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Fotografía de Finan Akbar, cortesía de Unsplash

Tres modernos, un clásico y un yakuza.

Cuatro recomendaciones literarias se entrelazan en el relato de un abogado que, sin abrir un regalo, debe descifrar el mensaje oculto tras un gesto ritual, una extradición imposible y una lección inesperada sobre el poder de la literatura.

A todas luces, estoy ante un peligro de muerte.
Sí, han oído bien: un peligro de muerte. Mortal, si prefieren; aunque no es este el momento de entrar en disquisiciones bizantinas sobre el lenguaje.

Los pensamientos se arremolinan en mi mente de forma caótica mientras siento la adrenalina cabalgar.
Entonces me acuerdo de una escena en el despacho del Departamento de Derecho Internacional Público de la Facultad de Derecho de Zaragoza. Yo era solo un joven penene, y el profesor emérito Leandro Rubio se había quedado mirando una novela que llevaba entre las manos —recuerdo hasta el título—: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, de Raymond Carver.

Sí, la mira con un deje de desprecio. No puede evitar decir:
—¿Cómo puede seguir leyendo eso a su edad? Hace siglos que no pasa por mis manos uno de esos.

Mi rebelde osadía le da la réplica:
—¿Un libro?

Él se enciende:
—¡Una novela! Son cosas de niños y adolescentes, y a usted lo tenía por más talludito.

Pues bien: puede que gracias a todo lo que uno aprende leyendo novelas logre salir del apuro tan grande en el que me encuentro.

Digamos que estoy en mi despacho y, frente a mí, se encuentra lo que podría pasar por un elegante, correctísimo y adorable anciano japonés, enfundado en un traje azul perfecto, con una corbata de Hermès —de esas que yo no me puedo permitir.

Pero no se dejen engañar: los documentos judiciales que guardo en mi carpeta relatan cosas terribles sobre su historia pasada. Es un jefe yakuza, de esos tan importantes como para que su país de origen curse una petición directa de extradición al Reino de España. Y en el formulario de Interpol que tengo delante se contienen acusaciones, sean ciertas o no, muy graves. Gravísimas.

Acabo de referirle el auto dictado esta misma mañana por la Audiencia Nacional concediendo su extradición, las posibilidades de una eventual apelación y la cita que tenemos mañana ante dicho tribunal.
—¿Su objeto? —me inquiere en inglés.
—El Fiscal pedirá su inmediata entrada en prisión mientras se tramita la apelación, para evitar el riesgo de fuga —le confieso.
—¿Se lo concederán? —pregunta, midiendo cada palabra.
—Hay bastantes probabilidades.
—¿Me aconseja entonces usted acudir?

Me encojo de hombros, suspiro y prosigo:
—Si le aconsejase no asistir, me echarían del Colegio de Abogados. Yo solo puedo referirle que yo sí acudiré, y que le esperaré durante veinte minutos en la puerta antes de entrar.

Y aquí es donde comienza todo el drama: el señor Kaneda ha extraído un pequeño paquete envuelto en un paño de seda, doblado con un nudo doble, elegante, simétrico, sin una arruga fuera de lugar. Es un furoshiki.
—En pago de sus honorarios.

No necesito abrir el fino paño para saber que protege una caja de madera de paulownia, una kiribako, que guarda una figurita de madera, marfil o porcelana —originariamente utilizada como broche en la ropa y hoy coleccionada como objeto de culto— llamada netsuke.

¿Y cómo sé esto? Porque detrás del señor Kaneda, sobre la mesa auxiliar, debajo de las Memorias de Jacques Isorni, sí el abogado que asumió la defensa del general Petain, reposa una novela que narra la saga de una riquísima familia judía de Odesa, que prosperó en el último cuarto del siglo XIX en París y Viena, apasionada de la cultura japonesa, y que solo pudo conservar tras la última guerra una colección de doscientas sesenta y cuatro netsuke y un gran amor por Japón: La liebre con ojos de ámbar, de Edmund de Waal.

Así que, contradiciendo a mi director de tesis, leer novelas puede ser de gran utilidad: permite comprender a las personas, saber leer los acontecimientos y percatarme ahora de lo delicada que es mi situación.

¿Por qué el señor Kaneda, sin que yo le haya presentado mi cuenta, me la está liquidando entregándome una figurita? Pues porque, conforme a los dictados de su cultura, en la propia figurita va incluido un mensaje. O varios. Desentrañarlos correctamente es lo primero y lo más perentorio.

Se está despidiendo de mí.

Si eso fuese lo peor, sería asumible.
Lo terrible viene ahora: en el contenido del regalo, en lo que representará el netsuke.

Si la pieza es antigua y valiosa —algunas superan con creces los trescientos mil euros; imaginemos un tigre de Tomotada— significaría que estaría saldando la deuda, sí, pero que ahora yo sería deudor de algo más grande. Habría caído en la órbita de su clan, y una vez que se entra allí ya no se sale.

Si el netsuke fuera satírico o humillante, moderno y sin valor —un juez ridiculizado, un samurái borracho— significaría que considera mi trabajo legal inútil y me obsequia, en pago, un juguete. Sería un insulto. Un mensaje mafioso: “sé cuál es tu sitio”.

Pero peor sería un netsuke shunga: una pieza obscena, antigua y también muy valiosa; una pareja del siglo XIX en un acto sexual exagerado. Ese mensaje sería triple: humillación, dominación y advertencia codificada.

En síntesis: abrir el pañuelo me convertiría, de un modo u otro, en deudor del señor Kaneda.

Alguno de ustedes podría decirme: “no abra el paquete, o devuelva el regalo, y asunto resuelto”.
¡Ah! Eso sería peor. Mucho peor. Conforme a los patrones de la cultura japonesa, devolver un regalo constituye una ofensa muy grave, de esas que exigen reparaciones… aparatosas.

Estoy metido en un buen aprieto.
¡Oh, sí: en un señor lío!

Escucho como en una lejanía, como si sus palabras viniesen repetidas por un eco espectral, lo que el señor Kaneda está diciendo:
—Le ruego que lo abra. Es costumbre en mi país aceptar el obsequio en presencia del anfitrión.

Su infernal regalo reposa desde hace unos minutos encima de mi mesa de trabajo, sobre el tablón de caoba, en la única isla vacía no ocupada por los legajos.
¿Existía realmente una zona despejada así hace diez minutos, o ese objeto maléfico ha clareado por sí mismo su espacio en la jungla?

Quizás estoy comenzando a tener alucinaciones.

Mejor levantarme y hacer como que el japonés no existe. Dirigirme a mi librería, rebuscar, rebuscar… hasta encontrarlo.
Sí, aquí está. Después de tantos años.
¿Dónde lo compré? ¿En Oxford? Ha llovido mucho desde entonces.

Regreso con el grimorio hacia mi mesa. El señor Kaneda me observa en silencio. Al rodearlo para ocupar mi puesto de presidencia en el despacho, dejo ante él el grimorio con el que pretendo romper su encantamiento, la deuda ritual que está tejiendo en torno a mí: The Book of Tea, de Okakura Kakuzō.

—Soy plenamente consciente del contenido de su regalo —comienzo con aplomo—. Soy igualmente consciente del significado del gesto y del valor que en su país se otorga al ritual de la entrega. Pero no estamos en Japón, estamos en Madrid, y usted está en mi despacho. Y conforme al Derecho Internacional, en materia de normas de rito han de aplicarse siempre las del país en el que uno se encuentra. Y aquí, las normas de cortesía son muy diferentes. Yo no admito regalos. Hago pocas excepciones: hace veinte años acepté de una persona muy humilde un cesto de huevos porque no tenía con qué pagarme; la caridad cristiana me movió a ello. Y hace cinco años tuve que hacer otra excepción cuando un santo, un hermano jesuita falto de recursos, me hizo entrega de su bien más valioso.

El rostro del señor Kaneda ha mutado. Ya no sonríe. Ya no se siente dueño del juego. Sutilmente siento subir la tensión.

Prosigo:

—Ese santo, al igual que usted, dejó sobre esta misma mesa una caja —señalo una sencilla caja de cartón blanco moteada de círculos negros, de unos cuatro dedos de alto—. Allí la dejó; se lo agradecí dada la categoría del personaje. Pero no la abrí. Sabía, al igual que hoy sé, su contenido, su valor, y lo que significaba para la persona que me la entregaba.

El gesto del señor Kaneda se ha ensombrecido. Ha tomado la caja y está en el trámite de abrirla. Hago como si su acto no tuviera importancia y prosigo:

—El libro que le he entregado, probablemente lo habrá leído, está escrito por un japonés, pero en inglés, a principios del siglo XX. Y aunque pueda llevar a error por el título, su propósito no es explicar cómo se prepara el té en su país, sino hablar de los grandes valores de su cultura. A mí me llamaron la atención tres: la sutileza, la contención, saber demorar un gesto como forma de respeto…

El japonés contempla, asombrado, la cruz que ha extraído de la caja moteada. Freno mi discurso. Le sostengo la mirada mientras, lentamente, me la acerca.
Examino el crucifijo policromado y procedo a explicarle la pieza:

—Es un relicario. Los bellos nácares pintados en los extremos representan las iglesias más importantes de Roma. En el centro, en un pequeño envase de vidrio, se custodia un hueso de San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, los mismos que evangelizaron su país.

Me demoro unos instantes más estudiando la cruz; luego se la devuelvo añadiendo, con aparente casualidad:

—Es realmente bella. Cuando termine de admirarla, puede devolverla a su caja. Como ya le había referido, todavía no la había abierto.

Ahora es el jefe yakuza quien se encuentra desarmado.
Yo no le había dado permiso para abrir la caja.
El ritual de sumisión se ha detenido.
El hechizo está roto.

Espero, en silencio, hasta que él decide hablar:

—Entonces, ¿no va a aceptar mi regalo?

—Por supuesto que voy a aceptarlo. Hoy haré una nueva excepción a mi política de no aceptar presentes. Pero quería que comprendiera que no voy a abrirlo en este momento. Ya sé su contenido, y ya lo estoy disfrutando. Lo abriré —y examinaré sus detalles— cuando le llegue su momento.

—Como ha hecho hoy con la cruz… —añade.

—Como he hecho hoy con el relicario —reformulo pausadamente.

El señor Kaneda se levanta. Le acompaño por el pasillo hasta el vestíbulo. Allí se coloca, con calma meticulosa, su chaquetón. En la puerta, antes de marcharse, se detiene.

—No sabía si su defensa había sido buena o mala, si perder el juicio era inevitable o culpa suya. Ahora ya lo sé.

Me hace una leve inclinación ritual y añade, antes de perderse en la calle:

—No me volverá a ver, y sé que ello le causará molestias en el Juzgado.
En unas semanas recibirá un cheque de mi gente. Me honrará si decide cobrarlo.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales  y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.

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