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Imagen de Jeremy Zhu en Pixabay

Entre guerras y crisis, China avanza hacia el siglo XXI

Mientras gran parte de la atención internacional se concentra en la guerra en Irán y sus posibles repercusiones en los mercados energéticos y la seguridad regional, China continúa avanzando en una agenda estratégica de largo plazo con implicaciones profundas para el equilibrio global de poder. Para Beijing, el verdadero eje de la competencia con Estados Unidos no se encuentra únicamente en el ámbito militar o diplomático, sino en el desarrollo de las tecnologías que definirán la economía y la seguridad del siglo XXI.

Ese mensaje quedó claramente reflejado en el plan quinquenal aprobado el 12 de marzo de 2026 por el National People’s Congress, al cierre de su reunión anual, el evento político más importante del país. El documento reafirma la decisión del liderazgo chino de acelerar la transformación estructural de su economía y posicionarse a la vanguardia de sectores estratégicos como la inteligencia artificial, la robótica y otras tecnologías avanzadas.

La aprobación del plan llega en un contexto internacional marcado por una creciente fragmentación del orden global. Las tensiones comerciales, el uso de aranceles y la recurrencia de conflictos regionales han puesto presión sobre el sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Sin mencionar directamente al presidente estadounidense Donald Trump, los discursos oficiales chinos subrayaron la necesidad de preservar ese sistema, aunque reformandolo para reflejar mejor los intereses de las economías emergentes y del llamado Sur Global. En ese contexto, la rivalidad estratégica entre Washington y Beijing adquiere un carácter cada vez más estructural. Mientras Estados Unidos busca contener el avance tecnológico chino mediante restricciones comerciales y controles a la exportación de semiconductores, China apuesta por reforzar su autonomía tecnológica y acelerar el desarrollo de industrias clave. El plan quinquenal confirma que esta estrategia seguirá siendo una prioridad central para el liderazgo encabezado por Xi Jinping.

Desde una perspectiva económica, el gobierno chino parece dispuesto a aceptar tasas de crecimiento más moderadas si eso le permite avanzar en objetivos estructurales de largo plazo. Durante la apertura del Congreso, el primer ministro Li Qiang anunció una meta de crecimiento de entre 4.5% y 5% para 2026, una cifra que otorga mayor margen para priorizar la innovación tecnológica y la reconfiguración industrial. Sin embargo, el desafío interno más relevante para China sigue siendo el reequilibrio de su modelo económico. Durante décadas, el crecimiento estuvo impulsado principalmente por las exportaciones y la inversión en infraestructura. Hoy, numerosos economistas consideran que Beijing deberá fortalecer el consumo interno para sostener su expansión económica en el largo plazo. Las medidas en ese sentido, no obstante, parecen avanzar con cautela, principalmente a través de la expansión gradual de programas de seguridad social y servicios de salud.

China continúa enfocada en una estrategia de largo plazo orientada a consolidar su posición como potencia tecnológica y económica

El plan también refleja las tensiones entre crecimiento económico y transición energética. En lugar de comprometerse a reducir sus emisiones totales de carbono, China ha optado por disminuir la “intensidad de emisiones”, es decir, la cantidad de contaminantes generados en relación con el tamaño de la economía. Este enfoque permite que las emisiones absolutas continúen aumentando si el crecimiento económico se mantiene, aunque la rápida expansión de energías renovables, particularmente la solar, podría moderar esa tendencia.

En paralelo, el Congreso aprobó una serie de leyes internas que refuerzan la visión política del Partido Comunista. Entre ellas destaca una nueva legislación sobre minorías étnicas que promueve la creación de una conciencia común de la nación china. Mientras el gobierno la presenta como una herramienta para fortalecer la cohesión social y el desarrollo compartido, críticos consideran que refleja una estrategia más amplia de asimilación cultural impulsada durante el liderazgo de Xi.Finalmente, el Congreso también se convirtió en escenario de un debate social cada vez más visible dentro de China: las condiciones laborales y la presión del modelo de trabajo intensivo. Propuestas como el establecimiento de un “derecho al descanso”, que permitiría a los trabajadores a no responder mensajes de trabajo fuera del horario laboral, o la ampliación del mínimo legal de vacaciones de cinco a diez días, generaron amplio debate en redes sociales.

Más allá de estos debates domésticos, el mensaje central que emerge del plan quinquenal es claro. Mientras el mundo se ve absorbido por crisis inmediatas, China continúa enfocada en una estrategia de largo plazo orientada a consolidar su posición como potencia tecnológica y económica. En un escenario internacional cada vez más competitivo, la carrera por dominar las tecnologías del futuro podría resultar tan decisiva para el equilibrio global como cualquier conflicto militar contemporáneo.

Alide Flores Urich Sass

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