Cómplice quizás la llegada del calor y del verano, este mes he decidido ir hacia el sur de España, concretamente a Málaga, para entrevistar una persona que lleva años actuando y afirmándose como una figura de referencia de la comunidad italiana en España, y específicamente en Andalucía.
Hablo de Andrea Rossignoli, abogado italiano con más de 20 años de experiencia, fundador del Despacho Legal Rossignoli, que cuenta con sedes en Milán, Málaga y oficina en Barcelona. Experto jurista, pero también profesional de referencia para los italianos que deciden dar el “paso” entre Italia y España (y viceversa).
He optado en este caso contar sobre Andrea en Raia Diplomática porque lo considero una figura-símbolo de una nueva italianidad en el extranjero, una persona que actúa como puente entre personas, sistemas y culturas; representa un modelo humano y profesional al servicio de una comunidad en continuo movimiento. Y, por lo visto, no soy el único en pensar algo así, ya que en 2024 ha sido galardonado por el Com.It.Es. de Madrid con el premio a la Italianidad «por su compromiso constante en mantener vivo el vínculo con Italia y promover los valores italianos en el extranjero, distinguiéndose por la excelencia y la discreción en el asesoramiento legal y la cercanía en momentos personales de gran dificultad».
Vamos entonces a descubrir un poco más en profundidad quién es Andrea Rossignoli y a qué se dedica en su día a día.
Hola Andrea, muchas gracias por conceder esta entrevista a Raia Diplomática. Empezamos por conocer más cosas de ti, así que me gustaría saber por qué decidiste mudar parte de tu actividad profesional en España: motivos, momentos, contexto.
¡Con mucho gusto, gracias a Ustedes por la invitación!
Digamos que España no fue una decisión tomada “en frío”, sino algo que nació de manera espontánea, paso a paso.
Después de muchos años de ejercicio profesional en Italia —en Milán, Casale Monferrato, Alessandria— empecé a frecuentar Andalucía, principalmente por motivos personales. Me impresionaron de inmediato el ritmo de vida, la calidez de las personas y el entorno cultural. En un cierto momento, como muchos italianos, pensé que podía traer aquí también mis competencias; como abogado, me pareció útil ofrecer una mirada un poco distinta: la de quien conoce en profundidad el sistema italiano y puede ayudar a orientarse en el español, actuando como puente entre los dos. Así comencé a colaborar con un despacho español, ocupándome de las relaciones con los italianos y, posteriormente, nacieron primero el despacho de Málaga y luego la oficina de Barcelona, manteniendo siempre un fuerte vínculo con Italia gracias también al despacho de Milán, que sigue activo. No se trató solo de un cambio de sede, sino también de una oportunidad para replantear mi manera de trabajar -y en parte también de vivir-. Aquí sigo a menudo casos que implican familias mixtas, sucesiones internacionales, fiscalidad entre Italia y España; ámbitos que requieren no solo preparación técnica, sino también empatía y capacidad de escucha. Mirando hacia atrás, puedo decir que fue una decisión realmente acertada.

¿Cuáles crees que son las dificultades recurrentes de los italianos que se mudan a España? Cuéntanos alguna experiencia significativa o emblemática.
Una de las dificultades más frecuentes para los italianos que se mudan a España, especialmente al principio, es quizás la de subestimar las diferencias. A menudo se llega con la idea de que “al fin y al cabo, somos parecidos” -y en parte es cierto-, porque compartimos una cultura mediterránea, una determinada forma de vivir. Pero luego, en la vida cotidiana, surgen matices que pueden convertirse en obstáculos si no se está preparado: el funcionamiento de las instituciones, la burocracia, las diferencias en los tiempos y las formas de comunicarse. Y esto aplica tanto a la vida personal como a la profesional.
Recuerdo el caso de una pareja a la que asesoré hace algún tiempo. Se habían trasladado con mucho entusiasmo para abrir un pequeño negocio en la Costa del Sol, convencidos de que el proceso sería ágil y rápido. En realidad, se toparon con requerimientos documentales muy específicos, diferencias en el sistema fiscal, normativas municipales que cambiaban incluso ligeramente de una ciudad a otra. Los acompañé paso a paso, no solo a nivel legal, sino tratando de ayudarles a “traducir” todo un contexto nuevo.
Al final lo lograron, el proyecto arrancó y hoy están bien integrados, pero me quedó grabado cómo esa experiencia inicial —si no hubieran tenido un apoyo adecuado— podría haberse transformado en una gran decepción. Por eso creo firmemente en la importancia de una asistencia que vaya más allá del asesoramiento técnico: se necesita alguien que conozca ambos mundos, que sepa escuchar, explicar, tranquilizar. Así es como se construye la confianza y se favorece una verdadera integración.
Hubo un caso que conmovió profundamente a la comunidad italiana: una joven connacional, recién llegada para comenzar una nueva etapa de su vida, fue víctima de un gravísimo accidente de tráfico. Episodios como este evidencian lo importante que es tener puntos de referencia en el territorio: en aquel caso, tanto la Embajada como el Consulado estuvieron muy presentes, pero también los profesionales o simples compatriotas pueden ayudar a orientarse, a hacer que uno se sienta menos solo, a brindar apoyo concreto cuando realmente se necesita.
¿Qué significa para ti ser considerado una figura de referencia para la comunidad italiana en la Costa del Sol? ¿Cómo lo vives y te enfrentas a ello?
Ser considerado una figura de referencia para la comunidad italiana en la Costa del Sol es sin duda un honor, pero también una responsabilidad que vivo con mucha humildad y sentido del deber. Al mismo tiempo, me gustaría subrayar que las verdaderas figuras institucionales de referencia para los italianos aquí son -como es justo- el Cónsul Honorario Marcello Memoli y el Cónsul General Spartaco Calderaro y, por lo que he podido observar y experimentar personalmente en distintas ocasiones, ambos están siempre muy presentes y disponibles, sobre todo cuando hay ciudadanos italianos en situaciones de necesidad o vulnerabilidad.
Por mi parte, actúo “sobre el terreno” a través de mi profesión, poniendo a disposición de la comunidad italiana mis competencias jurídicas y mi conocimiento del contexto español. Es un trabajo hecho sobre todo de escucha, orientación y presencia concreta en momentos cargados de expectativas, tensiones o incertidumbres para nuestros compatriotas.
El hecho de ser percibido como un punto de referencia me impulsa a mantener un alto nivel de profesionalidad, pero también a cultivar un espíritu de servicio, que para mí es el núcleo de mi compromiso. En este sentido, mi papel se complementa con el de las instituciones, en un espíritu de colaboración y respeto. Creo que, cuando los profesionales y los representantes oficiales trabajan en sinergia, realmente se puede marcar la diferencia para quienes viven en el extranjero. Y es precisamente dentro de esta lógica de complementariedad que me siento motivado a seguir siendo útil.
Hablemos ahora del concepto de “identidad italiana en el extranjero”: cómo se percibe, como ha ido transformándose en el tiempo, y su vínculo con tu profesión legal.
Es un tema que me toca profundamente, también porque lo vivo a diario, tanto a nivel personal como profesional. No creo que la identidad italiana en el extranjero sea algo fijo o inmutable, sino más bien una realidad dinámica que se transforma con el tiempo, al igual que cambian las comunidades que la representan.
Antes, el “italiano en el extranjero” solía estar asociado a la imagen del emigrante en busca de trabajo o mejores condiciones de vida. Hoy las cosas han cambiado: encontramos expatriados, empresarios, profesionales, estudiantes; en definitiva, una presencia mucho más variada y consciente. Y esta evolución ha transformado también la manera en que nos percibimos y somos percibidos: de “invitados” a ciudadanos activos, integrados, capaces de construir puentes entre culturas distintas.
Luego está otra dimensión muy interesante: la de las nuevas generaciones de italianos en el extranjero, a menudo hijos o nietos de emigrantes. Son ciudadanos plenamente integrados en los países donde viven (lingüística, profesional y socialmente) pero conservan un vínculo profundo con sus raíces italianas. No siempre hablan perfectamente el idioma, pero tienen una fuerte conciencia identitaria, a menudo alimentada por la pertenencia al AIRE, la memoria familiar y el deseo de reconectarse con su historia.
En mi trabajo, esta identidad “en movimiento” se traduce en necesidades concretas: obtener o mantener la ciudadanía, regular situaciones familiares o patrimoniales entre dos países, buscar información confiable sobre normativas que cambian. En todos estos casos, ser profesionales serios y disponibles marca la diferencia, porque se trata de acompañar a personas que no solo buscan una consulta, sino también un punto de referencia.
Y luego está el “made in Italy”, que sigue teniendo un peso simbólico enorme: no es solo una estrategia de marketing, sino una forma auténtica de contar una parte de nuestra historia e identidad colectiva. También en mi trabajo, al fin y al cabo, el objetivo es representar de la mejor manera esta identidad, con seriedad, fiabilidad y un enfoque humano. Y hacerlo con respeto hacia las normas y las personas, que es lo que realmente importa.
Ser considerado una figura de referencia para la comunidad italiana en la Costa del Sol es sin duda un honor, pero también una responsabilidad que vivo con mucha humildad y sentido del deber
Se te define “traductor cultural y jurídico”: ¿nos puedes profundizar este aspecto con algún ejemplo concreto y su importancia en el día a día?
Me alegra que se reconozca este aspecto, porque lo considero uno de los pilares de mi trabajo. Cuando hablamos de “traducción cultural y jurídica”, no se trata simplemente de traducir una norma de un idioma a otro, sino de ayudar a las personas a orientarse entre dos sistemas jurídicos y culturales que, aunque ambos europeos, a menudo son muy diferentes.
Un italiano que se muda a España -o viceversa- no se enfrenta solo a una burocracia distinta, sino a una mentalidad diferente en la forma de gestionar los conflictos, la familia, el trabajo, los tiempos y los derechos. Lo que intento hacer es crear un puente.
Te pongo un ejemplo concreto: una vez acompañé a una pareja ítalo-española que estaba en proceso de separación. La parte italiana no entendía ciertas dinámicas de la justicia española. La parte española, por su parte, tenía dificultades para comprender algunas particularidades procesales del sistema italiano. Mi trabajo, en ese caso, fue tanto legal como humano: explicar, tranquilizar, mediar y, finalmente, encontrar una solución que respetara ambas perspectivas.
Al final, quien acude a mí no busca solo un abogado: busca a alguien que conozca los códigos escritos, pero también los no escritos. Y ahí es donde realmente se marca la diferencia, sobre todo cuando tienes en el centro la dignidad y la serenidad de las personas a las que acompañas en este proceso.
Desde ese punto de vista, tengo la suerte de contar con colaboradores españoles de confianza, que llevan años trabajando dentro de este sistema: profesionales serios, que comparten conmigo la idea de que la competencia debe ir siempre de la mano con la empatía y el respeto hacia la persona.
Y cada vez que contribuyes a que dos mundos dialoguen, sientes que no solo has construido una solución legal, sino también un pequeño puente de entendimiento entre países amigos.
Volviendo a tu relación con la comunidad italiana, ¿cuál es la atractividad de España para los empresarios italianos?
¿La atractividad de España para los empresarios italianos? Diría que es una combinación muy acertada de factores concretos y culturales.
Por un lado, hay un ecosistema económico en plena transformación: digitalización, atención a la sostenibilidad, simplificación de ciertos procesos burocráticos… todo ello representa una gran oportunidad para quienes tienen espíritu emprendedor. Sin mencionar la calidad de vida, que en muchas zonas de España -pienso en Andalucía, pero no solo- es realmente alta y accesible.
Por otro lado, hay algo menos medible pero muy real: el sentimiento de cercanía cultural entre italianos y españoles. Esto favorece no solo los negocios, sino también la forma de trabajar juntos, de construir relaciones y de imaginar proyectos compartidos. Lo veo cada día: italianos que invierten, españoles que acogen con entusiasmo, colaboraciones que surgen de forma natural.
Además, España es una especie de puente hacia América Latina (por el idioma, las afinidades y la red comercial). Para un empresario italiano con una visión internacional, es una plataforma ideal para expandirse más allá del océano.
Y, por último, creo que existe una dinámica muy interesante que Marco Pizzi, presidente de la Cámara de Comercio Italiana para España, definió como “ósmosis social”: un proceso continuo de intercambio y enriquecimiento cultural. Lo vemos en los jóvenes Erasmus, en las familias mixtas, en los profesionales que se trasladan y llevan consigo ideas, valores y experiencias. Es un flujo que enriquece a ambos países y crea un terreno muy fértil para quienes quieren construir a largo plazo.
¿Cuál es tu personal vínculo con la comunidad italiana en España y el impacto humano más allá del profesional?
Cuando nos trasladamos a España, no teníamos una verdadera red italiana a nuestro alrededor. Solo conocíamos a una pareja de amigos en la Costa del Sol, y nuestros primeros vínculos sociales fueron principalmente con españoles.
También a nivel profesional, como te comenté, mis primeros pasos en Málaga los di dentro de un despacho de abogados español, ocupándome de las relaciones con Italia. Así que, al principio, mi mundo aquí estaba profundamente integrado en el tejido local español, todavía sin conexión con la comunidad italiana.
Fue con la apertura de mi propio despacho cuando las cosas empezaron a cambiar. Comencé a conocer a otros italianos: algunos acudieron a mí como profesional, otros me fueron presentados en contextos más informales. Muchos de esos contactos, con el tiempo, se convirtieron en verdaderas amistades, en espacios de intercambio de experiencias y también en conversaciones personales. Ese paso de lo profesional a lo humano fue, para mí, algo muy natural y enriquecedor.
En paralelo, empecé a participar en entornos culturales italianos, como la Società Dante Alighieri de Málaga, que realiza una labor magnífica promoviendo nuestra lengua y cultura. Estoy convencido de que la cultura también es una forma de ciudadanía y pertenencia, y la Dante representa un punto de referencia muy importante en Málaga.
Al final, lo que al principio era solo un pequeño grupo de contactos se ha convertido en una auténtica red, hecha de relaciones sólidas, colaboración y estima mutua. No ocurrió de la noche a la mañana, pero sí con el tiempo. Y creo que ahí está el verdadero valor: un vínculo que nació paso a paso y que hoy representa una de las partes más vivas y significativas de mi experiencia, tanto personal como profesional, en España.
Y si miro hacia el futuro, veo grandes objetivos en relación con la comunidad italiana en Andalucía, también gracias al trabajo del Com.It.Es. de Madrid, con su presidente Andrea Lazzari y la consejera Emanuela Cozzoni, muy activa en el tejido social italiano de la Costa del Sol.
Y pienso también en asociaciones como la vuestra, la de Emiliano-Romagnoli en España, con su delegación en Málaga; estoy convencido de que, uniendo fuerzas, la red de relaciones entre italianos puede seguir fortaleciéndose, con beneficios concretos para todas y todos.
Ahora pasamos a un tema que sabemos te toca de cerca y por el cual estás “luchando”, o sea la importancia de la doble nacionalidad ítalo-española. ¿Cuáles son las implicaciones culturales, sociales e identitarias de todo esto?
La doble ciudadanía no es un tema meramente burocrático, es algo mucho más relevante. Se trata de una cuestión que toca de cerca el sentido de pertenencia, la identidad y la inclusión social. Es una herramienta concreta que permitiría a los italianos residentes en España participar plenamente en la vida del país en el que viven, trabajan y crían a sus hijos.
A menudo, en mi trabajo, me encuentro con personas que desearían poder acceder a esta posibilidad, y cada vez me doy cuenta de que detrás hay siempre un deseo de integración, de futuro, de vínculos construidos día tras día.
El profesor Michele Testoni, vicepresidente del Com.It.Es. Madrid, que está haciendo mucho por la consecución de este objetivo, ha señalado acertadamente cómo la ausencia de ciudadanía impide la participación en las elecciones generales y autonómicas: un límite que afecta al pleno compromiso democrático de los italianos en España.
También hay un impacto muy práctico: contar con un documento como el DNI, en lugar del solo NIE, facilita realmente la vida, tanto a nivel profesional como personal.
Creo que hablar de doble ciudadanía es una forma de reforzar ese puente entre nuestros dos países, que ya hoy se apoya en fuertes afinidades culturales y en una comunidad italiana que tiene mucho que ofrecer, si se le dan las condiciones para hacerlo.
A nivel personal, estás casado y tienes una niña bilingüe: ¿cómo definirías tu dimensión familiar y la experiencia del bilingüismo? ¿Cómo se refleja esto en tu visión de la italianidad?
La dimensión familiar, para mí, es ante todo un refugio y una fuente constante de sentido. Vivo con mi marido, también italiano, y con nuestra hija bilingüe. Somos una familia que vive plenamente el encuentro entre dos mundos: Italia y España, pero también entre generaciones e identidades distintas.
Criar a una niña bilingüe es cada día un descubrimiento: ver cómo pasa de un idioma al otro con naturalidad, cómo vive los matices de ambas culturas… me hace pensar que la italianidad hoy no es algo que haya que proteger como si fuera una frontera, sino vivirla como una raíz que nos permite dialogar con el mundo. Ese mismo espíritu es el que intento llevar a mi trabajo: ayudar a las personas y a las familias a sentirse reconocidas, comprendidas, escuchadas, incluso cuando se mueven entre sistemas jurídicos y culturales diferentes.
También debo decir que siento un profundo agradecimiento hacia la sociedad española, que ha sabido reconocer y acoger a nuestra familia. En este contexto, valoro muchísimo el trabajo que realiza Gabriella Lanzilli, consejera del Com.It.Es. de Madrid y presidenta de la Comisión “Los colores de la emigración”. El nombre mismo de la Comisión es muy significativo: nos recuerda que la comunidad italiana en el extranjero es un mosaico lleno de matices, experiencias e identidades. Y que el respeto y la visibilidad para todas las familias, sea cual sea su composición, no es solo una cuestión de derechos, sino de dignidad y de representación.
En definitiva, la experiencia personal de familia y de bilingüismo es para mí también una brújula profesional y cívica: una forma de estar en el mundo con apertura, conciencia y responsabilidad.
Para concluir esta bonita entrevista, me gustaría nos dejaras con una reflexión: ¿qué significa para ti “ser útiles hoy a la propia comunidad”? Desde un punto de vista personal y como misión profesional.
Ser útil hoy para la propia comunidad, para mí, significa ante todo estar presente. Significa escuchar, comprender las necesidades reales de las personas y ponerse a disposición con lo que uno sabe hacer, con su experiencia y sensibilidad. Yo intento hacerlo cada día, tanto en mi trabajo como en mi vida cotidiana.
Como abogado, significa ayudar a compatriotas que viven y trabajan en un sistema diferente, acompañándolos en los momentos más delicados de su vida en el extranjero: una sucesión, un nacimiento, una mudanza, un nuevo emprendimiento, una crisis familiar. No se trata solo de aplicar normas, sino de acompañar a personas, muchas veces en momentos decisivos. Y hacerlo con empatía, claridad y sentido práctico.
Desde el punto de vista personal, significa ser parte activa de una comunidad que está en transformación, compuesta por italianos de primera, segunda y tercera generación, familias mixtas, jóvenes estudiantes, jubilados, profesionales. Es una comunidad diversa, viva, y precisamente por eso merece atención, representación y apoyo. Siento que mi experiencia (y la de mi despacho) puede servir también para construir esos puentes que ayudan a mantener unida esta pluralidad.
Ser útil, en el fondo, significa cuidar y eso es lo que yo intento hacer en mi trabajo: escuchar las historias, acogerlas con atención, y a través del derecho, tratar de devolver orden, claridad y confianza. Es en esa escucha y en esa responsabilidad donde siento, de verdad, que puedo ser útil.
Damos las gracias a Andrea Rossignoli para dejarnos estas importantes reflexiones acerca de temas actuales y que interesan muy de cerca la comunidad italiana en España. Creo que no nos hubiéramos podido despedir de una manera mejor antes de desconectar para unas merecidas vacaciones.
Deseo a todos los lectores de Raia Diplomática que pasen un feliz verano. Hasta septiembre.

Michele Rossi nacido en Ferrara (Italia), es licenciado en Ciencias Jurídicas (Universidad de Ferrara) y tiene un Máster en Relaciones Internacionales (Universidad Católica de Ávila). Profesionalmente cuenta con experiencia plurianual internacional (Italia, España, Chile entre otros) y en varios ámbitos (legal, comercial, financiero). Actualmente colabora con varias empresas, dedicándose principalmente a temas de desarrollo comercial relaciones institucionales e internacionalización.
Fundador y primer Presidente de AS.ER.ES.-Asociación de Emiliano-Romagnoli en España, desde 2020 ostenta también el rol institucional de Consultore para el órgano de la “Consulta degli Emiliano-romagnoli nel mondo”, siendo responsable de la supervisión de varios Países cuales España, Portugal, Rumania y Moldovia. En 2023 ha sido galardonado en Madrid con el “Premio all’Italianità en la categoría asociacionismo”.








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