Del deseo romántico al deseo digital: cómo los héroes de novela acabaron atrapados en Instagram
A Roma se viene a rezar, se viene a contemplar su inmenso patrimonio, o a hacer ambas cosas al mismo tiempo. Pero no se viene a discutir.
Hasta que uno comienza a discutir.
Entonces, ¿qué hacer? Yo, en estos casos —cuando se ve venir que el asunto no tiene arreglo—, termino por darme la vuelta e irme. A fin de cuentas, eso es lo que está escrito en los Evangelios: sacudir el polvo de las sandalias. Eso fue lo que hice dos pontificados atrás, y es lo que sigo haciendo ahora.
De modo que tomé la vía del Babuino cuesta abajo, y al llegar a la Plaza de España, giré a la izquierda. En un costado de las escalinatas me hice un sitio en Babingtons.
El establecimiento, un salón de té y lectura, sigue igual de bien ambientado, al estilo victoriano, tal como lo imaginaron sus fundadoras en 1893. Una de ellas, Ana María Babington, fue quien logró imponer su apellido al local, inmortalizando así el de su antepasado: Anthony Babington, ejecutado en 1586 por haber conspirado —mediando dinero español— contra la reina Isabel I.
Para mi desasosiego, nada más tomar asiento la vi entrar por la puerta. Venía alterada y fue directa a la barra a pedir una cerveza.
—Señorita, me temo que nos ha confundido con una taberna. Esto es un salón de té —dijo la camarera—, donde lo más fuerte que servimos es Earl Grey.
Su respuesta resonó en mis oídos como una especie de justicia poética.
Todavía más enfurecida, se sentó a mi lado.
—¡Vámonos de aquí!
Para nada tenía yo intención de abandonar tan plácido refugio. Así que tomé el primer libro que tuve a mano de una de las estanterías y repliqué:
—Querida mía, estoy leyendo una novela maravillosa, y hasta que no la termine, no pienso moverme ni dejar que me molesten.
Se trataba de Madame Bovary.
A Roma se viene a rezar, se viene a contemplar su inmenso patrimonio, o a hacer ambas cosas al mismo tiempo. Pero no se viene a discutir.
De esta manera hemos llegado a la recomendación cumbre de este artículo. Obra capital del Realismo y precursora del Naturalismo, Madame Bovary narra la tragedia de Emma, joven belleza de provincias que se casa con el médico viudo de su pueblo. Pasados los fastos de la boda, y enfrentada a una vida monótona que no responde a sus expectativas juveniles, Emma se refugia en la lectura de novelas románticas. Su inmersión es tan profunda que se lanza a una serie de aventuras amorosas, motivada por el ansia de vivir, en carne propia, lo que ha leído. Cuando la realidad derriba cruelmente el mundo ficticio que se ha construido, Emma prefiere terminar con su vida antes que enfrentar las consecuencias de sus quimeras frustradas.
Así visto, podríamos pensar que estamos ante un sueño de una noche de verano. Sin embargo, como antes hemos dicho, esta es la obra más representativa del Realismo decimonónico: ese movimiento literario centrado en la observación precisa del mundo, del lenguaje y de las costumbres.
¿Luego?
Luego, ciertamente, Flaubert —antes de presentarnos a su heroína, que tarda en llegar a la novela— y durante la narración de su pequeña epopeya, nos dibuja un escenario de lugares y, especialmente, de personajes que nos permite contemplar, con mirada casi fotográfica, la Francia de provincias de mitad del siglo XIX.
Y aquí es donde me voy a desviar de los análisis sesudos que se han hecho sobre esta novela —Sartre o Julian Barnes entre los más lúcidos—. En mi opinión, todo ese empeño en reflejar la vida diaria con exactitud, observando el entorno con un ojo casi científico —costumbres, lenguaje, gestos, clases sociales, paisajes—, no es más que un magnífico escenario teatral. Uno tan bien construido que aceptamos como verosímil la pieza que se representa, cuando en realidad no lo es: la fábula de Emma.
Pero esto no es nuevo, en absoluto. ¿Conocemos en España una novela sobre un personaje que enloquece leyendo libros y, abandonando su cómoda y desahogada estancia rural, se lanza al mundo intentando vivir como sus héroes de tinta y papel? ¿Y que, además, mientras se desarrollan sus locuras, el autor nos ofrece un retrato exacto de la España de su tiempo?
Sí. Es ese mismo cuya estatua se alza, junto a su fiel escudero, en la Plaza de España de Madrid.
Entonces, Leopoldo Alas “Clarín” no importó nada nuevo a nuestro país, pues todo ya estaba aquí. Es más: Flaubert era un admirador confeso de Cervantes.
Lo de siempre: no valorar lo que está en casa.
Pero prosigamos. Como se va viendo, no me interesa el análisis existencialista, pseudocientífico-social o feminista de esta novela, que es el que profusamente se ha realizado hasta nuestros días para apoyar tal o cual bandera. Me interesa algo más profundo. Me interesa el código máquina de la novela, que —como ya hemos visto— es el mismo que el del Quijote.
¿Por qué una persona acomodada, sin necesidad alguna, lo deja todo y arriesga su vida entera con el único fin de emular a sus héroes de novela? Algo así como salir a la calle vestido como el personaje de tu serie de manga favorita. Eso, hoy, lo llamamos un cosplayer.
Por todo ello, la segunda recomendación de este artículo es Mentira romántica y verdad novelesca (1961), de René Girard —la del Quijote, por supuesto, la doy por descontada.
Allí, Girard expone su teoría del deseo mimético, que luego desarrollará en más libros que no voy a citar para no abrumar.
Según Girard, no deseamos las cosas por su valor intrínseco. Deseamos porque otros lo desean. Su gran conclusión: el deseo no es espontáneo ni auténtico; en la mayoría de los casos, es pura imitación.
El mecanismo es claro: un modelo (alguien admirado) desea algo. Una tercera persona, incapaz de generar su propio deseo, observa al modelo y hace suyo ese deseo, creyendo que es propio. Así se forma una relación triangular: sujeto, objeto deseado y modelo imitativo.
Al final, esta estructura lleva al conflicto, a la frustración o a la crisis… porque no hay autenticidad, sino rivalidad silenciosa.
¿Se comprende ahora por qué, en casos extremos, Emma Bovary o Alonso Quijano están abocados a un triste final? Por la sencilla razón de que no han buscado nunca sus propios deseos, sino que han asumido como suyos los deseos que otros autores les inculcaron en novelas baratas de caballería o de amor romántico.
En síntesis: el deseo humano está mediado por modelos ajenos, y eso puede llevarnos a la ruina si no sabemos reconocerlo. Comprender que no todo lo que deseamos es nuestro puede ser el primer paso para desear con autenticidad.
Ese es el código máquina oculto de ambas novelas, su moraleja.
No soy el primero en darse cuenta de todo esto. Basta con observar, por un momento, las redes sociales —esa gigantesca pira de vanidades que es Instagram, por poner un ejemplo—. ¿Cuál es la clave de su éxito? ¿Por qué resulta tan adictivo?
Pues exactamente por esto mismo: porque funciona como una fábrica masiva y aparentemente gratuita de deseos colectivos, a los que uno puede adherirse con solo deslizar un dedo. Al imaginarse dentro de ese flujo común de anhelos, el usuario siente que su vida ordinaria se eleva, que participa —aunque sea simbólicamente— de lo extraordinario.
Y aquí llegamos, sin rodeos, a la esencia de su famoso algoritmo.
¿Quiere usted que un vídeo suyo se viralice y obtenga miles de reproducciones y likes? Es muy sencillo: identifique un deseo colectivo en boga, encárnelo en su vídeo e invite al espectador a hacerlo suyo sin esfuerzo. Le lloverán las suscripciones.
Como se decía en el Eclesiastés (1:9):
“Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará: no hay nada nuevo bajo el sol.”
Pero volvamos, para terminar, a nuestro salón de té en la Plaza de España. ¿Nos llegamos a poner, al final, de acuerdo?
En cierta manera sí. Ya lo dije al principio: nadie tiene que venir a Roma a discutir. Para eso existen otros lugares.
A las siguientes Navidades, recibí un sobre abultado, decorado con una infinidad de sellos. Sin abrirlo, pesándolo en la palma de la mano, adiviné que el franqueo había costado más que la novela en rústica que parecía contener.
Es una gran cosa desear que quienes nos rodean tengan un buen sentido del humor.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.



















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