La eliminación de Selección de fútbol de Italia de la clasificación para la Copa Mundial de la FIFA por tercera vez consecutiva representa uno de los episodios más significativos de crisis deportiva en la historia reciente del fútbol europeo. Para una nación que ha construido una parte de su identidad internacional sobre su legado futbolístico, esta serie de fracasos trasciende lo meramente deportivo y abre interrogantes sobre la gobernanza institucional, la identidad nacional y la proyección de poder blando de Italia en el escenario global.
Italia es históricamente una de las grandes potencias del fútbol mundial. Con cuatro títulos mundiales —1934, 1938, 1982 y 2006—, el país ha desempeñado un papel central en la historia de este deporte. La victoria en el Copa Mundial de la FIFA 2006 en Alemania consolidó la imagen del fútbol italiano como símbolo de resiliencia, disciplina táctica y excelencia competitiva. Sin embargo, en los últimos años ese prestigio se ha erosionado de forma considerable.
El punto de inflexión inicial llegó con la eliminación en la repesca para el Copa Mundial de la FIFA 2018, cuando Italia fue derrotada por la Selección de fútbol de Suecia. Fue la primera vez desde 1958 que el país quedaba fuera del torneo. Aquella derrota desencadenó una profunda reflexión en el sistema futbolístico italiano, desde la estructura de formación de jóvenes hasta la gestión de la federación.
Cuatro años más tarde, la situación se agravó. Italia, que había recuperado prestigio tras ganar la UEFA Euro 2020 frente a la Selección de fútbol de Inglaterra, sufrió una inesperada eliminación en el repechaje para la Copa Mundial de la FIFA 2022 a manos de la Selección de fútbol de Macedonia del Norte. El contraste entre el triunfo continental y el fracaso mundialista reveló una inconsistencia estructural que iba más allá de resultados puntuales.
Una tercera ausencia consecutiva, o sea lo que acaba de pasar hace menos de un mes con la derrota a manos de la Selección de fútbol de Bosnia y Herzegovina, representa así una ruptura histórica con la tradición futbolística italiana. Para un país donde el fútbol funciona como elemento de cohesión social y de identidad cultural, el impacto simbólico es considerable.
La tercera ausencia consecutiva de Italia en la Copa del Mundo representa mucho más que un fracaso deportivo. Se trata de un fenómeno con implicaciones culturales, económicas y diplomáticas
Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, el fútbol actúa como una herramienta clave de poder blando. Según el concepto desarrollado por Joseph Nye, el poder blando se refiere a la capacidad de un país para influir en otros a través de la cultura, los valores y la atracción simbólica. El éxito deportivo —especialmente en eventos globales como el Mundial— forma parte de ese capital simbólico.
La ausencia reiterada de Italia en el torneo reduce su visibilidad en uno de los escenarios mediáticos más grandes del planeta. La FIFA estima que el Mundial suele alcanzar audiencias de miles de millones de espectadores. En este contexto, la participación de una selección nacional no solo tiene valor deportivo, sino también diplomático y cultural. Países como Francia, España, Alemania, Brasil o Argentina utilizan el fútbol como una extensión de su presencia internacional y de su narrativa nacional.
Además, el fútbol desempeña un papel importante en la proyección de marca país. Italia ha utilizado históricamente el deporte junto con elementos como la moda, el diseño y la gastronomía para construir su imagen global. La ausencia en el torneo más importante del fútbol mundial limita la capacidad del país para reforzar esta narrativa cultural.
Otro aspecto relevante es la dimensión económica. Los grandes torneos generan oportunidades para patrocinadores, medios de comunicación y turismo deportivo. La falta de participación implica pérdidas indirectas para empresas italianas vinculadas al marketing deportivo y a la industria mediática. Sin olvidar que en un Mundial que se jugará también en EE.UU. la presencia de los italo-descendientes habría sido enorme.
La crisis también refleja desafíos estructurales en el sistema futbolístico italiano. La liga nacional, la Serie A, ha perdido parte de su competitividad internacional frente a otras ligas europeas como la Premier League o La Liga. Durante décadas, el campeonato italiano fue considerado uno de los más fuertes del mundo, atrayendo a algunas de las mayores estrellas del fútbol internacional. Sin embargo, no tanto por los problemas financieros (ya que estos están acechando cualquier liga de fútbol), sino el tener estadios obsoletos, el inmovilismo a nivel federativo y una menor inversión en academias juveniles han contribuido a su declive relativo.
La estructura de formación (la “cantera” española) también ha sido y es hoy más que nuca objeto de debate. Mientras países como Alemania reformaron profundamente su sistema de desarrollo juvenil tras fracasos internacionales a principios de los años 2000, Italia ha avanzado más lentamente en este proceso (o casi mejor decir que no ha avanzado nada). Como resultado, el flujo de nuevos talentos ha sido menos consistente en comparación con otras potencias europeas.
Finalmente, la crisis del fútbol italiano puede interpretarse como un reflejo de tensiones más amplias en la gobernanza deportiva global. El fútbol europeo atraviesa un período de transformación marcado por disputas institucionales, cambios en los modelos de negocio y nuevas dinámicas de poder entre federaciones, clubes y organismos internacionales.
En conclusión, la tercera ausencia consecutiva de Italia en la Copa del Mundo representa mucho más que un fracaso deportivo. Se trata de un fenómeno con implicaciones culturales, económicas y diplomáticas. Para recuperar su posición histórica, el fútbol italiano deberá abordar reformas profundas en su estructura institucional y en su modelo de desarrollo. Solo así podrá restaurar no solo su competitividad deportiva, sino también su papel como uno de los símbolos más influyentes de la identidad italiana en el escenario internacional.

Michele Rossi nacido en Ferrara (Italia), es licenciado en Ciencias Jurídicas (Universidad de Ferrara) y tiene un Máster en Relaciones Internacionales (Universidad Católica de Ávila). Profesionalmente cuenta con experiencia plurianual internacional (Italia, España, Chile entre otros) y en varios ámbitos (legal, comercial, financiero). Actualmente colabora con varias empresas, dedicándose principalmente a temas de desarrollo comercial relaciones institucionales e internacionalización.
Fundador y primer Presidente de AS.ER.ES.-Asociación de Emiliano-Romagnoli en España, desde 2020 ostenta también el rol institucional de Consultore para el órgano de la “Consulta degli Emiliano-romagnoli nel mondo”, siendo responsable de la supervisión de varios Países cuales España, Portugal, Rumania y Moldovia. En 2023 ha sido galardonado en Madrid con el “Premio all’Italianità en la categoría asociacionismo”.




















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