Siete libros, una mesa bien servida y una pregunta que vuelve siempre: si escribir bien consiste en seguir consejos o, más bien, en saber estar atento cuando la literatura decide aparecer.
¿Me darías un truco, un secreto, un buen consejo para escribir bien? ¿Quién, en nuestro oficio, no se ha escuchado alguna vez esta pregunta?
—¿Uno?, ¿uno solo? ¡Si tienes con qué apuntar, te doy cientos!
Más o menos eso es lo que respondí esta mañana a una amiga y, antes de que pudiese reaccionar, salté del sofá hacia mi biblioteca en busca de mi última adquisición: Comment écrire, de Pierre Assouline. Un compendio de consejos, técnicas y secretos de los mejores escritores franceses y extranjeros (Éditions Albin Michel, 2024).
—Sí, claro… —murmura ella, mientras ojea las más de trescientas páginas del libro—. Pero es un poco largo de leer, ¿no?
—No he conocido a ningún buen escritor que no sea, al mismo tiempo, un buen lector —respondo—. Más o menos eso es lo que decía Rilke.
—¿No te estarás poniendo un poco pedante? —me replica—. Ve a lo concreto: ¿en quién me inspiro que sea fácil para empezar?
Es entonces cuando le abro el libro de Assouline por la primera página y le muestro una fotografía de Oscar Wilde joven. Debajo aparece una cita suya que bien podría resumir todo el contenido del volumen: «Sed vosotros mismos; el papel de los otros está ya cogido».
¿Me estoy pasando de snob? Me giro hacia la ninfa tumbada en el sofá. Una mueca en su rostro así lo indica. Para suavizar la tensión, la invito entonces a acudir al taller literario que Sara Montero Aneeren dirige esta misma tarde en Comestibles Barea, en la calle Embajadores 38, en Lavapiés.
Estamos en Madrid y mi intento por hacerme querer no ha funcionado.
Me toca ir solo.
Está visto que lo mío no es la pedagogía, pero ¡qué se le va a hacer!
Mientras cojo la línea verde del metro, recuerdo la famosa escena de El Padrino: Johnny Fontane suplica a Don Vito Corleone que le ayude a conseguir el papel que relanzará su carrera. Don Vito le reprende, le pide que se comporte como un hombre y, tras consolarlo, le promete que hablará con el productor de la película. Hollywood le dará todo lo que pida. Cuando Fontane insiste en que es demasiado tarde, que el rodaje comienza en una semana, El Padrino responde, refiriéndose al productor:
—Le haré una oferta que no podrá rechazar.
¿Icónica, verdad? ¿Una genialidad de Mario Puzo? Para nada: la escena está copiada de Le Père Goriot, de Balzac.
Escribir bien, a veces, también consiste en saber robar con estilo.
Comestibles Barea consta de una tasca y de una tienda de delicatessen. Está decorado con un aire provenzal: muebles rústicos decapados, el género vistoso colocado de forma inteligente y cromática, y unos frescos que representan bodegones de colores muy vivos. Todo ello contribuye a que uno se sienta, por un momento, en Antibes.
Al fondo del establecimiento han preparado una mesa de roble; el barniz brillante hace de mantel y, sobre él, una degustación de aperitivos. Nos invitan a sentarnos.
Allí me encuentro con muchos amigos: Chufa, Jesús, Olga…
Sara es ya una escritora conocida en Madrid. Publicó con la mítica Huerga y Fierro Tres vagones, una novela de introspección y conflictos familiares que transcurre durante un viaje en tren y que rápidamente se hizo notar en el ambiente madrileño por su alta calidad. En la actualidad tiene en imprenta, con la misma editorial, un poemario y su segunda novela.
Pero no ha venido a hablar de su propio trabajo. Ha preparado un pequeño libreto con extractos de diferentes novelas. La idea es sencilla y sugerente: leer un breve texto que introduzca un plato y un vino concretos y, mientras degustamos la propuesta culinaria, dejar que la conversación fluya.
Los vermús de distintas clases, chacinas, quesos, vinos, aceites, charcutería, patés y conservas de todo tipo comienzan a circular vertiginosamente. Escucho, como en un murmullo de fondo, las reflexiones de Sara y los comentarios de los participantes en el taller, mientras me impregno del intenso sabor a mar de las ostras y de su deje metálico, que el vino blanco va limpiando con la dulzura de una ola.
A la quinta propuesta me repantingo, me aflojo el cinturón y renuncio a continuar con la siguiente mitad del menú. Mañana, al recordarlo, lo lamentaré, pero uno ya no tiene veinte años.
Hasta entonces no he pedido la palabra. Ahora están hablando de Hemingway y de su novela París era una fiesta.
Cuando Hemingway entra en París con el ejército americano en 1944, se dirige en primer lugar a Shakespeare & Company, donde, en el fragor de la huida de la Wehrmacht, logra sacar de un señor apuro a su dueña, Sylvia Beach, amiga suya del periodo de entreguerras, que no había querido abandonar París durante toda la ocupación.
Y aquí hago un paréntesis: sí, hablo de la librera que publicó por primera vez Ulises, de James Joyce, y cuya obra solo podía adquirirse en su librería. Añado, además, que la actual Shakespeare & Company situada frente a Notre-Dame, hoy abarrotada de turistas, es poco más que un pastiche que imita a la original. Así que no se saquen fotos allí: de la auténtica solo queda una placa conmemorativa en el número 12 de la rue de l’Odéon.
Pero prosigamos. Salvada la dama, Hemingway se va a celebrarlo al Ritz, a recordar los años de su juventud. ¿Y qué se encuentra allí? Pues que le habían guardado un baúl desde hacía casi diez años, que él mismo había dejado con la promesa de pasar pronto a recogerlo.
¿Y qué contenía aquel baúl, ropa inservible aparte? Una infinidad de apuntes sobre su vida en el París de los años veinte.
En suma, en un momento en que el propio Hemingway, alcoholizado como estaba, imaginaba que ya no podría volver a escribir ni un pequeño relato, tenía delante de sí —medio escrita por él mismo— toda una novela.
Un regalo del cielo, vamos.
Para cuando piso de nuevo el asfalto, las farolas se han convertido en supernovas y por el metro me guío más por instinto gatuno que por otra cosa. Estoy bien aleccionado por mi gato, que es el único que me espera al abrir la puerta de casa. El ritual, bajo pena de perennes maullidos, me lo conozco de sobra: cambiarle el agua y ponerle de comer. «Guccito» también es todo un gourmet.
Encima de la cama me han dejado un paquete; debió recogerlo de un mensajero mi ninfa antes de irse. Rasgo torpemente el envoltorio: ya imagino que se trata de un libro, pero me pica la curiosidad saber cuál es.
Se trata de Fugitivos, de Danny Orbach, una novela-ensayo sobre cómo los jerarcas nazis se reubicaron al finalizar la guerra, integrándose en distintos servicios secretos o intermediando en ventas de armamento.
Viene muy recomendado, pero lo comenzaré mañana. Esta noche, todos mis esfuerzos se consagrarán a la gran empresa de encontrar mi pijama.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro (Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.




















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