Pulsa «Intro» para saltar al contenido

Dr. Strangelove or: How I Learned [in 2024] to Stop Worrying and Love the Bomb

Pues sí, lo admito, Stanley Kubrick es mi director de cine favorito. Sus trabajos son verdaderas obras maestras: el significado de cada película, la peculiaridad de los guiones, la caracterización psicológica de los personajes, el gusto para los contrastes y las contradicciones, la estética de las escenografías y la atención para los detalles o la sugestión de las bandas de sonido. Kubrick era un artista, un auténtico genio.

Y para mí, que intento explicar lo que pasa en el mundo a través de las herramientas de la ciencia política, Dr. Strangelove es una película especial. Su humor negro tiene una fuerza perturbadora. Sospecho que no hay muchos de nosotros que pretendiendo esclarecer a nuestros alumnos qué es, y cómo funciona, la disuasión nuclear, no han proyectado (al menos una vez) en clase la escena de la “sala de guerra”, la surreal y exhilarante conversación entre el embajador soviético y el presidente estadounidense sobre el “Dispositivo del Fin del Mundo” y la siniestra fascinación del asesor presidencial, de obvio pasado nazi, por aquel nuevo tipo de armamento.

Dr. Strangelove en 2024

2024 ha vivido un súper maratón electoral, el año en el que más se ha votado en la historia: más de 40 elecciones nacionales en un número de países que concentran casi la mitad de la población mundial. En particular, destacan Brasil, Francia (aunque sólo legislativas), India, Indonesia, México, Portugal, Reino Unido, Sudáfrica, Uruguay y también las farsas de Ruanda, Rusia y Venezuela. Pero, sobre todo, la Unión Europea y los Estados Unidos.

Empecemos por estas últimas. La victoria de Trump del pasado 5 de noviembre tiene unas repercusiones cuyo alcance aún desconocemos. En el próximo bienio (por lo menos) el partido republicano controlará las cuatro grandes instituciones del poder: la Casa Blanca, el Senado, la Cámara de los Representantes y la Corte Suprema. Una ausencia de contrapesos como muy pocas veces en la historia de aquel país; una situación agravada por las pulsiones autoritarias de Trump y los primeros nombramientos de su nueva administración: un “appetite for destruction” (como un antiguo éxito de los Guns N’ Roses) por todo lo que es establishment. Puro dadaísmo político. A esto hay que añadir el parón judicial del que Trump se beneficiará (recordémoslo: el 6 de enero de 2021 impulsó un fallido golpe de Estado) y el inmenso conflicto de interés de Elon Musk.

A Joker se le ha otorgado, democráticamente, el poder de poner Gotham City patas arriba. ¡Qué empiece la fiesta!

En cuanto a las implicaciones internacionales de la victoria de Trump, es imposible no darse cuenta de la legitimación de la que se deleitarán los populismos de extrema derecha en todo el mundo: una riada de híper nacionalismo, desregulación, negacionismo climático, xenofobia y retrocesos en los derechos civiles.

El regreso de Trump

Es cierto que en varios asuntos las continuidades entre Trump I (2017-21) y Biden (2021-25) han sido evidentes, tal vez más de lo que nos esperábamos: el comercio mundial, la oposición frontal a China e Irán o el apoyo incondicionado a Israel. Sin embargo, la gran discontinuidad se va a realizar en las prácticas de la gobernanza global, la víctima designada de esta segunda presidencia Trump. El multilateralismo, escribe Andrea Rizzi, ya considerablemente cuestionado por EE.UU. y otras grandes potencias, se va resquebrajando.

No, este no es el humor negro del Dr. Strangelove. Es nuestra realidad, es lo que nos queda de este 2024. ¡Mucho ánimo!

Trump prefiere relaciones bilaterales y de corto plazo. En lo económico, las escaladas arancelarias le proporcionan la imagen de una América fuerte, agresiva y capaz de reducir el déficit de balanza comercial (sobre todo con China, México y la UE) – un indicador importante, pero no suficiente para determinar la verdadera grandeza de una nación, además de los estragos que se generan con un deterioro prolongado y generalizado de los intercambios comerciales. Les invito a leer a Paul Krugman.

En los asuntos de seguridad internacional, Trump ve las alianzas (digamos, la OTAN) como “protection rackets”, fantástica definición de Ivo Daalder: su valor es función de cuánto los aliados pagan por su protección en lugar de la seguridad que proporcionan (tampoco el free-riding europeo es aceptable, seamos honestos). Trump pretende orientar su política exterior hacia el principio de equilibrio entre las grandes potencias, una visión de “peace through strength” (paz a través de la fuerza). Ucrania está avisada.

Empero, ruego que se me explique qué ganamos con la ruptura del acuerdo sobre el programa nuclear iraní ya que, desde 2017, la estabilidad del Oriente Medio no ha ido mejorando. Al revés. Además, el próximo secretario de Estado no va a ser un tipo pragmático como, por ejemplo, fueron Henry Kissinger o James Baker, sino Marco Rubio. ¿Habrá sorpresas? Hago mi apuesta: es posible que las relaciones entre EE.UU. y la India de Modi se desarrollen con más claridad.

Volvamos ahora la mirada hacia Bruselas y las consecuencias de las elecciones europeas del pasado 6-9 de junio. La legislatura se prevé bronca e inestable, caracterizada por una mayor fragmentación y una evidente derechización. El largo y dificultoso proceso de formación de la nueva Comisión Europea ha hecho hincapié en la amplia (y tóxica) polarización del hemiciclo de Estrasburgo. El pacto que tradicionalmente existe entre las principales familias políticas europeas (populares, socialdemócratas y liberales) ha quedado tocado. Volver a una cierta normalidad, a un espíritu constructivo de diálogo parlamentario, limitando futuras “europeizaciones” de peleas nacionales (como ha ocurrido en el caso del PP español), no será nada fácil.

Europa sin rumbo

La estrategia de las “geometrías variables” adoptada por el partido popular europeo (dirigido por el alemán Manfred Weber, gran rival de Úrsula von der Leyen) es muy problemática. Por un lado, produce más incertidumbre, es decir, un proceso de toma de decisiones más lento y sujeto a todo tipo de chantajes, cuando, en realidad, lo que la UE necesita (¡y lo necesita ya!) son ambición y valentía para acelerar un proceso de integración política que, desde hace años, se ha quedado estancado y sin un auténtico liderazgo. Por otro lado, se trata de la normalización de facciones políticas ultraconservadoras y ajenas a los ideales europeístas.

Como es natural, las incógnitas de politics se convierten en incógnitas de policies. Los ejes de la nueva Comisión son bastante claros: competitividad, desarrollo tecnológico y defensa. Lo demuestra la composición de las seis vicepresidencias y la distribución de las carteras, en un equilibrio complejo entre países, áreas geográficas y familias políticas diferentes. También, es preciso recalcar el papel crucial de la vicepresidenta española, la socialista Teresa Ribera, que concentra la súper cartera de la “Transición limpia, justa y competitiva”. El “informe Letta” y el “informe Draghi” resuenan como los pilares esenciales del programa de gobierno de una UE cuyo objetivo es convertirse en un actor internacional autónomo y relevante. Y también que siga defendiendo el ideal de sociedad abierta y justa.

Sin embargo, la fragmentación y la polarización que caracterizan a Europa y, en consecuencia, la falta de un fuerte liderazgo europeísta en las principales capitales europeas (véanse, sobre todo, las crisis políticas de Alemania y Francia) impiden ser demasiados optimistas. Tenemos la sensación de vivir en una crisis constante, en un efecto bola de nieve en el que todavía no hemos vislumbrado un ancla a la que agarrarnos o un callejón más tranquilo por donde bajar.

Estamos ante de una disyuntiva muy clara: ¿impotencia o arriesgarse a impulsar un salto de la UE hacia delante?, se pregunta correctamente Bernardo de Miguel. ¿Sabrán von der Leyen y los otros líderes europeos “ilustrados” vencer a los particularismos y desarrollar un nuevo relato europeísta?

Europa está arrinconada, el cielo encapotado: la rivalidad sistémica entre China y EE.UU., las agresiones (reales e híbridas) de Rusia, los conflictos en el Oriente Medio y la amenazante perspectiva de unas políticas señaladamente antieuropeas por parte de Donald Trump. El que acierta es Josep Borrell: Europa está en peligro y ha de aprender a hablar el lenguaje del poder. En cierto sentido, es lo mismo que escribía Jean Monnet en sus memorias: “Europa se forjará en las crisis y será la suma de las soluciones adoptadas para afrontar esas crisis”.

No, este no es el humor negro del Dr. Strangelove. Es nuestra realidad, es lo que nos queda de este 2024. ¡Mucho ánimo!

Entrevista a Michele Testoni, profesor de relaciones internacionales en IE University, sobre la guerra en Ucrania y el equilibrio de poder

Michele Testoni es profesor asociado de IE School of International Relations desde 2013. También es profesor invitado en el Global Economy and Social Affair Master (GESAM), un programa conjunto administrado por la Universidad de Venecia Ca’ Foscari y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su investigación se centra en seguridad internacional, prestando especial interés a la política exterior de Estados Unidos y la OTAN. Ha publicado en varias revistas como la European Security y Quaderni di Scienza Politica. Es miembro de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA) y de la Transatlantic Studies Association (TSA), donde también forma parte del Comité Ejecutivo.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tema Mission News de Compete Themes.
Raia Diplomática

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.