“¡Me voy!” son las primeras palabras pronunciadas por el protagonista de la novela de Jean Echenoz, que acaba de decidir dejar a su esposa, y que dan título al libro.
Yo he sido más cortés a la hora de escabullirme del hogar familiar en Zaragoza, en busca de mi fin de semana en solitario.
El plan es sencillo: conducir hasta los Pirineos y luego continuar.
Encaro la autovía de Zaragoza a Huesca. Esta carretera, hoy moderna, en tiempos era conocida como “la Violada”. Mi profesor de arte en el instituto, el padre Cavero, decía que eso se debía a que transcurre en paralelo —o incluso ocupando— la antigua calzada romana entre César Augusta y Osca, una vía ancha o lata; así que el nombre degeneró, se vulgarizó, de la via lata a la violada, sin que ninguna señorita hubiese tenido que sufrir percance alguno.
Es simpática la anécdota, como es simpático el camino hacia unas montañas que se van haciendo cada vez más y más grandes, al igual que es simpático el libro: Je m’en vais! (creo que en España lo terminó traduciendo la editorial Anagrama).
Se trata de un libro que mezcla el costumbrismo de las galerías de arte parisinas con ciertas dosis de aventuras y algunas gotas de drama sentimental. La historia se relata en tercera persona, economizando la escritura, con un ritmo donde el narrador oscila entre un tono neutro y otro humorísticamente crítico con las decisiones de los protagonistas.
El libro me duró dos días, un suspiro, lo mismo que se tarda en sobrepasar Huesca y proseguir camino de Jaca.
Comienzan los puertos de montaña, y el paisaje se anima con la aparición de los bosques y algún que otro pantano.
Estamos ya en plena ascensión.
Esta es, según mi gusto, la mejor temporada del año: el otoño. Justo cuando en París se reúnen en el salón del famoso restaurante Drouant para conceder el premio Goncourt.
En 1999 lo ganó la novela a la que le estoy dedicando este texto, pero —y según el relato de Pierre Assouline (Du côté de chez Drouant, Gallimard, 2013)— siempre hay un pero: aconteció que el editor de la novela (Éditions de Minuit) se encontraba presente en ese banquete.
Eso levantó suspicacias, lo que llevó a que Jean Echenoz oyese del resto del jurado: “Su editor se lo come todo, es realmente un buen editor.”
Echenoz no sabía si se referían al hecho de que Jérôme Lindon se había servido de más en el plato o si se escondía algún reproche oculto. Su pregunta fue, por necesidad, genial:
—¿Qué pidió para comer: cordero o cerdo?
No quisieron responderle.
Ya hemos llegado al túnel de Somport. Hasta aquí, la carretera ha sido bastante buena: casi todos los tramos eran de autovía.
Al entrar en Francia, todo cambia. La carretera es sencilla, de un solo carril en cada sentido, de firme mal mantenido y plagada de curvas.
Nuestro país, como bien se ve, puede presumir de mejores vías, pero obviamente no de mejores premios literarios. Aquí ya no es que, en la mesa del jurado, le den el premio a la obra de uno de los presentes: es que en nuestro país existe la fea costumbre de agraciar con el Gordo de Navidad al hijo o al sobrino de turno del director de Loterías.
Permítanme el anterior desahogo, pero eso no obsta para señalar que la novela con la que he iniciado la historia de este mes no deje de merecer la pena leerla, sea cochinillo o cordero lo que haya tenido que engullir su editor para verla agraciada con un premio tan importante.
Al llegar a Bielle, he dejado tras de mí la alta montaña, con sus tupidos bosques de abetos y hayas.
Freno para tomar un café. Ya se nota la arquitectura haussmanniana francesa, hermosa en su uniformidad, como si todo el paisaje urbano estuviera trazado con compás y escuadra, ajeno a cualquier exabrupto rural.
En esa pausa breve, me vienen a la mente algunos autores actuales que no han recibido premio alguno, pero cuya lectura es, sin duda, necesaria.
Citaré solo dos. Arturo Panero, cuyos libros recuperan para el lector el placer de la prosa exacta, a medio camino entre Henry James y Lovecraft. Y Pedro Aranda, con su Casi Chicago, una novela singularísima, de las que uno no espera encontrar en español contemporáneo y que, sin embargo, se queda vibrando en la cabeza muchos días después.
Recomiendo con entusiasmo a ambos autores.
Arranco de nuevo el motor. Ha sido solo una parada breve, y nuestro destino está cercano.
Me he propuesto ir trayendo a estas páginas a escritores actuales casi invisibles: desconocidos para la crítica, rechazados por la edición tradicional, víctimas de las pequeñas editoriales piratas, o pobres mendigos de la autoedición. Pero es precisamente ahí, en ese margen incierto y mal iluminado, donde crecen las semillas de las plantas que —con el tiempo y algo de suerte— acabarán por estudiarse en los libros de texto.
No es infrecuente que en literatura, como en tantas otras artes, lo que no se vende en vida se consagre en muerte. Que se lo digan a Kafka, que no vendió un solo ejemplar, o a Paul Valéry, cuyo Cementerio marino se vendía menos que un manual de pesca y hoy yace —ironías del destino— en todos los cementerios intelectuales que llamamos antologías.
Veinte minutos después he aparcado el coche en la estación de tren de Pau. Me gusta coger el funicular para ascender a la ciudad antigua.
He reservado un coqueto estudio en el Boulevard des Pyrénées. ¿Lo conocen?
Solo por eso merece la pena hacer el viaje: por las vistas desde este boulevard elevado de toda la cadena montañosa.
Grandiosas.
Reservo para cenar en L’Aragon.
Todavía hay tiempo para un paseo por esta coqueta ciudad, para admirar el castillo donde nació Enrique IV —el mismo rey de Navarra que instauró a los Borbones en Francia y desde donde, luego, saltarían hasta España—. Porque, cosa curiosa, en esta misma ciudad se encuentra también un parlamento de Navarra.
Ya les contaré esa historia otro día. Hoy mis pasos —o mi mal genio, que diría Casanova— han terminado por llevarme frente a la puerta de una bella mansión que frecuenté mucho en mis tiempos universitarios.
Me enciendo con calma un cigarrillo en la acera de enfrente. Las obvias y curiosas preguntas me asaltan.
Ha anochecido. A la casa llegan más y más personas: parece que hay una fiesta. Gracias al trasiego constante observo que el papel pintado de las paredes sigue siendo el mismo, aunque no logro distinguir si ocurre lo mismo con los muebles de la entrada.
Se me acerca una mujer —treinta y pocos, tal vez— con una copa en la mano. Me pide fuego. Me fijo en su conjunto: botas altas de cuero negro brillante, calcetines hasta la rodilla, y bajo un abrigo ligero, un traje entallado de terciopelo color esmeralda, de esos que parecen pensados para dejar los hombros al aire.
El pelo, recogido en una cola de caballo, cae con una soltura estudiada. Como está oscuro, no llego a distinguir si es morena o castaña, pero poco importa: tiene la actitud confiada de quien sabe que su estilo habla antes que ella.
Me da conversación. Al poco, me pregunta si estoy invitado a la fiesta.
Niego con la cabeza.
—¡Bah! El ingeniero ha invitado a tanta gente que allí nadie se conoce. Yo soy la última mona de su estudio, y me han dicho que puedo llevar a quien quiera. ¿Entras conmigo?
No debería. Ciertamente no debería. Podría organizarse una buena si me vuelven a ver por ahí. Pero después de tantos kilómetros… y de tantos años…
¿Por qué no?
El tiempo de tomar un vino rápido y…
“¡Me voy!”

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.



















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