Los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de París nos han ofrecido la enésima imagen de qué es el mundo de hoy y, en cierta medida, de cómo podría funcionar mejor. Es cierto: las olimpiadas no son simplemente uno de los mayores acontecimientos deportivos y comerciales a nivel global; son también un escenario de alto valor añadido en términos políticos.
Para el país anfitrión, las olimpiadas son una ocasión magnífica, aunque costosa, para promocionar a sí mismo (su cultura, historia, gastronomía, etc.). La icónica belleza de muchas sedes de competición ha ido a renovar la magnificencia de París y el sentimiento de grandeur de Francia. Para las principales potencias del planeta, una oportunidad más para consolidar, acrecer o restablecer su autoridad moral en el gran tablero de las relaciones internacionales. Y para las demás naciones, un escaparate sin iguales para recordarnos que en el deporte no ganan siempre los más grandes o los más ricos. Las olimpiadas son una de las muchas arenas en la que los Estados, a través de sus atletas, ejercen su ‘poder blando’.
En las olimpiadas de París hemos vivido historias de deporte (emociones, delusiones e incluso rifirrafes) y momentos de ‘coopetencia’ (expresión que indica la combinación de cooperación y competencia) entre sus múltiples actores, es decir, los deportistas, los organismos directivos internacionales (a partir del COI), los gobiernos nacionales, los medios de comunicación y las opiniones públicas.
De una parte, los triunfos de Léon Marchand, Teddy Riner o Armand Duplantis; las lágrimas de Carolina Marín y la felicidad de Teresa Perales; la 5ª medalla de oro consecutiva (récord histórico) del luchador cubano Mijaín López; la reverencia de Simone Biles a la brasileña Rebeca Andrade; la primera medalla de oro para Botsuana, Dominica, Guatemala y Santa Lucia; la plata del tirador turco Yusuf Dikeç, fenómeno mediático planetario con su actitud relajada y despreocupada.
De otra parte, la carrera entre EE.UU. y China para el liderazgo del medallero (tal y como ocurría con la URSS en la Guerra Fría); la victoria de ‘China Taipéi’ (la denominación olímpica de Taiwán) contra China en el bádminton; el candor del selfie entre coreanos del norte y del sur en el tenis de mesa; las polémicas sobre la ceremonia inaugural (¿atrevida o sacrílega?); las controversias sobre el género de la boxeadora argelina Imane Khelif y sus denuncias por ciberacoso; la participación del Equipo Olímpico de Refugiados.
Es por esto que nos gusta tanto el ritual olímpico: nos recuerda que nuestra aspiración al orden y la estabilidad (y posiblemente la justicia) nunca pasa de moda
El deporte es una prosecución de la política por otros medios (si Clausewitz hubiese vivido en nuestra época, seguro que estaría de acuerdo). El deporte, en efecto, se caracteriza por rituales y simbolismos evidentemente políticos, incluso marciales. Empero, invirtiendo el orden de su aserción, ¿se podría imaginar la política como continuación del deporte? Dicho de otra manera, ¿puede la ‘coopetencia’ olímpica ser un modelo para suavizar la lucha para el dominio del mundo y volver a un orden internacional más organizado y previsible, menos fragmentado y en el que el derecho internacional sea el pilar principal de la gobernanza global?
Todo tipo de orden se fundamenta sobre un cuerpo de reglas (lo legal) y normas (lo cultural) que, para proporcionar estabilidad, debe ser legítimo, es decir, aceptado por sus actores más importantes. Acaso debería ser también justo, pero no compliquémonos demasiado las cosas y enfoquémonos en el requisito de la legitimidad.
En sus más de cien años de existencia, el ‘orden olímpico’ ha experimentado ajustes y cambios; ha vivido boicots, protestas y dopajes; ha sobrevivido a guerras, crisis económicas y pandemias. En Paris 2024 la tregua olímpica no ha sido respetada (no es la primera vez) y el aparente doble rasero entre la exclusión de Rusia y Bielorrusia y la participación de Israel no ha pasado desapercibido. No obstante, sigue aglutinando países y naciones porque – seamos pragmáticos y dejemos a un lado el idealismo de antaño – es un lugar de gran inversión de capital político. El orden olímpico es parte de una cierta idea de sociedad internacional.
Sin embargo, claro está, el orden olímpico no afecta a la seguridad ni al bienestar de los Estados. Perder una competición o no ganar una medalla no es lo mismo que, por ejemplo, perder una guerra o sufrir las consecuencias de aranceles comerciales.
Hay tres cuestiones que siguen dificultando el desarrollo de un orden internacional legítimo, es decir, moldeado por principios y valores compartidos. La primera es cultural: es más de un siglo, desde 1917, el año de Wilson y Lenin, que el mundo ha perdido la idea de ‘civilización’, a saber, que las relaciones internacionales se caracterizan por una ‘incivilidad’ difusa y una falta de entendimiento sobre sus códigos y restricciones, como muy pocas veces se ha visto en la historia humana. El orden internacional liberal post-1945 es en larga medida una derivación de la potencia norteamericana, mientras que la distensión entre los EE.UU. y la URSS no duró más de quince años. Parcial el primero, muy breve la segunda. El fin de la distinción entre lo ‘nacional’ y lo ‘internacional’ y la reaparición, a partir de la década 1980, de fenómenos identitarios y étnico-religiosos son obstáculos enormes para el renacimiento de un orden político global moderadamente estable y duradero, es decir, legítimo. Vivimos en tiempos de entropía normativa.
La segunda cuestión está relacionada al calado y la rapidez de la innovación tecnológica. Jamás en la historia humana se habían experimentado unas transformaciones tan radicales, y a un ritmo tan vertiginoso, de nuestros sistemas de producción, comunicación, información, transporte y, por supuesto, defensa nacional. Cada revolución industrial va acompañada de un aumento de la inestabilidad política y, por tanto, una mayor propensión al uso de la fuerza. Si en el pasado fueron el vapor, la electrificación y los motores de combustión interna, hoy es el turno de la tecnología digital, la biotecnología y la inteligencia artificial. Quién consigue liderar el cambio tecnológico tiene grandes probabilidades de imponer las reglas del juego político. La relación entre poder político, desarrollo económico y superioridad tecnológica es clave para entender los procesos históricos internacionales. La profundidad y la aceleración exponencial de las transformaciones que estamos experimentando son un factor que complica (aún más) la fragmentación normativa del mundo actual.
El tercer escollo es de tipo cuantitativo: ¿cuál es el número óptimo de grandes potencias para el desarrollo de un ‘buen’ orden internacional? Hay quien dice una, otros dos, otros tres o más. En cambio, hay quienes dicen que el criterio numérico tiene poco sentido en el mundo de hoy: el poder está disperso en ámbitos diferentes y hay más jugadores que los Estados y sus marañas diplomáticas. Es una pregunta antigua a la que, sin embargo, es imposible contestar de manera objetiva y definitiva. De hecho, no existe en la historia una configuración ideal con la que garantizar equilibrio y estabilidad.
Si esta cuestión ha vuelto a ponerse de moda es porque la nuestra es una época de transición, de incongruencia entre reglas y normas establecidas (de un lado) y redistribución de los recursos materiales e ideales de poder (de otro lado). Occidente parece estar en una fase de estancamiento – víctima también de múltiples contradicciones – mientras que los enemigos de nuestras sociedades abiertas – sean potencias revisionistas y autoritarias, sean movimientos iliberales – saben aprovecharse de esta situación de dificultad e incertidumbre. Como decía Gramsci, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no ha nacido aún.
Es por esto que nos gusta tanto el ritual olímpico: nos recuerda que nuestra aspiración al orden y la estabilidad (y posiblemente la justicia) nunca pasa de moda.

Michele Testoni es profesor asociado de IE School of International Relations desde 2013. También es profesor invitado en el Global Economy and Social Affair Master (GESAM), un programa conjunto administrado por la Universidad de Venecia Ca’ Foscari y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su investigación se centra en seguridad internacional, prestando especial interés a la política exterior de Estados Unidos y la OTAN. Ha publicado en varias revistas como la European Security y Quaderni di Scienza Politica. Es miembro de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA) y de la Transatlantic Studies Association (TSA), donde también forma parte del Comité Ejecutivo.














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