¿Qué podrían tener en común una sátira filosófica sobre el optimismo y una historia existencialista de la Rusia del siglo XIX? Además de su incuestionable vigencia, en esta ocasión les voy a compartir cómo dos grandes pensadores de la humanidad abordaron con estoicismo universal el vivir con virtud y aceptación en un mundo siempre incierto y, en ocasiones, absurdo.
En estas dos historias que a continuación explicaré, tenemos a dos personajes cuyos inicios no podrían ser más opuestos, pero cuyos planteamientos posteriores sobre la razón y el optimismo tienen una fuerte correlación.
En su relato “El Sueño de un Hombre Ridículo”, Fiódor Dostoievski describe a un hombre nihilista entregado a la razón que, al caer en una reflexión profunda, llega a la realización de que la vida está vacía de sentido y de que nada en el mundo hace ninguna diferencia.
Por su parte, en la historia “Cándido o el Optimista” de Voltaire, para el protagonista Cándido el sentido de la vida se encuentra en el apasionado amor que siente por una mujer. Su amor por ella se vuelve una obsesión y está dispuesto a enfrentar las más terribles adversidades que le arroje la vida con tal de reunirse con su amada.
Nuestra vida se llena de sentido cuando nos aceptamos realmente como somos, cuando reconocemos nuestro lugar en el mundo, cuando nos enfocamos en “cultivar nuestro propio huerto” y elegimos vivir con amor
Vayamos primero con Dostoievski. Muy pronto al comienzo del relato, el Hombre Ridículo aparece dando un paseo nocturno. Ya sabemos que sufre una crisis existencial y que se encuentra en un estado severo de indiferencia y de apatía por la vida. Para él nada tiene sentido. De repente mira hacia el cielo y, tras contemplar intensamente una estrella brillante, decide suicidarse.
Esta premisa invoca a la filosofía del absurdismo de Albert Camus, evidente en su obra “El Mito de Sísifo”. Pero contrario al personaje de Sísifo, condenado a ejecutar una tarea repetitiva y sinsentido, y a quien Camus sugiere imaginarlo feliz como acto de rebeldía ante lo absurdo de la vida, el Hombre Ridículo de Dostoievski experimentará un repentino revés que le infligirá un deseo de mejorar al mundo.
En camino a su casa para llevar a cabo el acto suicida, el Hombre Ridículo es abordado por una niña que le pide ayuda. El hombre la ignora y continúa su camino. Pero al llegar a su casa su indiferencia se difumina y, tras recordar ese breve encuentro con la niña, le invade un pensamiento sobre las consecuencias de continuar la vida. En eso cae en un sueño profundo y revelador, inducido no por la razón, sino por el deseo.
Su sueño lo transporta al espacio, hacia un planeta parecido a la Tierra, pero donde todos sus habitantes viven en paz y armonía, no hay sufrimiento sino un amor contagioso que todos comparten; un paraíso en donde no existen el pecado ni las malas intenciones. Todo iba bien hasta que el Hombre Ridículo los corrompe con su influencia terrícola y les enseña a mentir.
Tocado por la impureza terrícola, el mundo utópico entonces cae en un proceso de destrucción irreversible, donde los fuertes someten a los débiles, donde comienzan a crearse divisiones y luchas de poder, donde se promueve el individualismo en lugar del colectivismo, en fin, donde hay caos y problemas por resolver tal y como en la Tierra.
En eso, el Hombre Ridículo despierta de su sueño sintiéndose transformado y más vivo que nunca. Regenerado tras el sueño, el Hombre Ridículo tiene ahora como misión enseñarle al mundo a amar, a esparcir el bien y a aceptar a la Tierra, nuestro planeta, con todo lo bueno y malo que engloba. Finalmente ha encontrado el sentido de la vida.
Advirtiendo que la razón no puede ser la única fuerza que guía nuestra existencia, el Hombre Ridículo nos invita a cambiar nuestra manera de pensar por una más simple y compasiva. En lugar de enfocarnos en comprender el conocimiento de la felicidad, vivamos la felicidad. En lugar de entender el porqué de la vida, aprovechemos cada momento que tenemos. No perdamos tiempo en el porqué y vivamos el qué.
Vayamos ahora a la sátira filosófica de Voltaire. Cándido, el protagonista de la historia, vive en un castillo de Westfalia bajo la tutoría de Pangloss, un maestro de filosofía y un optimista recalcitrante quien defiende que, a pesar de todas las desgracias, “vivimos en el mejor de los mundos posibles”.
Tras ser sorprendido besando a su enamorada Cunegunda, la hija del Barón de Thunder-Ten-Tronckh, Cándido es expulsado del castillo y dejado a su suerte en un mundo lleno de adversidades. Pero su amor por Cunegunda es más grande que todo y no se rendirá hasta volver a unirse con ella.
A partir de su expulsión, Cándido sufre todo tipo de infortunios. Desde ser capturado y torturado por unos búlgaros, casi ahogarse en altamar, ser condenado junto a Pangloss a un auto de fe por la Inquisición en Portugal, sufrir de hambre en Sudamérica, lograr riqueza en El Dorado y luego ser despojado de todo, Cándido sufre constantemente en su larga odisea por reencontrarse con Cunegunda.
Hacia el final de la historia finalmente se encuentra con su amada, quien ha envejecido y también ha sufrido mucho todo este tiempo. Junto con sus compañeros cercanos, se desplazan a Turquía para establecerse en una pequeña granja y vivir de lo que cultiven.
En otra finca cerca del lugar, Cándido y Pangloss se encuentran con un anciano sabio y modesto que desconoce de asuntos políticos y ni le interesa saber, “… supongo que, en general, los que se mezclan en cuestiones públicas, de vez en cuando tienen un fin desastroso… nunca me entero de lo que pasa en Constantinopla; me conformo con enviar allí, para venderlos, los frutos del huerto que cultivo.”
Cándido al final reconoce que la más grande lección de vida es “cultivar nuestro propio huerto”. Esto significa que debemos preocuparnos por las cosas que están bajo nuestro control, de enfocarnos en la gente que amamos, nuestros familiares y amigos, y en no preocuparnos por todas las fuerzas externas que están fuera de nuestro alcance.
La lección de “cultivar nuestro propio huerto” también nos invita a mantener una sana distancia entre nosotros y lo que sucede en el mundo. Porque no podemos esperar ni depender de las decisiones que tomen los líderes mundiales en turno para vivir vidas satisfactorias y llenas de sentido. En lugar de intentar comernos el mundo entero, enfoquémonos mejor en cuidar de nuestro entorno inmediato.
Al final, tanto la historia de Dostoievski como la de Voltaire comparten el sentimiento de aceptación y optimismo. El mundo no es perfecto, nunca lo ha sido y jamás lo será. Ante ello, Cándido y el Hombre Ridículo nos demuestran que el verdadero sentido de la vida no consiste en creer que el mundo sea un lugar bueno, sino en hacer el bien incluso si no lo es.
Y es que, durante toda la historia, la humanidad ha sufrido de líderes despreciables que han hecho sufrir injustamente a sus pueblos. Esto no es una situación única del tiempo presente que vivimos. Dentro de quinientos o mil años la humanidad seguirá siendo testigo de líderes tiranos e incompetentes, de guerras injustas y de tragedias humanas. Pero, ante todo ello, está en nuestras manos hacer y propagar el bien.
Nuestra vida se llena de sentido cuando nos aceptamos realmente como somos, cuando reconocemos nuestro lugar en el mundo, cuando nos enfocamos en “cultivar nuestro propio huerto” y elegimos vivir con amor. Como observamos en ambas historias, el sufrimiento es a veces inevitable, pero puede ser un gran aliciente para vivir nuestro día a día con empatía, compasión y optimismo.

Ricardo Villarreal es director de cine documental dirigió y produjo el largometraje “The Domínguez, a Family Who Shaped the History of California” para el canal de televisión KCET en Los Ángeles, California y dirigió y produjo “Ride with Larry”, un documental inspirador para concientizar sobre el Parkinson y el uso de la marihuana medicinal, que ganó varios premios en festivales internacionales de cine. Trabajó en proyectos de promoción comercial entre México y California en la oficina de ProMéxico en el Consulado General de México en Los Ángeles y como empresario independiente. Fue presidente de la Asociación EXATEC California y ha sido voluntario en organizaciones altruistas que promueven las ciencias y las artes (principalmente música y literatura). Es parte del comité de selección y jurado del festival Cinema Culturas en Riverside, California para promover el arte cinematográfico en los jóvenes inmigrantes. Fue vicepresidente del capítulo de Portugal de la Red Global MX.








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