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Foto de Nataliya Vaitkevich en Pexels

Foro Económico Mundial de Davos, el Termómetro del Mundo

En un contexto internacional marcado por la fragmentación geopolítica, la erosión del multilateralismo y la creciente desconfianza entre bloques, el Foro Económico Mundial de Davos vuelve a situarse en el centro del debate global. Sin embargo, lejos de consolidarse como un espacio de consenso, la edición del presente año confirmó una tendencia reciente: Davos funciona cada vez menos como un foro de convergencia y más como un escenario donde se hacen visibles las fracturas estructurales del sistema internacional, desde la gobernanza económica hasta la seguridad global y la transición energética.

Para analizar el alcance de estas conclusiones y su impacto en América Latina y en el orden jurídico internacional, conversamos con Óscar Maúrtua de Romaña, presidente de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional, exministro de Relaciones Exteriores del Perú y una de las voces más autorizadas de la región en materia de diplomacia y derecho internacional. En esta entrevista, Maúrtua ofrece una lectura crítica de Davos, reflexiona sobre el debilitamiento de los espacios multilaterales tradicionales y aporta claves para comprender los desafíos que enfrenta la comunidad internacional en un escenario cada vez más polarizado.

Foro Económico Mundial de Davos 2026

¿Qué balance deja la más reciente reunión de Davos y qué revela sobre el estado actual del orden internacional?

El Foro Económico Mundial de Davos, fundado en 1971 por Klaus Schwab como un espacio de diálogo entre líderes empresariales y decisores públicos europeos, ha evolucionado hasta convertirse en uno de los principales foros internacionales. Sin embargo, la edición del presente año confirmó una tendencia reciente y es que Davos funciona cada vez menos como un foro de convergencia y más como un espacio de visibilización de fracturas estructurales del sistema internacional.

Uno de los elementos más palpables fue la marcada distancia política entre los principales líderes europeos y Donald Trump. Mientras la Unión Europea reiteró su compromiso con la neutralidad climática para 2050, la regulación de la inteligencia artificial y la defensa del multilateralismo económico, los mensajes provenientes de Estados Unidos giraron en torno a la reindustrialización nacional, el repliegue regulatorio y una lectura abiertamente transaccional de las relaciones internacionales. Esta divergencia se reflejó en paneles sobre comercio, energía y seguridad económica, donde las agendas resultaron difícilmente conciliables.

Desde el punto de vista temático, Davos 2026 estuvo dominado por tres preocupaciones centrales: la fragmentación de las cadenas globales de valor, la securitización de la tecnología, en particular de los semiconductores y la inteligencia artificial, y la sostenibilidad de la deuda en economías emergentes. No obstante, lejos de producir consensos operativos, las discusiones se centraron en exponer los resquebrajamientos del sistema internacional y colocó de relieve las lógicas de competencia estratégica más que de cooperación.

El balance general es claro, Davos sigue siendo relevante como termómetro político, pero ha perdido capacidad como espacio de dirección del sistema. Su principal aporte hoy es la constatación de que el orden liberal internacional atraviesa una fase de desacoplamiento político y normativo, incluso entre actores que históricamente compartieron valores y marcos institucionales.

Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026

¿En qué medida este foro expresa un intento serio de América Latina por articular una agenda propia en un sistema internacional polarizado?

El Foro Económico Internacional de América Latina y el Caribe 2026, organizado por la CAF, debe leerse en el contexto de una región que, pese a representar cerca del 7% del PIB mundial y concentrar recursos estratégicos clave como el litio, cobre, biodiversidad y capacidad agroalimentaria; continúa ocupando una posición periférica en la toma de decisiones globales. El foro buscó precisamente interpelar esta contradicción.

Uno de los aspectos más relevantes fue el énfasis en infraestructura regional, financiamiento verde y reconfiguración productiva, áreas en las que el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, o Corporación Andina de Fomento (CAF), ha incrementado sostenidamente su cartera crediticia durante la última década. A diferencia de otros espacios, el discurso dominante no giró en torno a la alineación con Estados Unidos o China, sino a la diversificación estratégica, particularmente en materia de financiamiento y comercio.

Asimismo, el foro evidenció un esfuerzo por reactivar la idea de concertación latinoamericana, aunque bajo esquemas pragmáticos y no ideológicos. Se conversó sustancialmente menos de una integración clásica y más de una coordinación flexible, alentando las cadenas regionales de valor y concretando convergencias regulatorias, lo que refleja una lectura realista de las limitaciones políticas actuales.

No obstante, desde una perspectiva crítica, el foro también puso en evidencia las restricciones estructurales de la región, es decir, la baja capacidad de implementación de políticas en conjunto, la fragmentación y la ausencia de mecanismos vinculantes. En ese sentido, más que un punto de llegada, el Foro Económico Internacional ALC 2026 representa un intento de reposicionamiento discursivo, relevante pero aún insuficiente para alterar, a nuestro favor, la participación de América Latina en la economía global.

Davos sigue siendo relevante como termómetro político, pero ha perdido capacidad como espacio de dirección del sistema

Tensiones entre Estados Unidos e Irán

¿Estamos frente a un riesgo real de conflicto o ante una dinámica controlada de disuasión?

La tensión recurrente entre Estados Unidos e Irán ha sido una constante del sistema de seguridad en Medio Oriente desde, al menos, la retirada estadounidense del Plan de Acción Integral Conjunto, JCPOA por sus siglas en inglés, en 2018. En 2026, esta tensión volvió a ocupar titulares internacionales, aunque un análisis estratégico sugiere que el escenario continúa siendo altamente contenido.

Los factores que alimentan la percepción de riesgo, ya sean los movimientos navales en el Golfo Pérsico, ataques de actores proxy y declaraciones cruzadas, no han alterado los equilibrios fundamentales. Ni Washington ni Teherán han modificado de manera sustancial su postura militar, y ambos continúan evitando acciones que crucen el umbral de una escalada directa.

Desde el punto de vista empírico, resulta significativo que, pese al endurecimiento del discurso, principalmente durante las masivas protestas en contra del régimen de los Ayatolá, no se hayan suspendido canales indirectos de comunicación ni mecanismos de contención regional. Esto sugiere que la tensión cumple una función política ya que refuerza las posiciones internas,  evidencia disciplina con aliados y mantiene la capacidad de negociación futura.

En consecuencia, más que un conflicto inminente, la relación Washington-Teherán debe entenderse como un caso clásico de disuasión imperfecta, donde el ruido cumple un rol central, pero sin que ello implique una ruptura del status quo.

Procesos electorales en América Latina y el caso peruano

¿Cómo explicar la brecha entre la estabilidad electoral formal y el malestar ciudadano?

América Latina atraviesa un ciclo electoral caracterizado por la regularidad procedimental y, al mismo tiempo, por una profunda erosión de la confianza pública. Según datos recurrentes de encuestas regionales como Latinobarómetro, el apoyo a la democracia como sistema convive con niveles históricamente bajos de confianza en partidos, congresos y gobiernos.

El caso peruano es paradigmático. Si bien el país ha mantenido elecciones competitivas, organismos electorales funcionales y reconocimiento de resultados, la percepción ciudadana refleja desconfianza, escepticismo y una sensación de desconexión entre la representación política y las demandas sociales. La democracia funciona en su dimensión formal, pero muestra serias deficiencias en su dimensión sustantiva.

Este fenómeno responde a factores estructurales como la fragmentación del sistema partidario, alta rotación de élites políticas, crisis de gobernabilidad y escándalos de corrupción que han debilitado aún más la legitimidad institucional.

Así, el desafío central es reconstruir la capacidad de la democracia para producir un verdadero orden constitucional, políticas públicas efectivas y serios compromisos legales, una tarea aún pendiente en buena parte de la región.

La denominada “Junta de la Paz de Trump”

¿Qué revela esta iniciativa sobre las nuevas formas de cooperación internacional promovidas por Estados Unidos?

La llamada “Junta de la Paz de Trump” no responde a los criterios clásicos de una organización internacional, sino a una lógica de coalición política selectiva. Su composición, mayoritariamente Estados alineados con Washington, y su estructura flexible la sitúan más cerca de un mecanismo de coordinación que de una institución multilateral.

Desde una perspectiva empírica, resulta revelador que la iniciativa carezca de secretaría permanente, mecanismos jurídicos vinculantes o representación universal. Su legitimidad se construye más sobre afinidades políticas que sobre normas compartidas.

Ello refleja un giro más amplio de la política exterior estadounidense hacia esquemas ad hoc, funcionales y de corto plazo, en detrimento de otras instituciones universales como las Naciones Unidas.

En suma, la iniciativa no redefine por sí misma el sistema internacional, pero sí confirma que en el escenario actual, la vigencia del poder (entendido en clave de realpolitik) comienza a imponerse sobre el orden internacional basado en reglas, sin que ello implique, por ahora, la desaparición formal de dicho orden. Más que un punto de inicio, la “Junta de la Paz” constituye una señal de la incertidumbre que atraviesa el mundo ante las indiscriminadas vulneraciones a los arreglos colectivos.

El Perú en el concierto internacional

A manera de corolario, ¿cómo se guía la política exterior peruana ante los cuestionamientos al orden internacional y la crisis del multilateralismo actual?

En el caso concreto del Perú, su conducta externa se sigue caracterizando por un pragmatismo cuidadosamente calibrado, que ha privilegiado la aplicación de la conocida política de “neutralidad activa”, deliberadamente ajena a alineamientos ideológicos o políticos. Esta orientación le ha permitido al país preservar márgenes de maniobra en un sistema internacional crecientemente polarizado, al tiempo que concentra sus esfuerzos en objetivos tangibles de política exterior, particularmente la expansión de sus exportaciones y la atracción de inversiones extranjeras.

Desde una perspectiva económica, esta aproximación ha coincidido con un desempeño macroeconómico relativamente sólido. Tras registrar un crecimiento aproximado del 3,3%, la economía peruana proyecta mantener, al menos, niveles similares durante el año 2026. Si bien este dinamismo contribuye a un incipiente florecimiento regional y refuerza la imagen del Perú como un actor confiable y predecible, resulta igualmente evidente que dicho crecimiento, por sí solo, no ha logrado cerrar las persistentes brechas sociales y económicas que continúan estructurando la realidad nacional.

No obstante, el 2026 se perfila como un período particularmente significativo para la proyección internacional del Perú, al concentrar dos hitos de notable densidad simbólica y estratégica. Por un lado, la designación del Perú como “Aliado Principal No Miembro de la OTAN”, iniciativa impulsada por la administración Trump y respaldada por sectores influyentes del Senado norteamericano. Este estatus, cuya formalización se ha materializado el pasado 2 de febrero y se ve respaldado con la próxima visita oficial del Secretario de Estado Marco Rubio a Lima, implica un reconocimiento explícito del Perú como socio estratégico en materia de seguridad y armamento, sin que ello suponga una subordinación automática ni un alineamiento militar pleno.

Por otro lado, la prevista Visita de Estado del Papa León XIV, reviste una importancia que trasciende lo estrictamente diplomático. Para una nación de profunda raigambre católica como el Perú, este acontecimiento refuerza su adhesión a valores ontológicos fundamentales como la fe, la esperanza, la solidaridad y la centralidad de los derechos humanos. En el plano internacional, dicha visita proyecta al Perú como un espacio de convergencia moral y simbólica en un contexto marcado por la fragmentación.

En conjunto, estos elementos permiten afirmar que el Perú se posiciona en el concierto internacional actual como un actor de perfil moderado pero estratégicamente consciente, que combina el pragmatismo económico, cautela política y el capital simbólico. Sin aspirar a protagonismos desmedidos, el país busca afirmar su presencia a través de una diplomacia funcional, adaptativa y anclada tanto en intereses nacionales como en referentes normativos.

Óscar Maúrtua de Romaña es presidente de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional (SPDI) desde el año 2017, siendo reelegido en el 2024 para un siguiente período quinquenal. Ha sido Excanciller de la República del Perú en dos ocasiones (2005-2006; 2021-2022), Viceministro de Relaciones Exteriores y Jefe del Servicio Diplomático del Perú. Ha ejercido la representación diplomática en diversos países de América, Asia y Europa, siendo su cargo más reciente el haber sido Embajador del Perú en España entre el 2022 y 2023. Ha presidido la Red Mundial de Sociedades de Derecho Internacional (2023). Recientemente, fue incorporado como Miembro Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia de España

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