Madrid en vísperas de Todos los Santos: una crónica de la Noche de Ánimas, donde el mito de Don Juan se cruza con una protesta actual y un Leporello castizo, entre ironía y destellos de magia.
Los tradicionales fríos de finales de octubre tardan en llegar a la capital. Desde mi terraza en la plaza de Tirso de Molina veo aún a muchos madrileños de ropa ligera. Pronto llegará… No: no pronunciaré esa nefasta palabra que rebautiza la antigua fiesta gaélica del Samhain; para mí, la próxima noche a llegar siempre será la Noche de Ánimas, posterior a de Todos los Santos.
Quizás por eso estoy sentado en una terraza con vistas a la estatua del clérigo que trajo a la vida a Don Juan. Es la historia que en Madrid se representa cada año por estas fechas.
Sé que hoy hay polémica sobre si Tirso de Molina fue realmente el creador del mito con El burlador de Sevilla o si lo fue un contemporáneo suyo, Andrés de Claramonte, con su Tan largo me lo fiáis. Pero si le quitasen la corona a Tirso, habría que cambiar el nombre a la plaza, bajar la escultura de su peana y fundir otra. Buena excusa para engordar el dispendio municipal y subirnos los impuestos.
Mejor, dejemos las cosas como están.
Además, ¿sabían que en esta plaza se alzaba hasta 1840 el convento de Nuestra Señora de la Merced? La desamortización liberal lo nacionalizó y, sobre sus terrenos despejados, se trazó la plaza del Progreso. “Ah —dirá alguien—, esto le va bien a la historia de Don Juan: en cuántas versiones derriba conventos para engordar su lista de queridas”. En las primeras —Molière, Da Ponte, Zorrilla— era moneda común. Pero si uno recuerda que Tirso era mercedario, resulta que hoy el busto de un religioso de la Merced preside una plaza abierta sobre los terrenos que fueron de su orden. Justicia poética, me digo.
No se representa a Don Juan a finales de octubre por su afición a escalar conventos, sino porque las versiones decimonónicas —de Mérimée (Las almas del purgatorio), Espronceda (El estudiante de Salamanca), Alexandre Dumas (Don Juan de Marana) y, por supuesto, Zorrilla (Don Juan Tenorio)— anticipan la novela gótica. Muy de estas fechas. Los esponsales macabros de Espronceda se los roba, siglo y pico después, Tim Burton para su Pesadilla antes de Navidad.
Por eso este Don Juan, el decimonónico, se representa tanto ahora en los teatros populares madrileños, como el que honra uno de los vértices de esta plaza triangular: el Nuevo Apolo.
Pero hay variaciones de esta sinfonía donjuanesca que no caben en un teatro sencillo. El Don Giovanni de Mozart, con libreto de Lorenzo Da Ponte —otro clérigo escribiendo sobre el diablo— pide el Teatro Real, que es como en Madrid llamamos a nuestra ópera.
La plaza comienza a llenarse de manifestantes. Alzo la mirada: en uno de los edificios más emblemáticos ondea una bandera de la CNT, es su sede central; abajo en la calle, comienzan a arremolinarse personas, se prepara algo. En el vértice opuesto, varios quioscos de flores me evocan Covent Garden, el arranque de Pygmalion. No hace falta recordar el nombre de la película que brota de esa obra de Bernard Shaw. Sí, el mismo que en 1905 estrenó Man and Superman y reconstruyó a Don Juan: en sus manos, el conquistador se vuelve presa, algo ya anticipado a su manera por Lord Byron.
Quisiera seguir con Shaw, pero el camarero me pide —con bastante gracia— que levante la silla de la terraza. En su placa leo: “Leporello”. Mis ojos dudan, pero su verborrea es perfecta: la precisa para que los turistas paguen sin rechistar y, en un instante, todo quede recogido.
Se prevé pelea: llega más gente.
Esta tarde no tengo nada que hacer. Encuentro en el interior una mesa junto al ventanal y sigo mirando cómo el grupo se hincha “como una Montgolfier”.
Cuando Leporello me pregunta al cabo de un rato qué quiero, pido un té English Breakfast. Para mi sorpresa, me sirve un vino de naranja.
—Lleva mucho sentado solo; si esperaba a una mujer, lo han plantado —dice, espontáneo—. ¿O quizá solo se está resistiendo un poco más de la cuenta? —termina por añadir, suavizando su osadía.
No respondo. Sonrío alzando las cejas en busca de su mirada burlona.
—¡Venga, tómeselo! Es el mejor vino de Sevilla.
Cuando veo Don Giovanni, mi personaje favorito es Leporello: como el barítono de Giovanni se descuide, el basso buffo de su siervo le come la función. Por eso, cuando Torrente Ballester rescata en 1963 a los personajes de Da Ponte en su Don Juan, el mayordomo termina suplantando a su amo como eje narrativo.
La poca policía que vigilaba discretamente la plaza es sustituida por lecheras antidisturbios. Cascos, porras y escudos. Por si alguien pretende batirse. Los agentes ordinarios están ahora en mi local, tomando un refresco. Miro sus brazos tatuados; una de ellos luce el pelo rosa. ¿En qué se distinguirían de paisano de algunos de los más radicales de ahí fuera?
En nada.
Por eso, en Shaw, el Comendador —la justicia del más allá— termina pidiendo a Don Juan permutar su sitio en el cielo por el del seductor en el infierno. En esta posmodernidad, todo parece intercambiable según el punto de vista. ¿O no?
Mi copa va avanzada y, en la plaza, las banderas palestinas son multitud.
—¡Son unos valientes! —me suelta Leporello, rellenando de la misma botella sin pedir permiso—. Son todo lo que queda del espíritu de Don Juan. ¡Mire cuántas “furgos” de la pasma!
Asiento, con cierta tristeza.
¿Por qué nos sigue atrayendo hoy en día la figura de Don Juan? ¿Por “enamorarlas a todas” como 007 en las novelas de Ian Fleming? Lo pongo en cuarentena: quien necesite muescas en su cuchillo de caza ya tiene suficientes apps de contactos. La transgresión sexual se ha vuelto facilísima.
Otra cosa es disponer, a cada instante, de un coraje vital de verdad, y ofrecer —de improviso— la mano a una estatua para bajar con ella al infierno con la cabeza erguida.
De eso queda poco.
Por mi parte, siempre me he considerado tranquilo, pausado; de los que, con elegante sencillez, contemplan la vida sin culpa. Por eso me gustó tanto el Don Juan de Azorín y suelo llevar traje.
Y por eso mismo, cuando la manifestación echa a andar hacia la calle de Atocha, decido pagar y volver a casa a dar de comer a mi gato.
En la barra, Leporello hace la cuenta. No me la entrega. Con un truco de vodevil la deja levitar por encima del mostrador. El papel no cae: flota entre el cielo y el infierno para terminar desavaneciéndose.
De debajo del mostrador ha hecho aparecer un Borsalino y un bastón. Con un gesto maestro acciona un ingenio en la empuñadura desprendiéndola unos pocos centímetros, lo justo para descubrir el fino acero toledano que esconde.
—Sus haberes, mi señor.
No acierto a comprender porqué no me sorprende que ambos sean de mi talla.
—Un buen paseo siguiendo a la manifestación le abrirá el apetito, jefe. Cuando vuelva le tendré preparada la cena. Quién sabe: quizá el servicio sea para dos.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.



















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