Entre papeles viejos, una entrevista olvidada de Borges a su mentor y un lugar fantasma que solo existe en la frontera entre la literatura y la historia.
Cuando cité a Gog en la tertulia de los viernes, como aquel que descubre un tesoro, resultó que todos lo habían leído.
—Uno lee a Papini con 18 años —me dijeron.
Será, o acontecería en su época. Yo descubrí el libro en la biblioteca de mi abuelo en Ourense, en una primera edición de la editorial Cisne del año 1960 (aunque su primera publicación en italiano data de 1931), y no lo encontré hasta hace no mucho.
Lo primero que me llamó la atención al leer las aventuras fantásticas del personaje, además de recordarme a cierta literatura comercial americana de principios de siglo, fue que parte del contenido de sus relatos se asemejaba mucho a los cuentos de Borges.
Me impactó en especial el capítulo que dedica a una «ciudad abandonada», que ubica al oriente de Khamil, en pleno desierto. En síntesis, el protagonista, Gog, un millonario que recorre el planeta entrevistando a las personalidades del momento (Gerald Ford, Gandhi…), narra cómo en uno de sus viajes se separa de la caravana con un guía y terminan encontrando una ciudad amurallada, con sus redondas atalayas, aparentemente deshabitada. El guía, sin querer revelar el nombre del lugar, afirma que está maldito y se niega a entrar. Gog, en cambio, halla una entrada y describe esa ciudad misteriosa: calles y palacios cerrados, bien conservados y limpios, pero vacíos. Sin que ocurra ningún percance, Papini logra transmitir, gracias a su genio narrativo, el terror que va empapando al visitante.
La ciudad que Papini describe en Gog —ese recinto perfecto, sin hombres pero no sin señales— recuerda inevitablemente a las ciudades invisibles de los cuentos de Borges: a Tlön, que es a la vez territorio y enciclopedia, o a esas ruinas circulares donde el sueño engendra realidades que se ignoran a sí mismas (Ficciones, 1944).
¿Pudo haberse inspirado uno en el otro? Y si fue así, ¿quién inspiró a quién?
Esa pregunta llevaba haciéndomela un tiempo, cuando tuve que atender la testamentaria de mi querido amigo Jorge Raschetti. Ya en vida, Jorge me había referido que no solo llegó a saludar a Borges, sino que su despacho en Buenos Aires tramitó su divorcio. Como agradecimiento, Borges le regaló el manuscrito —a máquina y con anotaciones a mano— de un cuento suyo.
Ahora, llegado el triste momento de la despedida final, su viuda me pedía que enviara dicho manuscrito a una universidad americana interesada en conservarlo en su biblioteca, con la que Jorge ya había cerrado un acuerdo antes de su fallecimiento.
De esta forma, el manuscrito llegó por fin a mis manos.
Al abrir la carpeta azul con gomillas que lo protegía, ante mi gran sorpresa, encontré un segundo manuscrito: la entrevista que Borges realizó a Papini en 1965. Este diálogo entre los dos genios fue publicado en la revista Sur ese mismo año, cuando Borges ya era una figura central de la literatura en lengua española, y Papini un anciano casi ciego, retirado de la vida pública.
Como en el caso anterior, el manuscrito está escrito a máquina, con anotaciones y tachaduras a mano que intuyo pertenecen al propio Borges.
¿Podría haberme quedado con dicho hallazgo? Podría, pero apreciaba demasiado a Jorge como para hacer algo así. En todo caso, lo que sí me permití fue dilatar el paso de esos folios por mis manos hasta haberlos estudiado a conciencia. En el Más Allá, si hay algo que sobra, es tiempo, y supongo que Jorge no se habrá molestado por la demora en ejecutar sus últimas voluntades.
Así que conseguí por internet la publicación de dicha entrevista y comencé a compararla con el manuscrito. Y mire usted por dónde, hay una parte que fue censurada: ¡aquella donde dialogan sobre Gog y «La ciudad abandonada»!
En el manuscrito, a lápiz, quien quiera que lo anotara —sigamos imaginando que fue Borges—, escribe lo siguiente: Padre Estêvão da Silveira de Moura; Coimbra; CXVII-MIS-CH-42.
En tinta roja, aparentemente de la misma letra, se lee: «Es cierto».
A todas luces, este detalle, tan pronto como enviase el manuscrito a los Estados Unidos, iba a ser motivo, al menos, de un artículo de algún doctorando. Obviamente, me pregunté qué me impedía investigarlo previamente.
Si uno introduce los nombres de este sacerdote en internet, no obtiene ningún resultado satisfactorio. Pero hay más formas de seguir la pista. Cualquier conocedor de la historia básica de China sabe que durante la época moderna los únicos occidentales con entrada permitida eran los jesuitas. Como me formé entre ellos y mantengo buenos contactos, llamé al hermano Amorós para pedirle que investigara el nombre del jesuita portugués. Quince días más tarde me enviaba unas notas redactadas por un compañero suyo, responsable de la biblioteca del Colegio de El Salvador en Zaragoza.
Decían así: «Matteo Ricci —otro jesuita famoso, añado yo aquí para contextualizar—, en sus cartas de 1605 menciona con cierto detenimiento el viaje de su compañero de orden, el portugués Silveira de Moura, camino de Khamil —esa ciudad de frontera que los mapas antiguos alternan entre nombrar como Camul, Khamil o Qamil. Silveira de Moura buscaba encontrar raíces del culto nestoriano en China, para probar el origen del cristianismo en esa parte del continente asiático. Se cree que el padre Estêvão murió a mediados del siglo XVII en Coimbra.»
Por último, añadía el solícito bibliotecario: «Que tu amigo pruebe en la Biblioteca Joanina de Coimbra, muchos fondos de la Compañía se donaron allá.»
Efectivamente, eso fue lo que hice. Tras ponerme en contacto previamente por correo electrónico con la biblioteca y alegrarme de que la signatura citada en el manuscrito de Borges perteneciera efectivamente a sus fondos, organicé mi desplazamiento, aprovechando el último puente de San Isidro, a la ciudad de calles estrechas, patios, escaleras y arcos medievales.
¡Y allí estaba el «CXVII-MIS-CH-42»! Es decir: CXVII = estantería 117, MIS = misiones, CH = Cathay/China, 42 = número del legajo.
Se trataba de un extenso manuscrito del fallecido padre Estêvão da Silveira de Moura. No era un libro propiamente dicho, sino apuntes manuscritos sueltos, fragmentos de diarios, muchas veces sin orden y a menudo sin fechas precisas. Todo estaba empaquetado cuidadosamente en una caja de cartón bien conservada.
Solo disponía de un día para examinarlo, así que intenté centrarme en todo aquello que sonase a chino —que no era poco— y, al final de la mañana, lo encontré: unas notas sobre un viaje inverosímil hacia una ciudad amurallada, abandonada y perfecta, más allá de las montañas que bordean el desierto de Gobi. Una ciudad que no figura en ningún mapa y a la que el misionero tampoco puso nombre.
«No llegamos al lugar por ciencia ni por guía —escribe el padre Estêvão— sino por extravío». Cuenta que, separado de sus intérpretes tártaros tras una tormenta de arena, vagó durante tres días por una región estéril hasta divisar, en el horizonte, una muralla circular de piedra negra y lisa que apenas sobresalía del terreno.
Dice que halló una puerta entreabierta flanqueada por dos colosos de bronce: uno con armadura de escamas y una espada rota; el otro, desnudo, sujetando un libro cerrado. No encontró aldabas ni campanas, pero la puerta se abrió sola al tocarla.
El interior de la ciudad estaba limpio, intacto, pero deshabitado. Las calles eran rectas como corredores de palacio, y en las plazas encontró cuatro estatuas de piedra blanca, cada una sobre un pedestal tallado con escritura desconocida: un león, un camello, un caballo y un dragón alado.
Todos estos elementos, de una u otra manera, aparecen también en la novela de Papini.
En el centro halló un templo sin altar y, en él, una estela alta como un hombre, inscrita en caracteres siriacos entrelazados con ideogramas. El misionero reconoció el símbolo nestoriano —una cruz de brazos iguales inscrita en un círculo— y agregó solo una frase, escrita con su caligrafía más temblorosa:
«He llegado a una ciudad donde Cristo fue recordado sin ser conocido.»
En otras páginas describe un palacio central con puertas dobles, bajo las cuales se encuentra una inscripción en griego antiguo: Μνήμη τοῦ ἀπρόσιτου (“Memoria de lo inaccesible”). Al intentar abrirlas, no encontró resistencia, pero el interior era un vacío perfecto: una sala sin muros, sin techo, sin suelo, solo una luz pálida y persistente, “como si el espacio entero se hubiera convertido en un signo”.
Estos son los elementos que luego aprovecharía Borges en sus relatos.
El padre Estêvão salió de la ciudad sin nombre tras tres días. No se despidió, no rezó, no intentó registrar el camino de vuelta. Dice que, al poco de abandonarla, al girarse, la ciudad ya no se divisaba, como si se la hubiese tragado el desierto.
No tuve tiempo para investigar más, pero conseguí lo que quería: averigüé que Papini no solo inspiró a Borges, sino que le dio las claves del manuscrito que Borges egoístamente no quiso compartir con sus lectores. Por el contrario, Borges lo hizo suyo para aprovechar también la parte no usada previamente por Papini en sus relatos.
Pues bien, tal y como termine este artículo, mandaré los dos manuscritos de Borges a los Estados Unidos, y en breve nos encontraremos con una pléyade de investigadores americanos a la caza del legajo “CXVII-MIS-CH-42”. No descartaría que en unos años hasta se ruede un documental que intente fijar la ciudad sin nombre de Papini en el mapa. Pero esa será otra historia. Además, yo les había prometido en el título de este artículo un crimen.
Y ese crimen, debo confesar que es mío. Si alguno de ustedes visita la Biblioteca Joanina de Coimbra, verá que, como ocurre también aquí, todo está informatizado. Pero los libros, las cajas, siguen conservando esos sobres de cartón con sus cartulinas rayadas donde constan los lectores que han pedido ese material para su consulta. Ahora son del todo inútiles, pero por no dañar las obras no se han retirado. ¿Y qué escasos nombres constaban en la caja del padre Estêvão? Pues solo dos: Papini y Borges.
Era demasiado irresistible.
Desde el pasado San Isidro consta también, a bolígrafo, el mío.
Si algún comisario portugués viene a mi despacho en busca de pruebas incriminatorias por el ilegal grafiti plasmado en su patrimonio nacional, se lo he dejado muy fácil. Bellamente enmarcado con un paspartú de color crema y con un marco dorado, consta la fotografía que le hice a la vetusta cartulina que deposité en el sobre de la caja.
¡Guárdenme el secreto!
Por cierto, mi artículo de este mes está dedicado a la literatura fantástica. ¿Lo habían notado?

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.













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