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Imagen de Matteo Baronti en Pixabay

Guerra, Energía y un Mundo Vulnerable

Desde el inicio de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, al menos 23 instalaciones de petróleo y gas natural en nueve países de Medio Oriente han sido impactadas por operaciones militares provenientes de fuerzas iraníes, israelíes y estadounidenses. Este escenario ha encendido alertas entre analistas del sector energético, quienes advierten que la escalada del conflicto, junto con la posibilidad de nuevos ataques, podría desencadenar un periodo prolongado de inestabilidad en los mercados energéticos globales.

La ampliación de las hostilidades hacia infraestructura energética crítica, sumada al cierre del Estrecho de Ormuz, representa una amenaza directa al suministro mundial de petróleo y gas. Este corredor marítimo es responsable del tránsito de más del 20% del petróleo y gas natural licuado a nivel global, por lo que cualquier interrupción sostenida tiene implicaciones inmediatas en la cadena de suministro internacional.El impacto acumulativo del conflicto no solo retrasa la recuperación del suministro, sino que también modifica las expectativas del mercado en torno a los precios energéticos. Las proyecciones actuales apuntan a que los niveles previos al conflicto no se restablecerán en el corto plazo, con efectos que podrían extenderse incluso más allá de mediados de 2027.

La vulnerabilidad de la infraestructura, la interrupción de rutas críticas y la creciente militarización del suministro energético evidencian un cambio estructural en la forma en que se disputa el poder en Medio Oriente

Desde las primeras fases del conflicto, instalaciones energéticas a lo largo de la región han sido blanco de ataques. Irán y sus aliados han dirigido ofensivas contra al menos 17 sitios en nueve países de Medio Oriente, mientras que instalaciones dentro del propio territorio iraní también han sido impactadas por operaciones israelíes y estadounidenses. Esta dinámica de ataques cruzados ha incrementado la vulnerabilidad estructural del sistema energético regional.El cierre virtual del Estrecho de Ormuz ha intensificado aún más la presión sobre los mercados. Ante las amenazas de Irán de atacar embarcaciones que intenten transitar por esta vía, varios buques petroleros y gaseros han sido ya objeto de ataques en el Golfo Pérsico, elevando el riesgo operativo y encareciendo los costos logísticos y de seguros para el transporte energético.

Entre los episodios más relevantes destacan los ataques al campo de gas South Pars en Irán y a la ciudad industrial Ras Laffan en Qatar, considerada la mayor instalación de procesamiento de gas natural licuado del mundo. South Pars constituye un pilar fundamental de la economía iraní, al abastecer aproximadamente el 70% del consumo de gas del país. Por su parte, los daños en Ras Laffan han reducido significativamente la capacidad exportadora de Qatar, con pérdidas económicas sustanciales y un horizonte de recuperación que podría extenderse por varios años.La relevancia de esta instalación trasciende el ámbito nacional, ya que no solo sostiene la industria exportadora de Qatar, sino que también procesa gas proveniente de otros países de la región. Su compleja infraestructura, caracterizada por extensas redes de procesamiento de gas altamente inflamable, la convierte en un objetivo particularmente vulnerable en un contexto de conflicto.

A este escenario se suma el impacto sobre refinerías y centros de almacenamiento en distintos países. Se han reportado daños en al menos 19 instalaciones de este tipo en nueve países. En Kuwait, dos de las principales refinerías han sido afectadas, comprometiendo más de la mitad de la capacidad de refinación del país. En Emiratos Árabes Unidos, incidentes derivados de la interceptación de drones han provocado incendios en el principal centro de almacenamiento de productos refinados de la región. Asimismo, refinerías en Arabia Saudita, Bahréin, Irak y Omán han sido objeto de ataques o incidentes relacionados.

En este contexto, la crisis energética deja de ser una consecuencia colateral del conflicto para convertirse en uno de sus principales frentes estratégicos. La vulnerabilidad de la infraestructura, la interrupción de rutas críticas y la creciente militarización del suministro energético evidencian un cambio estructural en la forma en que se disputa el poder en Medio Oriente. Más allá de los daños inmediatos, el verdadero riesgo radica en la normalización de ataques contra activos energéticos clave, lo que podría redefinir la seguridad energética global en los próximos años. De prolongarse este escenario, el impacto no se limitará a la volatilidad de precios, sino que podría acelerar transformaciones profundas en los mercados, desde la reconfiguración de rutas comerciales hasta una mayor fragmentación del sistema energético internacional. En un entorno donde la energía se consolida como instrumento de presión geopolítica, la estabilidad del suministro global deja de depender únicamente de factores económicos y pasa a estar determinada, cada vez más, por dinámicas de conflicto.

Alide Flores Urich Sass

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