Una reflexión sobre la amistad, la memoria y la dignidad en tiempos de oscuridad.
El 12 de octubre de 1939, Hans Frank fue nombrado gobernador general de los territorios polacos conquistados por Alemania. Su administración fue cruel e ignominiosa, y, más allá de las tinieblas que le rodeaban, él, engañándose a sí mismo y pretendiendo engañar a los demás, se presentaba como un príncipe renacentista.
Su sede en el antiguo Castillo de Wawel en Cracovia, y las recepciones que allí ofrecían insuflaban una magnificencia que pretendía hundir sus raíces en la Florencia de los Medicci, la Roma de Julio II, o la del Dogo de Venecia Andrea Gritti.
Por ello, cuando Curzio Malaparte, entonces corresponsal del Corriere della Sera, atravesó Polonia en el invierno del 42, camino del frente ruso, fue necesariamente invitado a una se sus recepciones. El nuevo rey de Polonia gustaba rodearse de espíritu, inteligencia, arte y cultura.
Durante la cena, Frank, sobrepasado intelectualmente por su invitado e irritado por sus provocaciones, le preguntó por qué esa tarde antes de acudir a la cena había pasado a visitar a las señoritas Urbanski en la avenida Batorego.
-No merece la pena perder el tiempo con ellas. ¿Convendrá conmigo, que no son más una pareja de viejas solteronas?
Esa pregunta, aparentemente pícara por cuanto planteaba la cuestión sobre que una mujer solamente merece la visita de un caballero mientras mantiene incólume su don de la belleza, escondía un trasfondo terrible: el menosprecio ciertamente hacía los propios polacos, las hermanas lo eran, pero especialmente le recordaba al periodista que antes y necesariamente después de esa cena estaría bajo la vigilancia de la Gestapo. Lo anterior se le hacía presente delante del “hombre del Himmler” en Polonia, quien asistía también a esa recepción en compañía de su mujer.
Curzio no se arredró. Con calma explicó que había ido a visitar a la pareja a llevarles un poco de pan italiano.
-¿Pan? -preguntó, confundido, el gobernador general.
-Sí, pan italiano.
-¿Pan italiano, y lo trajo usted desde Italia?
-Sí, lo traje desde Italia. Me hubiera gustado traer a las señoritas Urbanski un ramo de rosas de Florencia. Pero el camino de Florencia a Cracovia es muy largo, y las rosas se marchitarían muy pronto. Por eso, les he llevado pan.
Como quiera que el Gobernador General siguiese sin comprender, Curzio se dirigió a Frau Wachter, la esposa del gobernador alemán de Cracovia.
-Yo no soy un hombre de ingenio y no se qué contestar. ¿Podría hacerlo usted por mí?
*
Me encuentro en el aeropuerto de La Coruña, con un ejemplar de Kaputt en la mano, haciendo tiempo antes de tomar un vuelo hacia el aeropuerto Marco Polo. Es en ese momento cuando llega la foto del Padre Cavero S.J. Es Patricia Llorente quien me la envía.
En la última presentación de la revista el Movimiento habíamos estado hablando del Padre Cavero y ahora ella me remite una foto suya que ha encontrado. Se le ve joven, riéndose en una mesa, rodeado por dos lozanas amigas de Patricia. Debían de estar terminando de cenar.
Acabo de finalizar un juicio en Betanzos, es un viernes, el intenso calor de finales de julio invita a la holgazanería, mi genio, que diría Casanova en sus Memorias, me tienta con una habitación, donde existe una confortable cama, donde existe una amplia ventana. Una ventana con vistas a un canal.
La cuenta de devolver el coche de alquiler en el aeropuerto de la Coruña en vez de en Madrid, como era mi proyecto originario, es alta. Sacarme al improvisto un billete en el mostrador lo es más, pero en la Residencia Don Orione, en Dorsoduro, a donde acabo de telefonear para reservar una habitación todavía se acuerdan de mi. Eso es más que suficiente para barrer mis prudentes reticencias
Con el billete ya en mi poder, dándole vueltas a una taza de té en la cafetería para templarla, ha sido cuando sonó el mensaje de Patricia en mi iPhone. Todo el ánimo febril que sorpresivamente ha brotado esta mañana en mí, ha sido barrido de un plumazo. Me sumerjo de nuevo en mi maldito océano de melancolía.
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Giorgio Napolitano conoció a Curzio Malaparte en el mes de enero de 1944, en esa época Giorgio solamente tenía 19 años, Curzio superaba los cuarenta y cinco. Giorgio todavía no se había adherido al Partido Comunista Italiano y Curzio había dejado hace no mucho la cárcel, el regalo de despedida de Musolini a su “enfant terrible”.
Curzio se había hecho construir en el año 37 en Capri una villa en lo alto de un acantilado, un alabado ejemplo del racionalismo italiano. Viendo la ampliación del Museo del Prado, imagino que a Moneo le hubiese gustado diseñarla.
A pesar de la diferencia de edad, y de su alejamiento de pensamiento, Curzio recibió afablemente al joven Napolitano, le hizo servir un aperitivo, y dejó que le presentara la pequeña revista cultural que dirigía el joven Napolitano, excusa del encuentro.
Dada la distancia ideológica entre ambas personas, la pregunta es por qué se tomó la molestia el universitario en ir hasta la villa Malaparte en Capri.
Tras haber leído varios libros de Curzio, autobiográficos en su gran medida, imagino a Malaparte como a un Corto Maltés de derechas. Tanto Curzio Malaparte como Corto Maltés son figuras que han encarnado al aventurero cosmopolita, viajeros por el mundo, involucrados en conflictos globales y poseedores de un profundo sentido de la ironía y del cinismo.
No me extrañaría que si pudiese echar un vistazo a la biblioteca de Hugo Pratt en Grandvaux encontraría la obra completa de Curzio Malaparte. Hay demasiadas coincidencias de carácter entre el personaje real de Curzio y el imaginario de Corto como para no suponer que Hugo pudiese construir a su personaje en base a otro real.
Sea como fuere, cuando uno tiene la posibilidad de conocer a un personaje así, no se queda en su casa con la excusa de tener diferencias políticas. Por eso, y no por admirar las formidables vistas de su villa sobre el mar Tirreno, es por lo que el simpatizante comunista se debió acercar a conocer al rebelde fascista.
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Cuando conocí al padre Cavero también existía una gran diferencia de edad. Yo no alcazaba los 17 años y él era profesor de arte en el instituto. Le quedaban pocos años para jubilarse. También supongo que existiría una diferencia ideológica entre ambos, aunque con mi edad de aquella época no puedo llegar a recordar cuál era la mía.
¿Cuál fue el motivo de simpatía para que conectásemos el Padre Cavero y yo mismo? No tampoco lo recuerdo bien, fueron muchos los guiños, pero el desencadenante fue un accidente que sufrió en su taller de carpintería, donde ejercía su segunda profesión, la de ebanista.
Una fatídica tarde se cogió su mano con una máquina de torneado. Se la tuvieron que reconstruir en el hospital. Cuando me llegó la noticia impulsé, entre varios compañeros del colegio, que nos acercásemos a verle al hospital para llevarle una botella de vino.
Quizás fue eso.
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A Curzio Malaparte le acaeció la desgracia tras publicar en 1949 La Piel, una crónica descarnada de la liberación de Nápoles por las tropas aliadas. El relato mostraba las miserias de su ciudad, de su población, y ponía sobre la mesa el desprecio con que el ejercito americano trató a la población.
¿Qué más da que pudiese ser cierto? Nadie quería ver retratadas sus miserias, ni el pueblo ofendido, ni la nueva clase política ocupada en cuerpo y alma en lisonjear a sus nuevos amos en busca de todo tipo de empréstitos con los que reconstruir el país.
Se cortó por lo sano: ¡A la picota! ¡No había sido después de todo Curzio un fascista de los de la primera hora! ¿No se había vanagloriado durante tanto tiempo en haber participado en la marcha sobre Roma!
¡A la picota!, y si no … ¡A la farola!
Al igual que el emperador Tiberio, Curzio se recogió primeramente en su villa de Capri. Intentó aislarse. Vano propósito, acabó exiliado, viéndose obligado a retomar su anterior vida errante.
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Mis vagabundeos por Europa se iniciaron como secretario del padre Cavero ya iniciados mis estudios universitarios. Gracias a él recorrí toda Italia, Francia, el Benelux y Gran Bretaña. Oxford me abrió sus puertas, y en el Queen Elithabezh House puede redactar mi tesis doctoral. Los jesuitas me ofrecieron todo lo mejor que estaba en su mano.
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Curzio no precisaba viajar con mucho equipaje, llevaba con él siempre su genio. No necesitaba de más. Unas puertas se le cerraron, otras nuevas se le abrieron, y siempre estaban las que nunca se le iban a cerrar.
Por ello, ya en la Cámara de los Diputados, formando parte del grupo político Comunista, cuando su amistad con el antiguo fascista ya no podía aportarle nada en lo profesional, más bien lo contrario dado el contexto de la Guerra Fría, el diputado Napolitano siguió manteniendo su amistad con el escritor ya en camino de ser olvidado.
Yo también mantuve mi amistad con el padre Cavero. Siempre que mis pasos me devolvían a Zaragoza pasaba por el antiguo colegio de El Salvador para irnos a cenar y en verano siempre me acompañaba unos días en mi chalet de Orense o se venía a mi casa en el Sur, generalmente acompañado por el hermano Amorós.
Lo grandioso de la amistad empieza cuando solamente cuenta la persona.
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El trayecto a Venecia no es directo, hay que hacer escala en Madrid. No es una pausa larga, solo de dos horas.
En la cafetería de Barajas no cojo el libro de inmediato, ya tendré tiempo de sobra en el siguiente vuelo, busco por internet información sobre su autor. Para mi sorpresa me encuentro en Youtube con una entrevista a Girogio Napolitano grabada con motivo de no recuerdo cuál aniversario de la muerte del escritor.
En esa entrevista, el viejo presidente de la República Italiana explica como cuando recibió la noticia de que estaba para morir, se acercó de inmediato al hospital a fin de ofrecerle un poco de “pan italiano”.
Allí, saliendo de la puerta de su cuarto se encontró con Palmiro Togliati, secretario general por entonces del Partido Comunista Italiano, quien había venido también a mostrarle sus respetos en dicho momento extremo.
Cuando le tocó el turno de entrar, el Señor Presidente relata que Curzio con las pocas fuerzas que le quedaban le susurra:
-¿Ha visto a Togliati? ¡Pobre hombre, cómo ha envejecido! ¡Parece un viejo profesor!
En ese momento de la entrevista, el presidente Napolitano se dirige a su entrevistador para recalcar el comentario.
-¡Se da cuenta del humorismo y el genio de Curzio Malaparte! Él, consciente que se estaba muriendo, me señala que el otro estaba muy envejecido.
El periodista, se sonríe por la anécdota, y de seguidas le pregunta por una expresión que acaba de utilizar, “llevar pan italiano”, pidiéndole que se la explique.
Pero el honorable Napolitano no le desvela su significado, de buen tono remite a su interlocutor a la lectura de Kaputt.
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Kaputt, es la novela que me acompaña, mientras mi vuelo de Iberia atraviesa el golfo de León camino de la ciudad de los canales.
¿Es este libro una novela? Quizás. A mi me recuerda un poco, por su esquema narrativo a las Mil y Una Noches. Es una obra construida a base de concatenar mil y un relatos, cada uno se podría leer de forma independiente del anterior, aunque el autor con bastante ingenio les va buscando una concatenación.
Se trata de historias, crueles, en su gran parte amargas, significativas de lo acontecido tras las líneas alemanas, vividas por Curzio Malaparte, quien las relata a sus amigos, entre ellos a Agustín de Foxá. Otro gran escritor condenado a no ver más su obra republicada, bocatto di cardinale de la Cuesta de Moyano.
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Fue de noche cuando recibí una llamada del colegio de los jesuitas de Zaragoza. No me acuerdo quién me llamó. Yo por entonces ya vivía en Algeciras, trabajaba como abogado y Cavero me había regalado los muebles labrados de época para lucir en mi primer escritorio.
Alguien me puso al teléfono al padre Cavero para que me despidiese de él. Se estaba muriendo.
¿Pidió él que me llamaran? ¿De qué hablamos? Imposible acordarme. Si ahora mismo tuviese que vivir esa misma experiencia seguiría sin saber qué decir.
Solo recuerdo que quería que tan molesta conversación terminase a la mayor brevedad.
Pero al colgar, me di cuenta que no podía despedirme así, que toda la vida me arrepentiría de ello. Por alguna razón me sentía como un gran cobarde.
Era de noche, volví a la cama, pero los nervios me sacaron pronto de ella, hice una pequeña maleta, y en nada estaba conduciendo camino de Zaragoza.
Cuando llegué al amanecer a la ciudad de mi infancia, todavía no había fallecido.
Me hicieron pasar a la enfermería.
El pobre se retorcía de dolores, y no hacía más que pedir pastillas analgésicas. Una agonía terrible.
A falta de mejor idea me hice con dos sencillas sillas, coloqué una al lado de su almohada, y otra enfrente. Saqué dos barjas y comencé a realizar un solitario, colocando las cartas en la primera silla.
Él con sus últimas fuerzas comenzó a dirigirme:
-Esa allí, sube ese montón al otro lado.
-Ahora ya puedes liberar ese as y bajarlo …
No hubo prisas.
Los naipes fueron cayendo, uno tras otro.
Se recogieron, se volvió a barajar.
Y volvieron a caer.
*
Son las doce de la noche, el avión ha cogido algo de retraso. Para empeorarlo no nos han puesto “finger” y nos han desembarcado en autobús.
Corro por la primera planta del aeropuerto en dirección a la dársena. Hace un calor sofocante; sudo hasta empapar toda mi camisa. Debo alcanzar el último vaporetto, en caso contrario me vería forzado a buscar un taxi hasta Venecia. Y no es que solamente haya pocos y que la cola de espera sea larga, es que como es natural el taxi no entra dentro de Venecia, le deja a uno a su entrada en el Piazzale Roma, y a partir de allí, avanzada la madrugada, no me imagino la aventura de encontrar a alguien que me lleve hasta el Puente de la Academia. Me asusta la imagen de verme arrastrando mi maleta, serpenteando en la oscuridad, mientras atravieso de un extremo al otro el sestiere de Dorsoduro.
Para cuando bajo las escaleras automáticas veo a la barcaza de Alilaguna saliendo del puerto. Me lanzo sobre el tablero de información de horarios. Esta noche no habrá ningún otro trayecto.
“¡Habrá que pagar más, o mucho, mucho más!” Me digo, y me dirijo hacía los taxis-acuáticos que hay en los muelles.
Todos están reservados, no hay ninguno libre.
Un conductor me dice que el que lo reservó es viejo conocido suyo y que dado que ya no habrá más transportes cree que si le pido educadamente compartir el coste del trayecto será fácil que acepte.
“Algo es algo.”
Me siento en un banco y vuelvo abrir el libro de Malaparte.
Al fondo, tras las oscuras aguas de la Laguna, quiero ya vislumbrar la presencia de la antigua ciudad de palafitos.
*
En Cracovia seguía nevando, las calles estaban desiertas, alrededor del castillo patrullaban soldados de las SS con sus impolutas botas y sus enloquecidos perros de presa.
En el cálido y lujoso interior, Frau Wachter, la esposa del Gobernador alemán de Cracovia, con una sonrisa recogió el envite de Curzio Malaparte.
-¡Oh!, estoy segura que sois un hombre de ingenio -respondió en un primer momento en francés.
Con la misma amabilidad prosiguió:
-¡Es tan fácil contestar que los polacos y los italianos son dos pueblos amigos! El mejor pan es el de la amistad, n’est-ce pas?
-Gracias -respondió Malaparte mostrando su alivio con la palma de su mano derecha abierta.
*
Una familia argentina ha llegado al muelle. Al igual que me ha acontecido a mi, veinte minutos antes, los veo lamentarse por haber perdido el último vaporeto. Y al igual que yo acabo de realizar, van preguntando infructuosamente a los capitanes de los motoscafi si alguno esta libre.
Llegan hasta el mío, antes de responder el capitán se me queda mirando.
La familia lleva a dos niños de cuatro o cinco años de edad y en un carrito se intuye un bebé dormido.
La mirada del capitán lo dice todo:
“Mi patrón podría aceptar a uno, no a dos grupos.”
Cabeceo, cierro el libro y echo a andar camino del aeropuerto, de alguna forma lograré llegar hasta el Campo di Sant’Agnese.
Mientras vuelvo a desandar mi camino por los pasillos de la pasarela, sin prisas, vislumbrando una larga noche por delante, pienso en que tanto yo como Giorgio Napolitano acudimos, llegado el día, a ofrecer nuestro “pan italiano”, y como recompensa nos dieron nuestra última lección, aquella que nunca se olvida.
La cola de espera del taxi es como preveía larga, muy larga, y los vehículos llegan con cuenta gotas. Para empeorar el asunto acaba de aterrizar un jumbo procedente de los “States”, como ellos mismo dicen. Los turistas que me acompañan están unos somnolientos, otros malhumorados, todos fatigados, se sientan en sus maletas, en el suelo. Yo permanezco de pie, erguido y sonriente junto con mi maleta a ruedas, a modo de bandera. Ya hace tiempo que aprendí que nunca hay que perder ni el buen sentido del humor, ni un elegante “savoir faire”.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.













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