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(Foto de José Vicente Rubio Eire)

Un Clásico, un Moderno y un Capricho

Los premios de la Academia Mundial de la Poesía, que se entregan cada año en Verona, llevan el nombre de Catulo. Gaius Valerius Catullus nació alrededor del año 84 a.C. en Verona (entonces parte de la Galia Cisalpina) y murió joven, hacia el año 54 a.C. Su vida coincidió con el final de la República Romana, una época convulsa en lo político, pero también riquísima en lo cultural.

Fue parte de un grupo de poetas conocidos como los “neotéricos” (poetae novi), que rompieron con la tradición épica y grandilocuente de autores como Ennio o Lucrecio. En cambio, buscaban inspiración en los griegos helenísticos, como Calímaco, cultivando una poesía más breve, refinada, personal y emocional, o eso se dice de su persona en los eruditos manuales.

Debo reconocer que los jesuitas no me hablaron de Catulo cuando me tocó estudiar latín. Por eso, cuando aterricé en Verona el pasado mes de marzo con la Delegación Española, fui directo a una librería a hacerme con un libro de poemas de este insigne veronés, para ponerme al día antes de la ceremonia.

En el magnífico hall-cafetería del hotel Due Torri, rodeado de los espléndidos frescos del pintor novecentista italiano Pino Casarini —apunten la recomendación—, con una taza de té en la mesa, comencé a asombrarme mientras pasaba las páginas del libro:

Caelio, nuestra Lesbia, esa Lesbia,
la misma que Catulo amó más
que a sí mismo y a todos los suyos,
ahora se la chupa en callejones y esquinas
a los nietos del gran Rómulo.

Y más, y más.

Pronto me di cuenta de que este tipo de lecturas merece más bien acompañarse de un Spritz, y comencé a comprender las razones que llevaron al bueno del padre Prieto a no citarlo en sus clases.

Cuando se acercó el presidente de la Academia, Giovanni Dotoli, que se alojaba en el hotel, a saludarme y a tomar café, me preguntó por el libro que llevaba entre las manos. Al mostrárselo, no pude menos que referirle:

—¡El próximo año bien podéis cambiar el nombre de los premios por el de Limónov!

Se rio.

Así que esta es mi recomendación como autor clásico del mes. Hay muchas y buenas recopilaciones de su poesía en castellano. Por citar una, hablaré de la edición de Penguin Random House titulada: Esas manitas fuera, que es bastante recomendable —y cuesta solo 6,55 euros.

La conversación con Dotoli es siempre muy viva, pero como uno se alargue en la mesa, al poco le cae un encarguito. A mí me cayó la tarea de escribirle un artículo de unas veinte páginas sobre la poesía contemporánea española.

Los premios de la Academia Mundial de la Poesía, que se entregan cada año en Verona, llevan el nombre de Catulo. Gaius Valerius Catullus nació alrededor del año 84 a.C. en Verona (entonces parte de la Galia Cisalpina)

¡Dios mío! Menos mal que pronto aterrizó por el café Muriel y consiguió rebajar la penitencia a apenas ocho o diez folios. A fecha de hoy todavía no he escrito una línea.

Dos días más tarde, con los fastos terminados, me encontraba en Venecia. Sí, ya sé: los periódicos digitales están llenos de artículos vilipendiando la ciudad, tildándola de mero parque temático para turistas. No les hagan ningún caso. ¿Acaso uno debe dejar de visitar el Louvre solo porque una legión de turistas asiáticos lo invadan todo con sus teléfonos móviles?

Además, si visitan Venecia en marzo, cuando las máscaras han vuelto a los escaparates y los turistas a sus quehaceres de oficina, se encontrarán una ciudad con los vaporetos semivacíos y las tascas donde vuelve a oírse veneciano. Es el momento de pasear con botas de agua y paraguas, disfrutando el ambiente de los cafés llenos de estudiantes de la Universidad Ca’ Foscari, como el café La Serra. Está situado en un palacio de hierro y cristal, de los que se hicieron populares a mediados y finales del siglo XIX, y cuyo ejemplo patrio es el Palacio de Cristal del Retiro de Madrid —vía Giuseppe Garibaldi 1254, sestiere di Castello—. Y sí, esta es otra recomendación de viaje.

La caja de muñecas transparente hace las veces de floristería, mezclando el sabor de un invernadero con el de una cafetería de coquetas mesas de forja. En primavera y verano, su terraza es un hervidero donde es difícil encontrar una mesa, pero ahora, en invierno, no cuesta hacerse con un buen puesto cerca de los ventanales semiempañados.

Allí fue a descansar la pirámide de libros que me había procurado en este viaje, coronada en su cumbre por el libro que Muriel Augry me acababa de dedicar días atrás: Comme un parfum d’errance.

Es difícil hacer una crítica a una amiga, igual que lo es defenderla ante los tribunales cuando toca. Tengo amigos que tienen por lema no coger nunca casos ni de familiares ni allegados —nunca termina bien, sentencian—. Sea. Pero sería injusto no hablar de la joya sensorial y profundamente lírica que supone la lectura de un poemario de Muriel.

Sus versos tienen una fluidez pausada, casi musical, con un uso muy delicado de los saltos de línea, creando respiraciones y ecos. En francés, su lengua materna, esto se siente especialmente elegante.

Entre taza y más tazas de té, con algún bizcocho de por medio, y viendo cómo se apresuran bajo la lluvia los pocos viandantes que atraviesan el parque camino de la vía Garibaldi, reflexiono sobre su temática. Nada que ver con la de Catulo. Allí se encuentran la soledad, el tiempo, la memoria, la sensualidad, la efimeridad… todos narrados desde una voz muy particular, casi susurrada.

Creo que no existe todavía una traducción de su poemario al español. Yo le he podido arrancar un buen puñado de versos a modo de colaboración para el próximo número de nuestra revista El Movi_Miento: seremos, pues, los primeros en traducirla.

Esta autora es, entonces, mi segunda sugerencia de literatura contemporánea. Una voz que merece ser leída con lentitud, y en voz baja, como quien abre una carta llegada de otro tiempo.

Quedaría solamente abordar el capricho, el regalo fuera del canon. Hablaré, por lo tanto, de Arco de Triunfo, de Erich María Remarque —recién reeditada por EDHASA. Saltamos de la poesía a la novela.

Se trata de un drama romántico muy fácil de leer. La acción se sitúa en el París de 1939, en el mundo de los refugiados y los cabarets de Pigalle. Allí el narrador sigue a un cirujano alemán exiliado y sin documentación, que sobrevive a base de operaciones irregulares y malvive en hoteles de segunda categoría, mientras esquiva como puede los controles policiales.

De la novela se hicieron dos películas: una primera en blanco y negro —más romántica— con Charles Boyer e Ingrid Bergman, y una segunda en color —más existencial— para televisión, protagonizada por un joven Anthony Hopkins acompañado por Lesley-Anne Down. A día de hoy sigo sin saber quién interpreta mejor el papel de Ravic —el cirujano exiliado—, si el actor francés o el galés; pero definitivamente Ingrid Bergman borda el papel de Joan Madou, su amante, en una actuación memorable. Mejor, incluso, que la de Casablanca. Por eso —en mi opinión— me decanto por la primera versión, la rodada en blanco y negro, aunque dejo el debate abierto.

Mi último consejo es, por lo tanto, triple: léanse la novela, vean las dos películas, y opinen sobre cuál de ellas recoge mejor el espíritu del libro —o al menos, el aspecto que más les haya atraído de su lectura.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales  y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.

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