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Fotografía de Eyup Beyham por cortesía de Pexels

Un modernísimo, dos modernos y un restaurante para fijar en la memoria

Cuando viajo a una ciudad querida me gusta alojarme siempre en los mismos hoteles y volver a los mismos restaurantes. No es que sean necesariamente los mejores —en absoluto, mi presupuesto me aleja de los lugares más exclusivos—, pero poseen una ventaja imbatible: están cargados de recuerdos, algunos de ellos muy queridos.

Gianrico Carofiglio, en su magnífico libro de relatos breves Passeggeri notturni, habla del poder de los olores para transportarnos al pasado y permitirnos comunicarnos, aunque sea por un instante, con quienes ya no están. A mí me basta con quedarme mirando un sillón vacío en el hall de entrada del Hotel Hossianum o una mesa preparada en la terraza del restaurante Der Pallaro, ambos en Roma, para dialogar con personas muy queridas que ya solo sobreviven en mi memoria. Por eso regreso siempre a los mismos lugares: para volver a saludar a los conserjes y a los camareros, escuchar cómo les va la vida, oír sus anécdotas y dejar que me pregunten por los míos.

Además, todo viaje tiene su pequeño rito. Yo no puedo aterrizar en Roma sin ir corriendo a la Feltrinelli de Largo di Torre Argentina en busca de novedades editoriales. Entre las que me llevé esta vez quisiera hablarles de la que probablemente sea la novela más importante de Alberto Moravia: Gli indifferenti, publicada en 1929 y conocida en español como Los indiferentes.

La novela plantea una trama situada en la Italia burguesa de entreguerras: una viuda elegante, todavía bella, y con dos hijos ya adultos, se afana por mantener a su lado a un amante adinerado cuyos préstamos sostienen la mansión familiar y el estatus social de la familia. Este último, huérfano de especiales escrúpulos morales, pretende hacer valer su riqueza para obtener acceso a la hija de la protagonista, una joven que acaba de cumplir veinticuatro años.

Hasta aquí, ningún dilema que, en una u otra forma, no se haya planteado ya innumerables veces en la historia de la literatura. Lo que hizo verdaderamente escandalosa la novela para su época no fue la intriga, sino la respuesta moral de los protagonistas ante el órdago lanzado por el crápula del amante: nadie se rebela, nadie intenta encontrar una solución que les permita sacudirse el yugo que se les impone. Todo consiste en contemporizar, negociar, adaptarse a las convenciones sociales para terminar claudicando, casi cortésmente, ante lo inevitable.

Es el retrato implacable de una clase social, promotora antaño de la unificación italiana  que ha perdido el impulso moral capaz de mover y transformar la sociedad. Una burguesía cansada, sin coraje ni espíritu, incapaz incluso de indignarse.

Y cambiados los papeles de la obra literaria, ¿ven ustedes alguna semejanza con lo que nos está sucediendo hoy en Europa?

De Roma pasé a Verona para asistir a los premios Catullo y saludar a todos los amigos: Muriel, Laura, Stefano, Giovanni…

La comida en la Osteria degli Angeli —Corso di Porta Nuova nº 28— quedó marcada desde entonces como otro de esos lugares a los que regresar, para recordar la agradable velada que compartimos allí. Especial no solo por la elegante locanda, decorada en ese estilo italo-francés tan característico del norte de Italia, ni por los paccheri al dentón, presentados de forma teatral sobre la propia piel inferior de la pieza, hasta terminar por amontonarse dentro de la cabeza del pescado. Sí, aquello estuvo bien. Pero la noticia que me tenían reservada fue mucho mejor.

¿Cuál? Ya se encargará de desvelarla próximamente mi editor.

En Venecia quise acercarme hasta el Caffè La Serra, en el sestiere de Castello, mi cálido refugio tradicional en la isla. Ya recomendé hace un año este cálido café invernadero, reincido en mi consejo. Para mi pesar,  no pudo ser. Era tarde y mis acompañantes, amodorrados por el balanceo del vaporetto, no quisieron bajarse. Me tuve que conformar con sacarle una fotografía desde el portátil, a lo lejos.

Volver, siempre volver, se ha convertido en el leitmotiv de mis últimos viajes.

En mi maleta viaja El último encuentro, un regalo de Luis, esa pequeña porcelana de Herend que es la novela de Sándor Márai. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, en un castillo de Hungría, dos antiguos amigos, oficiales del ejército austrohúngaro, se reencuentran en su vejez después de décadas sin verse. Al poco de comenzar su prometedora carrera militar, uno de ellos —el de origen más humilde— había abandonado su regimiento, a su mejor amigo y, sin explicar jamás los motivos, había partido hacia el sudeste asiático. Aparentemente nada había ocurrido que justificase una decisión tan radical. Ahora, décadas después, ante la misma chimenea, el mismo menú y los mismos vinos con los que cenaron la noche anterior a aquella inexplicable huida, tendrán que explicarse.

Stephen Hawking sostenía que la información no puede destruirse. El universo, por así decirlo, lo recuerda todo.

Para todos los demás, y a medida que el tiempo transcurre, nos vamos convirtiendo en bibliotecas de recuerdos que cada cual debe aprender a ordenar a su manera, pero de los que nunca es posible desprenderse del todo.

O eso, al menos, sostienen las leyes de la física.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales  y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro (Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.

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