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Imagen de Roy Snyder en Pixabay

El retorno de la Doctrina Monroe: Venezuela como campo de ensayo del poder estadounidense

Para Donald Trump, Venezuela se ha convertido en el epicentro de su versión contemporánea de la Doctrina Monroe: un laboratorio donde ensaya su política de poder en el hemisferio, envuelta en la retórica de una “nueva guerra contra las drogas” y guiada por la idea de que el dominio regional es cuestión de seguridad nacional. El presidente estadounidense ha catalogado a Nicolás Maduro como un “narcoterrorista” y un dictador ilegítimo. En su intento por debilitarlo, desplegó fuerzas especiales para destruir embarcaciones presuntamente vinculadas al tráfico de cocaína hacia el norte y concentró en el Caribe la mayor presencia militar estadounidense en varias décadas.

Los abusos del régimen venezolano —la corrupción endémica, la represión política y la erosión democrática— no son ninguna novedad. Lo que sí cambió fue la respuesta de Washington. Durante su primer mandato, Trump optó por una estrategia de “máxima presión”, que buscaba aislar al chavismo mediante sanciones y aislamiento diplomático. Sin embargo, a inicios de este año se produjo un giro inesperado: su enviado especial, Ric Grenell, viajó en secreto a Caracas para sostener contactos con el gobierno de Maduro, y poco después se flexibilizaron las sanciones para permitir que empresas como Chevron y Shell retomaran operaciones energéticas en el país.

El acercamiento, sin embargo, duró poco. De pronto, la Casa Blanca volvió a la línea dura, retomando una política más coercitiva y de tono marcadamente militar. Las razones del viraje no son del todo transparentes, pero dos interpretaciones dominan. La primera sugiere que el secretario de Estado, Marco Rubio, habría recuperado influencia sobre Trump y estaría presionando por un cambio de régimen. La segunda apunta a que el presidente percibe en Venezuela un terreno de bajo costo para proyectar firmeza frente al narcotráfico, en contraste con México, donde una operación militar tendría consecuencias mucho más delicadas.

Trump ha enmarcado la escalada dentro de su cruzada contra las drogas, aunque el argumento carece de sustento: Venezuela no es un corredor significativo para el narcotráfico hacia Estados Unidos. La mayoría de los envíos venezolanos se dirige a Europa, mientras que casi todo el fentanilo y la mayor parte de la cocaína ingresan por territorio mexicano. Atacar barcos en el Caribe puede ofrecer una imagen de fuerza, pero difícilmente modificará los patrones del comercio ilícito.

El despliegue militar ha sido de tal magnitud que ya se compara con la invasión de Panamá de 1989. En las últimas semanas, bombarderos B-52 con capacidad nuclear, junto a B-1s, buques de guerra, un submarino nuclear, drones y aviones F-35, han sobrevolado la región. El portaaviones Gerald R. Ford opera actualmente bajo el Comando Sur. Más que una operación antidrogas, parece una demostración de poder: un mensaje destinado a intimidar a Maduro y forzarlo a negociar, no necesariamente a derrocarlo.

Algunos analistas señalan que entre los posibles objetivos de esta presión se encuentran campamentos paramilitares ubicados en la frontera con Colombia. Se trataría de acciones calculadas para generar miedo y tensión, sin escalar hacia un conflicto abierto. Aun así, todo indica que el cambio de régimen sigue siendo la meta no declarada de Washington. El propio Trump ha dicho que Maduro “le ofreció todo” durante las conversaciones, pero que él se negó a aceptar —una declaración que revela su persistente ambición de ver al líder venezolano fuera del poder.

Sin garantías de seguridad, amnistía o exilio, es improbable que Maduro renuncie voluntariamente. Consciente de que su caída podría significar la cárcel o incluso la muerte, su permanencia depende del control férreo que ejerce sobre las fuerzas armadas.La oposición, encabezada por Edmundo González y respaldada simbólicamente por el Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado, ha logrado un reconocimiento internacional inédito. Su determinación es incuestionable, pero el poder militar sigue alineado con el régimen. De hecho, la retórica inflexible de Machado, aunque ha reavivado el entusiasmo popular, podría haber reforzado el instinto de supervivencia del chavismo.

El dominio de Maduro sobre las fuerzas armadas permanece intacto.Venezuela cuenta con unos dos mil generales y almirantes para un ejército de apenas 140 mil efectivos, una estructura desproporcionada sostenida por redes de corrupción ligadas al oro y al petróleo. Además, las fuerzas están vigiladas por unidades de contrainteligencia entrenadas en Cuba, lo que impide cualquier coordinación interna o intento de rebelión. La esperanza estadounidense de que un despliegue de fuerza inspire fracturas internas parece, en ese contexto, más simbólica que real.

El pulso geopolítico, sin embargo, trasciende las fronteras venezolanas. Rusia, China, Irán y Cuba siguen respaldando a Maduro, aunque lo hacen de manera pragmática: Venezuela funciona más como distracción estratégica que como activo real. A la vez, varios gobiernos de la región —particularmente Brasil y Colombia— han optado por una posición de cautela, mientras los más preocupados por la nueva política de Trump buscan diversificar sus alianzas en defensa y tecnología con Pekín.

En este contexto, la historia vuelve a pesar. Desde la Doctrina Monroe hasta las intervenciones de la Guerra Fría, América Latina ha sido un espacio donde Estados Unidos ensaya su política de poder —y donde también enfrenta las consecuencias. El experimento de Trump podría redefinir el equilibrio hemisférico o, por el contrario, revivir los errores de un pasado que la región conoce demasiado bien. El desenlace dependerá, en última instancia, de cómo Washington decida medir su idea de “éxito”.

Alide Flores Urich Sass

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