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El dilema de la UE ante la carrera global de la IA

La inteligencia artificial (IA) ha pasado en apenas una década de ser un campo tecnológico emergente a consolidarse como un factor estructural del poder, capaz de reconfigurar la economía, la seguridad, la gobernanza global y, especialmente, la influencia geopolítica de los actores internacionales. En este nuevo paradigma, la IA actúa como variable estratégica: determina quién lidera en defensa, control de cadenas de suministro, competitividad industrial y diplomacia tecnológica.

La cuestión central ya no es si la IA transformará el orden internacional, sino quién definirá sus reglas, estándares y arquitectura. Este fue precisamente el eje de varias de las discusiones del Paris Peace Forum, donde nuestro grupo tuvo la oportunidad de escuchar a responsables políticos, tecnólogos y diplomáticos que insistieron en que Europa debe replantear su lugar en este nueva revalidad estratégica. El Foro planteó una pregunta insistente: ¿puede la Unión Europea conciliar su ambición regulatoria con la necesidad de desarrollar poder tecnológico real? La paradoja se ha vuelto evidente. Mientras la UE disfruta de prestigio global como actor normativo, sigue teniendo dificultades para construir las capacidades materiales que exige la nueva era algorítmica.

Europa ante el riesgo de irrelevancia geopolítica

La UE se ha convertido en un referente mundial en regulación digital. La Ley de Inteligencia Artificial (AI Act en sus siglas en inglés) es el primer marco jurídico integral de este tipo y responde a la lógica del llamado Efecto Bruselas, descrito por primera vez por Anu Bradford, y que implica regular primero para influir después. Sin embargo, la velocidad del desarrollo en IA supera con creces la de otros sectores en los que Europa logró imponer estándares globales, y la presencia dominante de actores extracomunitarios —Estados Unidos y China— hace que el margen de influencia sea mucho más estrecho.

Por este motivo, las obligaciones iniciales del reglamento sobre IA -especialmente exigentes en el caso de la IA generativa- han recibido críticas tanto desde dentro de la UE como desde fuera (especialmente de las grandes tecnológicas y la Administración Trump). El Financial Times sintetizó recientemente en uno de sus editoriales el gran temor del bloque: si el AI Act no se ajusta con “inteligencia estratégica”, Europa corre el riesgo de “regularse hacia la irrelevancia”. La propia Comisión Europea es consciente del desafío y acaba de aprobar un nuevo paquete de medidas, el Ómnibus digital, para “racionalizar” la regulación sobre IA, ciberseguridad y datos, y que se verá complementado por una Estrategia de Unión de datos cuyo fin es “desbloquear datos de alto de calidad para la IA”. Según Henna Vikkunen, vicepresidenta ejecutiva de la Comisión para la soberanía tecnológica, la seguridad y la democracia, el objetivo es “impulsar la competitividad de la UE”. La nueva norma -que debe ser aprobada por el Parlamento Europeo y el Consejo – simplificará el Reglamento General de Protección de Datos y otorgará más tiempo a las empresas para adaptarse a las nuevas obligaciones. Las prácticas consideradas de alto riesgo en el Reglamento gozarán una moratoria de 16 meses, es decir, la norma no entrará en vigor en agosto de 2026 sino en diciembre de 2027.

Mientras se producen estos debates, la distancia entre ambición normativa y poder material se ensancha. Según el Índice IA de 2025 del Instituto para la IA centrada en el ser Humano de la Universidad de Stanford, en 2024 se lanzaron más de 40 modelos destacados de IA en Estados Unidos, alrededor de 15 en China, y solo 3 en Europa. Este desequilibrio afecta enormemente a la autonomía estratégica europea.

El poder real en IA: ¿dónde está perdiendo terreno la UE?

El análisis de los factores que determinan el poder en IA confirma la desventaja europea. Según la Reserva Federal (Estado de la Competencia en IA en las Economías avanzadas, octubre de 2025), la distribución mundial de la capacidad de cómputo avanzada es la siguiente: Estados Unidos concentra el 74 %, China el 14 % y la Unión Europea apenas el 4,8 %.

La tendencia se reproduce en supercomputación. La lista TOP500 (organización que clasifica los 500 superordenadores más potentes del mundo) identifica 175 supercomputadores en Estados Unidos, 47 en China y en Europa el mayor peso lo tiene Alemania con 41.

En infraestructura energética, clave para el entrenamiento de modelos, la Agencia Internacional de la Energía (2024) estima que los centros de datos consumen globalmente 415 TWh anuales (1,5% del consumo mundial de electricidad), de los cuales Estados Unidos absorbe aproximadamente el 45 %, China en torno al 25 % y la UE cerca del 15 %.

El panorama de inversión privada es igualmente ilustrativo. Según Stanford HAI, en 2024 la inversión privada en IA alcanzó los 109.000 millones de dólares en Estados Unidos, 9.300 millones en China, mientras que el continente europeo fue de 19.420 millones. Esta brecha financiera no para de aumentar: en 2025 las grandes tecnológicas estadounidenses han invertido en torno a 115.000 millones en I+D, más de la mitad del presupuesto conjunto de la UE. Estas cifras se traducen en menor liderazgo industrial, ritmos más lentos de escalado y capacidades limitadas para competir con los gigantes de Silicon Valley y Shenzhen.

Si esta asimetría no se corrige, la UE corre el riesgo de consolidarse como potencia regulatoria, pero con una influencia geopolítica limitada en un orden internacional que la IA ya está transformando

Por último, el terreno de las alianzas tecnológicas internacionales —otro elemento central del poder tecnológico— también evidencia la desventaja europea: Estados Unidos avanza en acuerdos flexibles con países como Japón (Alianza sobre IA segura, también el nuevo acuerdo entre el presidente Trump y la primera ministra Takaichi abre la puerta a colaboración en IA en iniciativas de seguridad económica), Corea del Sur (alianza sobre semiconductores, cooperación en IA aplicada a defensa), India (acuerdo Trust con foco en semiconductores, IA y tecnologías cuánticas), la coalición AUKUS (pilar II), , el Diálogo Quad (grupo de trabajo sobre tecnologías críticas y emergentes), con los países del Golfo (alianzas público, privadas, controles de exportación y marcos como el AI Acceleration Partnership con EAU y el Strategic Artificial Intelligence Partnership con Arabia Saudi); China consolida redes de cooperación con países del Sur Global (componente IA de la Iniciativa Digital de la Nueva Ruta de la Seda, exportación de sistemas de IA, créditos, financiación y diplomacia de estándares) . Europa, en cambio, no lidera alianzas tecnológicas de primer nivel en este ámbito más allá de la regulación.

La UE busca una salida: autonomía estratégica y nuevo impulso político

La reciente Cumbre de Soberanía Digital Europea en Berlín ha reforzado la importancia de que la Unión Europea no sea un “vasallo” digital (en palabras del presidente francés Macron) y que logre una mayor autonomía en tecnologías estratégicas —IA, computación cuántica, microelectrónica y servicios en la nube— como condición indispensable para aspirar a la autonomía estratégica. Tal como señaló el canciller alemán Merz: “Sí, la soberanía digital tiene un precio. Pero la dependencia digital tiene costes aún mayores”. El Eje París-Berlín, impulsor del encuentro, defendió que Europa solo podrá influir geopolíticamente si cuenta con alternativas tecnológicas propias.

Pero, ¿existe verdadera unidad entre las capitales de la UE en torno a la posición global en IA? Podría decirse que las visiones de los Estados miembros respecto a la IA y al AI Act no están totalmente alineadas y pueden clasificarse según varias tipologías funcionales.

El bloque pro-industria y pro-innovación

Este grupo considera que la UE corre el riesgo de sobrerregular y perder competitividad global. Entre ellos destacan Francia, Italia, los países nórdicos, Estonia dentro de los bálticos o Irlanda. Quieren evitar que la regulación frene a sus campeones nacionales (destaca el caso francés de Mistral), apuestan por flexibilidad para entrenar los modelo, incentivos fiscales y evitar penalizar por cargas administrativas excesivas.

El bloque pragmático-industrial

Alemania es el ejemplo paradigmático de este enfoque: reconoce la necesidad de regulación, pero advierte de los riesgos que obligaciones demasiado estrictas pueden suponer para su tejido productivo, especialmente para el Mittelstand (industrias pequeñas y medianas altamente especializadas, consideradas la base de exportaciones y empleo). El enfoque combina innovación y competitividad con una regulación proporcional para defender al tejido industrial (especialmente PYMES). Otros países como República Checa o Polonia comparten preocupaciones similares, defendiendo un equilibrio.

El bloque regulador-estricto

Prioriza la protección de los derechos fundamentales, el refuerzo de las autoridades de supervisión y la armonización europea. En esta línea se sitúan España (que logró el acuerdo político provisional del AI Act durante su presidencia), Países Bajos, con una larga tradición de regulación rigurosa, Luxemburgo y Austria, muy estricta en ámbitos como biometría, educación y salud.

El bloque mediador y de compromiso

Su enfoque apuesta por combinar competitividad e innovación con garantías sólidas, aceptando ajustes en los modelos fundacionales sin desnaturalizar los objetivos del Reglamento original. Bélgica se encargó en su presidencia de consolidar el texto técnico del AI Act hasta su adopción final y promovió acuerdos entre posiciones enfrentadas, también aquí podrían incluirse a Portugal o Eslovenia.

Conclusión: el dilema europeo entre liderazgo normativo y poder geopolítico

Europa cuenta con activos indiscutibles: legitimidad normativa, diplomacia sólida, valores compartidos y talento científico. Sin embargo, carece aún de los componentes necesarios para proyectar poder geopolítico real en la carrera de la IA: poder de computación propio, escala industrial, inversión masiva, campeones tecnológicos, velocidad de implementación y alineamiento político interno.

Si esta asimetría no se corrige, la UE corre el riesgo de consolidarse como potencia regulatoria, pero con una influencia geopolítica limitada en un orden internacional que la IA ya está transformando. En última instancia, Europa debe adoptar una posición común y decidir si aspira a ser árbitro ético o actor estratégico con capacidades materiales. Solo lo segundo permitirá a la UE desempeñar un papel significativo en la arquitectura global de la inteligencia artificial. Incluso con la reciente flexibilización del marco, algunos temen que la búsqueda de competitividad para las empresas europeas termine, paradójicamente, facilitando una mayor penetración de las grandes tecnológicas estadounidenses en el mercado europeo, al tiempo que erosiona la protección de la privacidad y los derechos digitales que han definido hasta ahora el poder normativo de la UE.

Arantza Caballero González Rojas es periodista especializada en Relaciones Internacionales, con amplia formación en periodismo, diplomacia pública y derecho internacional. Cuenta con experiencia como asesora en embajadas y en puestos internacionales, donde ha trabajado en análisis político y comunicación estratégica.

Actualmente desarrolla una investigación sobre el impacto del uso de la inteligencia artificial como herramienta geopolítica, examinando cómo esta tecnología redefine la gobernanza internacional, la autonomía estratégica de los actores globales y la rivalidad en el orden internacional.

Lucia de Luca es una ejecutiva y estratega que trabaja en la intersección de la divulgación, las políticas públicas y el impacto social, con especial énfasis en la igualdad económica y social. Colabora con diversos actores internacionales para fortalecer la reputación y ofrecer soluciones prácticas, integrando perspectivas geopolíticas para orientar la toma de decisiones en entornos globales complejos. Exdirectora general de Women Political Leaders (2019-2021). Actualmente preside el Comité Global de Igualdad Salarial y Transformación Corporativa en G100, donde promueve el liderazgo inclusivo y el cambio sistémico.

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