Un legionario filósofo, una biblioteca olvidada y un viaje literario desde Zaragoza hasta el Vietnam a través del Hades. Homero sigue esperando que lo leamos de verdad.
Un desahucio, hoy en día, es una auténtica odisea. Es más fácil navegar esquivando a Escila y Caribdis que conseguir —y después ejecutar— una orden de lanzamiento. No siempre fue así. Yo conocí esos tiempos en los que, si a un inquilino se le terminaba un contrato o dejaba de pagar, los aqueos echaban abajo los muros y devolvían a Helena a su legítimo marido.
Me acuerdo de un lanzamiento al que me tocó asistir en Zaragoza. Se trataba de un legionario que había arrendado un piso para él y su novia por ocho meses. Si mis recuerdos no me fallan, pagó la primera mensualidad y poco más. Dos años después de haberse firmado el contrato, estábamos en la puerta del apartamento con la comisión judicial.
Tocamos en la puerta, nadie respondió, y después se le pidió a la propietaria que intentase abrir con su llave. Hubo suerte, y pareció que nos encontrábamos ante un caballero, pues la cerradura no estaba saboteada con silicona —una tarjeta de despedida de los inquilinos muy común en aquella época—.
El Hades, a modo de peste nauseabunda, se nos mostró en todo caso tan pronto como se abrió la puerta. Es el día de hoy que aún no puedo borrar tan nefasto recuerdo.
Creo que el legionario estuvo conviviendo con la cabra de su bandera en vez de con su novia, pues solo así se explica el terrible desastre que encontramos allí adentro.
La pobre propietaria, soltando maldiciones y conjuros, con bastante coraje entró, a pesar de todo, y fue abriendo las ventanas y haciendo la luz ante los restos de un saqueo.
Un legionario filósofo, una biblioteca olvidada y un viaje literario desde Zaragoza hasta el Vietnam a través del Hades. Homero sigue esperando que lo leamos de verdad.
Y sí, parecía que entrábamos en el inframundo, pero, para mi gran sorpresa, en una librería reposaba la colección completa de Gredos sobre filósofos griegos. Toda nueva, a estrenar, cada volumen en su bolsita de plástico.
El legionario era, pues, un Sócrates. Y digo lo anterior también por el hecho de que, según cuentan las crónicas, Sócrates era una persona que no se aseaba y que tenía un aliento terrible —nada que ver con la figura idealizada que nos muestran de él los grabados franceses del siglo XIX.
Como quiera que la propietaria repetía una y otra vez que iba a tener que tirar todo a la basura, muebles incluidos, para poder reformar el piso y alquilarlo de nuevo, osé pedirle retirar la colección de Gredos.
—¡Lléveselo si quiere! Esos libros no se los lee nadie —fue su socarrona respuesta.
Antes de empezar a recoger los libros, aún tuve tiempo para preguntarle a la clienta:
—¿Qué le llevó a alquilar el piso a una persona así?
—¡Oh, si usted lo hubiese conocido! Era tan elegante como Marlon Brando. ¿Quién lo hubiese imaginado, no?
Aquel mediodía volvía a Madrid, llevando en mi coche, todo ufano, dicho tesoro. Imaginaba cómo quedarían en la librería de mi despacho y me organizaba un plan racional de lectura.
¡Vanidad, toda vanidad intelectual mía!
Cuando, cuatro años más tarde, Luis García-Orea —mi compañero de despacho— los redescubrió, muy, muy al fondo de mi biblioteca, solo uno de los volúmenes tenía quitado el plastiquillo: el de Jenofonte.
Las miradas que me procuró lo decían todo.
El problema de tener mucha confianza con una persona es que, en momentos como este, ya no se pide ni permiso. Luis sí que es, de veras, un apasionado de la antigüedad griega, y más concretamente, de los filósofos presocráticos. Será por eso que, sin mediar palabra, comenzó a extraerlos, acariciando con mimo cada uno de los volúmenes, para llevárselos a la biblioteca de su despacho.
—Ya estáis en casa con Papá, ya estáis en casa —parecía querer decir.
Al principio, avergonzado, le dejé hacer. Después pensé que algo debería obtener, pues una colección como esa, nueva, es costosa de adquirir. Así que intenté al menos sacarle una comida en Horcher.
No llegaban los talentos de Luis para tanto, pero terminamos, en todo caso, en El Orbayo —C/ Claudio Coello 4, Madrid—, donde sirven una excelente comida asturiana. Apunten el consejo.
Junto con el almuerzo, me garanticé una especie de derecho de pernada sobre su biblioteca, que ciertamente está mejor nutrida que la mía.
Por ese camino, el año pasado me llevé La Ilíada, y hace poco, durante el Gran Apagón, me llevé La Odisea.
Tras su muy grato paso por mis manos, puedo, pues, con conocimiento, recomendar la lectura de ambas.
El problema de por qué estos libros son conocidos por todos y leídos por pocos es que, como Hollywood los ha llevado a la gran pantalla en tantas ocasiones, uno cree ya conocer su contenido.
Sí, pero no.
Pongamos como ejemplo Troya, la última película que sobre esta materia protagonizó Brad Pitt. ¿Refleja realmente La Ilíada? En mi opinión, es una versión desprovista de alma religiosa y pasada por el filtro de una sensibilidad moderna que prefiere evitar lo divino.
Me explico: La Ilíada no trata solo de la guerra de Troya. Es una guerra entre los propios dioses griegos, una lucha entre Palas Atenea y Afrodita. Sin el conflicto divino, sin las permanentes y ocurrentes intervenciones de los dioses en el plano humano, no se explican ni las victorias ni las derrotas de aqueos y troyanos. Y en la película de Hollywood no comparece divinidad alguna.
Homero, en sus poemas, nos ha transmitido la mentalidad del pueblo griego del momento, y esta es una mentalidad profundamente religiosa.
¿Qué sentido tiene que nos quieran hurtar un aspecto tan esencial?
Por eso es importante leer La Ilíada: porque, a través del diálogo entre los humanos y los dioses, uno se sumerge en la idiosincrasia del pueblo griego antiguo. Es un documento auténtico de su alma.
La Ilíada no cuenta toda la guerra de Troya. En realidad, narra solo un episodio específico y breve: los últimos 51 días del décimo y último año de la guerra, centrados en la cólera de Aquiles, primero contra Agamenón, y después contra Héctor por haber matado a su amigo —y quizás amante— Patroclo.
Y atención: no narra la caída de Troya, ni lo del caballo de madera, ni siquiera la muerte de Aquiles. Si van a casa de algún conocido que presume de haber leído La Ilíada, pregúntenle —con mala idea, claro— por estos pasajes, si quieren tomarle un poco el pelo. Si les responde con seguridad que allí está el caballito, la caída y la muerte de Aquiles… bueno, hagan lo posible por comprarle esa edición, extraordinariamente rara en el mundo de la bibliofilia.
De hecho, La Odisea, que sería la continuación natural de la saga, tampoco lo refiere. O lo hace solo de forma colateral. Para cuando comienza el segundo relato de Homero, Troya ya ha caído, y Ulises lleva muchos años prisionero en una isla con la ninfa Calipso, quien lo ama y no quiere dejarlo ir. Allí purga sus penas hasta que Zeus, por fin, accede: ha llegado la hora de que Odiseo vuelva a casa.
Hollywood se queda con una imagen: la puerta de Troya cayendo, el fuego, los gritos.
Homero se queda con lo que esas llamas dejaron detrás: un hombre perdido en el mar, un hijo buscándolo, una esposa esperando, y los dioses disfrazados.
En todo caso, si uno lee La Odisea buscando las aventuras típicas de las películas en Technicolor —los cicones, el cíclope Polifemo, la isla de Eolo, la hechicera Circe, el descenso al Hades…— sí, aquí lo encontrará. Pero atención: el poema no lo aborda hasta que se ha avanzado una cuarta parte en su lectura, y ese relato termina justo a la mitad del cántico.
Con esto quiero señalar que La Odisea no es, ni por asomo, las aventuras de Simbad el marino.
Entonces, ¿cuál es el argumento principal de La Odisea?
Pues miren, si yo tuviera que hacer una versión moderna de La Odisea, de alguna forma resucitaría a Marlon Brando en su personaje del coronel Walter E. Kurtz, en Apocalypse Now.
La trama de la película sería la vuelta de este oficial renegado del ejército estadounidense al hogar, tras la guerra de Vietnam; su supervivencia en el regreso; el perdón que debe obtener del Alto Mando por sus innumerables crímenes que no pueden tapar sus hazañas de guerra… y la forma en que los ausentes nos definen.
Un gran actor como lo fue él podría mostrar las cualidades que Homero quiere resaltar: la vulnerabilidad, la resistencia y la reconstrucción de la persona desde abajo.
Aceptar volver al hogar no como un rey victorioso cargado de presentes, sino como un mero mendigo, llevando consigo nada más que el reencuentro pleno con uno mismo como inigualable tesoro.
Sí, ese sería el tema para una fabulosa película.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.













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