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Salvador de Madariaga: el profeta liberal

Mi último artículo de 2023 lo voy a dedicar a una pequeña reseña bibliográfica. Uno de los libros que más me ha sorprendido este año ha sidoSalvador de Madariaga: el hombre que entró por la ventana”, escrito por Santiago de Navascués, un joven historiador de la Universidad de Navarra, y publicado por Marcial Pons Historia. En esta biografía, extremadamente interesante, rica de anécdotas, detalles y reflexiones sobre la historia europea del siglo pasado, el autor traza el perfil de la vida y el pensamiento de un español muy atípico: él que fue un periodista, un diplomático de la Sociedad de las Naciones, un embajador y ministro de la Segunda República, un académico de la Universidad de Oxford, un miembro fundador del Colegio de Europa y del movimiento federalista europeo y, sobre todo, un ferviente y prolífico intelectual liberal. Hablamos de Salvador de Madariaga.

Nacido en A Coruña en 1886 y fallecido en Locarno (Suiza) en 1978, se puede decir que Madariaga representó en la política europea e internacional de mediados del siglo XX lo que Stefan Zweig fue por la literatura: el cantor del “mundo de ayer”, aunque (¡gran diferencia!) sin la mirada nostálgica y fatalista del escritor austriaco.

De educación científica (era ingeniero de minas) y formación internacional (terminó sus estudios en París y transcurrió mucho tiempo en Londres), a los 28 años Madariaga empezó a conocer el derrumbe violento del mundo liberal de su tiempo: la Primera Guerra Mundial, el bolchevismo soviético, el fascismo en Italia y, tras unos años de quiete relativa (los “felices años veinte”), el militarismo imperialista japonés, el nazismo alemán y la guerra civil en su propio país. A continuación, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.

Para Madariaga, el internacionalismo liberal no era sólo la manera más apropiada, es decir, mejor, de concebir y organizar las relaciones entre los Estados, sino también una solución (quizás “la” solución) para los problemas éticos, políticos y sociales de Europa y España. El liberalismo, para Madariaga, era la “tabla de salvación”, según la definición que usa Julius Ruiz en el prólogo del libro, contra los que Eric Hobsbawm llamó los extremismos del “corto siglo XX”. ¿Qué se habrían dicho, Hobsbawm y Madariaga, si se hubiesen conocido?

No pretendo un resumen de la obra de Navascués ni de la trayectoria personal y pública de Madariaga: ¡compren y lean el libro! Está muy bien escrito y documentado. Es una lectura accesible, pero con mucha sustancia. Lo recomiendo. Lo que me propongo, en realidad, es resaltar algunos aspectos del liberalismo de Madariaga y, a través de ello, analizar nuestra época. Pues, ¿qué lecciones nos deja su figura? Creo que sobre todo tres.

La primera es la defensa apasionada del multilateralismo, del derecho internacional y de una concepción pragmática y racional de los principios internacionalistas. Madariaga creía, como buen liberal de antaño, en el progreso económico y tecnológico y, por ende, en la necesidad de desarmar las relaciones entre los Estados a través de la construcción, el fortalecimiento y el desarrollo de un marco institucional adecuado para gobernar la interdependencia. Sus estrellas polares eran la diplomacia, el diálogo, el entendimiento y el respeto de unas reglas comunes con la que edificar un orden internacional basado en la libertad, la democracia y el imperio de la ley. Por su tajante condena a la agresión japonesa de Manchuria (septiembre de 1931) y su reivindicación del papel de las Sociedad de las Naciones, lo apodaron el “Don Quijote de la Manchuria”.

Fue amigo de Aristide Briand (antiguo primer ministro francés, republicano y socialista, Premio Nobel por la Paz en 1926 y precursor del proyecto de integración europea) e íntimo de la upper class liberal británica como, por ejemplo, Lord Cecil y Bernard Shaw.

El mundo de hoy necesita redescubrir a Madariaga: tanto las élites como las nuevas generaciones deberían conocer su vida, leer sus discursos y aprender de su compromiso para un mundo que impulse el progreso y el desarrollo humano, que valore la cordura y la razón, y que rechace los relatos mesiánicos y salvíficos. Un nuevo Humanismo occidental.

La segunda lección que nos deja la figura de Madariaga es el papel, fundamental e imprescindible, del intelectual en la vida pública. Madariaga siempre rehusó la definición gramsciana de “intelectual orgánico”: nunca pudo serlo en la España franquista, pero tampoco quiso serlo en el antifranquismo de izquierdas. Fue contrastado tanto por las derechas (un liberal anglófilo y antiespañol) como por las izquierdas (un burgués capitalista y conservador).

Madariaga fue más bien un “intelectual comprometido” con “sus” ideas, con una personalidad compleja y a menudo contracorriente: antifranquista, cuando Europa y, sobre todo, EEUU empezaron a normalizar la dictadura de Franco; federalista, cuando el europeísmo era testigo de la “renacionalización” de Europa; liberal, cuando el popularismo y la socialdemocracia se convirtieron en las principales familias políticas europea; y atlantista, cuando las izquierdas (tanto por su anticapitalismo como por su pacifismo tercermundista) volvían a ganar consenso. Él mismo se definía un “español por libre” (“nemo propheta in patria”, decían los antiguos romanos).

Quizás esta no sea un llamamiento muy en sintonía con el espíritu de nuestros tiempos, en los que los valores liberales están, en muchos lugares, retrocediendo. Pero Occidente, y España en particular, necesita a estos “terceros” y a su compromiso civil y político, cabal y orientado al bien común

Michele Testoni

Sin embargo, su obra maestra política fue aquel “contubernio de Múnich” (junio de 1962) con el que, de un solo golpe, paralizó el intento del régimen franquista de ingresar en la Comunidad Económica Europea (CEE), escenificando aún más la condición de aislamiento internacional de España (que ni siquiera el todopoderoso Kissinger fue capaz de cambiar), agrupó el antifranquismo moderato (un movimiento todavía débil y fragmentado) e indujo el entonces secretario general del PSOE en el exterior, Rodolfo Llopis, a aceptar la monarquía parlamentaria como compromiso institucional para la futura España democrática. En Múnich un intelectual consiguió “terminar la guerra civil” y, a la vez, sentar las bases de la Transición.

La tercera lección de Madariaga se refiere a la importancia de aquella “tercera España” de que él se consideraba representante. Es aquí que sus claroscuros parecen más evidentes: si la división derecha/izquierda es inevitable, aunque en constante redefinición, tanto en España como en todo el mundo occidental, las decepciones del “Madariaga político” (aparte de Múnich) son más bien el fruto de su concepción de la “tercera España” como un lugar físico, autónomo y equidistante entre la derecha y la izquierda, mientras que ésta debería entenderse sobre todo como una idea de país y sociedad compartida, en sus rasgos generales, tanto por la derecha como por la izquierda y ajena de pulsiones iliberales y guerracivilistas. Él nunca vivió en la España post-1978 – murió una semana después del referéndum del 6 de diciembre – pero los éxitos del “Madariaga intelectual” se hallan justo en su aplicación del liberalismo como visión y práctica de un orden constitucional (nacional e internacional) en el que se asumen deberes, se garantizan derechos y, sobre todo, se organiza la convivencia pacífica.

Quizás esto no sea un llamamiento muy en sintonía con el espíritu de nuestros tiempos, en los que los valores liberales están, en muchos lugares, retrocediendo. Pero Occidente, y España en particular, necesita a estos “terceros” y a su compromiso civil y político, cabal y orientado al bien común.

Michele Testoni es profesor asociado de IE School of International Relations desde 2013. También es profesor invitado en el Global Economy and Social Affair Master (GESAM), un programa conjunto administrado por la Universidad de Venecia Ca’ Foscari y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su investigación se centra en seguridad internacional, prestando especial interés a la política exterior de Estados Unidos y la OTAN. Ha publicado en varias revistas como la European Security y Quaderni di Scienza Politica. Es miembro de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA) y de la Transatlantic Studies Association (TSA), donde también forma parte del Comité Ejecutivo.

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