas en distintos puertos como Marsella, Nápoles, Atenas o Estambul. Se suceden diálogos que podríamos calificar de poco naturales según los estándares habituales y largos planos estáticos marca de la casa. En la segunda mitad, sin abandonar ese estilo pausado se produce, sin embargo, la magia: a lo largo de una cena en el restaurante del barco se crea una suerte de mesa babélica en la que John Malkovich, Irene Papas, Stefania Sandrelli y Catherine Deneuve, se expresan en sus respectivos idiomas (inglés, griego, italiano, francés), y se entienden sin aparente dificultad. Charlan al mismo tiempo sobre sus vidas personales y sobre la Historia del Mediterráneo y de Occidente. Sin embargo, en ninguna de las partes de la película dio de Oliveira un cierto lugar a España, decisión que aún hoy resulta cuanto menos intrigante.

Pero por el otro lado, este desliz lo compensó dando el protagonismo absoluto a Pilar López de Ayala en la poética “El extraño caso de Angélica” (O estranho caso de Angélica, 2010), donde la actriz, incluso muerta, era capaz de llevar al protagonista, un joven fotógrafo encargado de inmortalizar su cadáver, al delirio amoroso. Asimismo, contó con Marisa Paredes en “Espejo mágico” (Espelho mágico, 2005), adaptación de la novela de Agustina Bessa-Luís, y donde además la hizo volver a vestir los hábitos de monja, imagen que sirve de guiño cómplice, voluntario o no, para cualquiera que recuerde el almodovariano convento de la Orden de las Redentoras Humilladas de “Entre tinieblas” (1983), en el que la actriz interpretaba a un tipo de monja bien distinto.

Precisamente Marisa Paredesvolvió al cine portugués hasta en dos ocasiones más: en “Las líneas de Wellington” (Linhas de Wellington, Valeria Sarmiento, 2012) y en “Photo” (Carlos Saboga, 2012), ambas coproducciones con Francia a través del ya mencionado Paulo Branco.

Otros actores que han trabajado ocasionalmente en Portugal han sido Sergi López en la reciente “Raiva” (2018) de Sergio Trefaut o anteriormente Victoria Abril en “Sem sombra de pecado” (1983) de José Fonseca e Costa, quien cuatro años más tarde dirigiría a otra española internacional, Assumpta Serna, en “La playa de los perros” (Balada da Praia dos Cães, 1987). Sin embargo, estos tres actores, como la gran mayoría de actores españoles que han extendido sus periplos profesionales por Europa, han acudido mucho más frecuentemente a nuestra otra frontera limítrofe, Francia, donde además, en el caso de López y Abril, se han podido instalar alcanzando igual o incluso mayor fama y prestigio que en España.

Es evidente que por su tamaño, Portugal no tiene la misma capacidad que España para crear una industria cinematográfica, y eso explica también que gran parte de su cine sea intimista y de arte y ensayo. Razón por la cual resulta aún más admirable la labor de directores como Luís Galvão Teles, cuyas películas tienen una vocación más popular que intimista. Él contó con Carmen Maura para acompañar a Miou Miou, Marthe Keller y Marisa Berenson en su particular dream team de damas del cine europeo en “Ellas” (Elles, 1997), con la televisiva María Adánez en “Dot.Com” (2007) y con la joven Ivana Baquero en “Hielo” (2016), diez años más tarde de que ésta alcanzara la gloria planetaria con “El laberinto del fauno” (Guillermo del Toro, 2006).

Jon Arozamena es especialista en relaciones internacionales y colaborador de radio

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