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Foto de Jr Korpa na Unsplash

Un poeta puede triunfar sobre el capitalismo

Las cosas más importantes de la vida no tienen valor utilitario. Las emotivas reacciones que detonan las artes en nuestro ser, el efecto hipnótico que nos provoca un atardecer, los mundos imaginarios a los que viajamos en los libros, la invaluable compañía de una gran amistad y hasta el extraordinario goce del amor, nada de ello tiene utilidad material. Y, sin embargo, son lo que más sentido le dan a la vida. Sin este tipo de “cosas” inútiles la vida sería triste y vacía.

Por otro lado, un mundo preocupado constantemente por el dinero, que valora el trabajo repetitivo y masivamente industrial, con el objetivo de producir más para una población fácilmente influenciable que no sabe hacer otra cosa que consumir más, representa un escenario gris y deshumanizante.

Y, sin embargo, a veces pareciera que el mundo le da más importancia a la acumulación inmediata de cosas que caen rápidamente en el olvido y que, en lugar de proveer felicidad, traen consigo la insatisfacción y el vacío.

Desde luego que no vivimos en un mundo en blanco y negro, aunque tampoco en uno muy equilibrado que digamos.

Hace poco regresé a una novela corta y muy introspectiva del escritor portugués Afonso Cruz que se titula “Vamos a comprar un poeta”. En ella describe a una familia de cuatro miembros, muy ordenada, cuya razón máxima de la existencia está enfocada en el lucro económico y en donde se contabiliza y valora todo por su utilidad material. En otras palabras, todo debe ser útil y debe servir para algo.

Pero no solo ellos, todos los habitantes de este lugar ficticio comparten el mismo funcionamiento utilitario, frío y mecánico, además de padecer una ausencia de emociones. En lugar de saludarse con un “hola, ¿cómo estás?”, se cumplimentan con un “crecimiento y prosperidad” como expresión de cordialidad, y utilizan la frase “por Mammón (dios de la avaricia y la riqueza)” coloquialmente en diferentes situaciones.

Todas sus actividades están llenas de números para medir y optimizar con exactitud los consumos y las actividades que realizan, siempre pensando en el rendimiento y la prosperidad económica, y en cómo sus acciones contribuyen a la economía circular.

Por si fuera poco, la vida en este lugar es tan técnica que todos los personajes tienen una mezcla de números y letras en sus nombres. Por ejemplo, nadie se llama “Carlos” o “Amelia”, sino que tienen nombres como “X89234” o “NM792”, que serían más adecuados para un robot.

Y, para añadirle obscenidad a esta vida material, todos los objetos que usan tienen la marca de su respectivo patrocinador. Desde la ropa, los utensilios de cocina, las escaleras y los muebles, entre otros, cada pieza cuenta con un patrocinador aprovechando algún espacio de su superficie para su promoción comercial.

Esta historia, cuyos personajes carecen de calidez humana, al menos inicialmente, comienza a cambiar cuando la niña de la familia, y personaje principal de la historia, le pide a su padre que le compre un poeta.

El padre, quien es un líder empresarial muy pragmático, sorprendentemente acepta ir a la tienda con su hija para adquirir al poeta. Ya en la tienda, al seleccionar al poeta, el padre nota con extrañeza que en sus ropas no tiene patrocinador y le pregunta al vendedor si el poeta es subversivo. El vendedor, por su parte, le confirma que sí, “siempre es necesario que (los poetas) sean un poco subversivos o su calidad poética baja demasiado”.

Y a partir de aquí nos adentramos en un argumento filosófico. ¿Qué utilidad tiene un poeta? ¿Para qué sirve el arte? Y, ¿cómo puede un poeta cambiar la dinámica de una familia capitalista que todo contabiliza y que a todo le asigna un valor utilitario?

Antes de continuar con este fascinante debate del poeta, y como estoy hablando de lo utilitario, entendamos un poco sobre este concepto. El filósofo inglés Jeremy Bantham, conocido como el padre del utilitarismo moderno, argumentaba que las mejores acciones que debemos realizar son aquellas que proporcionan la mayor felicidad para el mayor número de personas.

Aunque su principio de “máxima felicidad” puede sonar encomiable, sus ideas utilitarias son meramente cuantitativas, no consideran los derechos inherentes de las personas (es decir, ignoran el valor humano), y pueden hacer uso de ellos como meros instrumentos para alcanzar un fin. Otra importante pieza que Bantham ni siquiera menciona en su filosofía utilitaria es la libertad. Pequeño detalle.

Por su parte, el filósofo John Stuart Mill, quien fue sucesor de Bantham, reformuló la idea del utilitarismo hacia una versión más liberal y humana, en donde propone el utilitarismo cualitativo. Es decir, contrario a Bantham, para Mill los placeres espirituales (cualitativos) son superiores a los placeres materiales (cuantitativos). Y contempla, eso sí, la libertad, y cómo específicamente la libertad intelectual aunada a la felicidad individualidad de las personas pueden mejorar a la sociedad.

Pero el problema de la visión utilitaria, en relación con la historia del poeta, está en la insistencia de ponerle a todas las cosas un valor que es ultimadamente tangible. Por lo tanto, cuando el padre pregunta retóricamente “¿para qué sirve un poeta?” está asumiendo que tiene una utilidad y lo único que falta es determinar su valor. Pero esta, estimados lectores, es una postura equivocada.

Si queremos vivir con mayor presencia, vale la pena aprovechar el tiempo que disponemos en aquellas “cosas” inútiles que le dan sabor a la vida

Los poetas, a través de un lenguaje lírico, con frecuencia metafórico, sensibilizan y moldean la realidad del mundo para expresar las diferentes formas de la condición humana en torno a la belleza de la vida, el amor y la muerte. Pero también, la poesía puede ser usada como acto de rebeldía para denunciar las injusticias sociales y movilizar a la población ante los abusos de los gobiernos opresivos.

Cuando un poema nos despierta, nos hace pensar y nos hace mudar de realidad hacia una que embellece nuestra manera de ver la vida, es imposible calcular su valor material. Sin embargo, aunque la poesía no tiene tal valor utilitario, es evidentemente trascendental.

Similar al efecto que causó Don Quijote en aquel lugar de La Mancha, la influencia del poeta se manifiesta desde las primeras interacciones que comparte con la familia al comunicarse con ellos con una elocuencia y perspicacia que jamás habían escuchado, y que va cambiando subsecuentemente su entendimiento del mundo. Sus metáforas y declamaciones tienen un poder de transformación formidable y ya no habrá vuelta atrás.

Por ejemplo, en un momento de la historia la madre y la hija descubren una frase que escribió el poeta y que las sacude irreversiblemente, “¿Cómo es que el mar, tan grande, cabe en una ventana tan pequeña?” Cuando observamos las cosas con mayor profundidad, embellecemos la realidad. Una ventana es una ventana, sí, pero también puede ser el campo donde los pájaros juegan con el viento, el atrio donde se expande el universo o, como dice el poeta, ese receptáculo que acoge al vasto mar.

Siete rosas más tarde, el poeta le demuestra a la familia que la poesía se encuentra dentro de cualquier cosa, hasta en las más sencillas, solo hay que darle el tiempo y mantener nuestra imaginación encendida.

Y, es que, el poeta nos recuerda que los versos liberan a las cosas, “cuando comprendemos la poesía de una piedra, liberamos a la piedra de su piedridad. Salvamos todo con la belleza…” El poeta sabe además que, en la pirámide de las necesidades, lo más importante ni siquiera aparece en ella. Y eso es, la libertad.

Esta novela de Afonso Cruz fluye entre desafíos económicos y descubrimientos introspectivos que va experimentando la familia, pero aquí no voy a revelar ningún espóiler (invitados todos a deleitarse en su lectura). Lo que sí es importante destacar, a nivel general, es ese efecto mágico y trascendente que ocasionan la literatura, la poesía y otras artes, de hacernos más humanos al ver las cosas por su belleza y no por su valor monetario.

Nadie nos tiene que recordar que la vida es un momento fugaz. Si queremos vivir con mayor presencia, vale la pena aprovechar el tiempo que disponemos en aquellas “cosas” inútiles que le dan sabor a la vida y que nos motivan a reconocer y apreciar la belleza que, como nos recuerda el poeta, se encuentra hasta en las cosas más sencillas.

Ricardo Villarreal es director de cine documental dirigió y produjo el largometraje “The Domínguez, a Family Who Shaped the History of California” para el canal de televisión KCET en Los Ángeles, California y dirigió y produjo “Ride with Larry”, un documental inspirador para concientizar sobre el Parkinson y el uso de la marihuana medicinal, que ganó varios premios en festivales internacionales de cine. Trabajó en proyectos de promoción comercial entre México y California en la oficina de ProMéxico en el Consulado General de México en Los Ángeles y como empresario independiente. Fue presidente de la Asociación EXATEC California y ha sido voluntario en organizaciones altruistas que promueven las ciencias y las artes (principalmente música y literatura). Es parte del comité de selección y jurado del festival Cinema Culturas en Riverside, California para promover el arte cinematográfico en los jóvenes inmigrantes. Fue vicepresidente del capítulo de Portugal de la Red Global MX.

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