Raia Diplomática conversó con el Embajador Óscar Maúrtua de Romaña, Presidente de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional, sobre los desafíos de la diplomacia peruana en un contexto de competencia estratégica global y turbulencia política interna.
La entrevista aborda cinco ejes: las perspectivas del proceso electoral y la estabilidad de la política exterior; la controversia por la adquisición de los F-16; la sostenibilidad de la «neutralidad activa» frente a la confrontación sino-estadounidense; los efectos estructurales de esa rivalidad en América Latina; y los escenarios proyectados para Venezuela y Cuba a mediados de 2026, junto con la valoración de la designación del embajador Carlos Pareja Ríos como nuevo Canciller.
El Embajador Maúrtua de Romaña defiende una tesis central: la política exterior peruana no es un péndulo errático, sino un acervo de más de dos siglos cuyos principios: autodeterminación, intangibilidad de tratados y solución pacífica de controversias, deben preservarse más allá de los vaivenes del poder.
En el marco de un proceso electoral que ha estado signado por deficiencias organizativas y reiteradas fallas logísticas que, para determinados sectores, han contribuido a erosionar su credibilidad, y que, más allá de tales contingencias, pone de manifiesto una persistente inestabilidad institucional que ha profundizado la apatía política y agudizado la crisis de representatividad ¿qué cabría esperar de cara a la segunda vuelta electoral y, en ese contexto, considera usted que la política exterior peruana, en tanto expresión del interés nacional, podría experimentar variaciones sustantivas en función del candidato que resulte elegido?
Agradezco la profundidad de su planteamiento, que refleja las inquietudes legítimas que embargan a propios y extraños sobre la trascendencia de nuestra democracia. En primer lugar, sobre qué esperar de la segunda vuelta, es menester despejar el espejismo de la parálisis. Con todas sus imperfecciones logísticas, que duelen a quien respeta la República tanto como el que más, los comicios han ofrecido un veredicto. No es ésta la primera vez que nuestra atormentada historia institucional nos pone a prueba, y de esas pruebas hemos aprendido que, como bien anotó usted en su reflexión base, las irregularidades procedimentales registradas, por notables que sean, no configuran un fraude electoral o la nulidad del proceso. La voluntad popular, ejercida en las ánforas, es un dato ontológico de la soberanía que no se califica, se respeta. Espero, pues, que en el balotaje se imponga la sensatez constructiva, que los candidatos eleven el debate hacia propuestas de gobernabilidad y que la ciudadanía acuda a las urnas con la convicción de que el sufragio es la vía contra la apatía política que usted describe.
En segundo lugar, y adentrándome en el nervio de la diplomacia, ¿podría variar sustantivamente nuestra política exterior? Aquí debo asentar una verdad doctrinaria e histórica. Nuestra política exterior no es un péndulo errático sujeto al humor de cada administración; desde el alumbramiento de la República, hace 205 años, sus lineamientos matrices como la autodeterminación, intangibilidad de los tratados y solución pacífica de controversias, han sido la piedra angular de la conducta estatal. Esa continuidad ha generado un acervo de respeto y confianza en la comunidad internacional, un capital intangible que ningún gobernante sensato dilapidaría.
Ahora bien, es innegable que el Jefe de Estado, como supremo conductor de las relaciones exteriores, imprime un toque especial, como con tino sugiere usted, un matiz que dimana de su sensibilidad ideológica o sus prioridades pragmáticas. Pero ese matiz, esa pincelada personalísima, debe operar siempre dentro de un lienzo ya trazado por el interés nacional permanente. Las variaciones serían, por tanto, adjetivas, de estilo o énfasis, más no sustantivas. Lo medular, que es la defensa de nuestra soberanía y el escrupuloso respeto al derecho internacional, no está en juego.
En suma, más allá de la legítima turbulencia electoral, el Perú no se reinventa cada lustro ante el mundo; se reafirma. Y en esa reafirmación, la Cancillería, como guardiana del profesionalismo, garantizará que el cariz que imprima el próximo presidente o presidenta se funda armoniosamente con el prestigio bicentenario que tanto esfuerzo nos ha costado forjar.
LOS AVIONES F-16
A raíz de la controversia política, técnica y diplomática suscitada en torno a la adquisición de los F-16 Fighting Falcon a los Estados Unidos, la cual incluso derivó en la renuncia del entonces canciller Hugo de Zela ¿qué valoración le merece tanto la decisión de adquisición en sí misma como el manejo que de esta situación realizó la Cancillería y, en esa línea, considera que, aun habiéndose concretado la compra, este episodio podría haber generado o aún generar costos o fricciones diplomáticas para el Perú?
Sobre la cuestionada adquisición de los F-16, debo ser categórico ya que no estamos ante una ocurrencia ni una decisión apresurada. Se trata de la materialización de una política de Estado pacientemente diseñada hace más de una década, una estrategia que contempló meticulosamente las previsiones presupuestales necesarias para su ejecución. Esa planificación de largo aliento, ajena a los vaivenes del calendario electoral, es la que otorga solidez y legitimidad técnica a la compra.
Las desinteligencias que trascendieron, y que efectivamente son de dominio público, incluyendo las renuncias del canciller Hugo de Zela y del ministro de Defensa Carlos Díaz Dañino, deben leerse en su justo contexto. Hay sectores que recuerdan, y con razón, que se trataba de un gobierno en situación de transitoriedad, lo cual añadió una capa de complejidad política a un proceso que, insisto, estaba ya preestablecido y cronogramado. La Cancillería enfrentó el dilema de honrar nuestros compromisos internacionales, esa conducta que ha sido, por dos siglos, carta de presentación del Perú ante el mundo, mientras gestionaba el ruido interno.
La política exterior peruana no es un péndulo errático, sino un acervo de más de dos siglos cuyos principios: autodeterminación, intangibilidad de tratados y solución pacífica de controversias, deben preservarse más allá de los vaivenes del poder
Duele reconocer que las suspicacias y malentendidos, ese grado de desconfianza que desafortunadamente ha caracterizado nuestra última década, encontraran en este expediente un terreno fértil. Pero la diplomacia también es resiliencia. Y hoy podemos afirmar, con alivio y convicción, que ese desencuentro está plenamente remontado.
POLÍTICA EXTERIOR PERUANA EN LA POSTERIORIDAD INMEDIATA
El Perú se ha caracterizado por sostener una política de “neutralidad activa”, que le ha permitido definir sus intereses sin condicionalidades y, por tanto, maximizar su márgen de maniobra. Sin embargo, el creciente carácter confrontacional de Estados Unidos frente a la expansión de inversiones de China en la región parece estar elevando los costos políticos y estratégicos de dicha postura. En ese contexto, ¿bajo qué imperativos debería formularse la política exterior peruana? ¿considera usted que resulta sostenible apostar por la continuidad de este enfoque pragmático o, por el contrario, se vuelve necesario impulsar una redefinición más explícita del posicionamiento internacional del Perú?
Me complace sobremanera advertir que su pregunta alcanza el núcleo mismo de lo que, como servidores del Estado, estamos llamados a preservar y a reflexionar con rigor intelectual. Me permito, pues, desplegar algunas consideraciones.
Usted ha dado en la clave al evocar el concepto de «neutralidad activa». Es, en efecto, una descripción conceptual muy bien sustentada y una expresión cabal de lo que ha sido nuestro comportamiento internacional durante más de dos siglos. Esta es la voluntad expresa de definir nuestros intereses sin aceptar condicionalidades ajenas, maximizando así ese margen de maniobra que para una potencia media como el Perú resulta vital. Quisiera subrayar que esa doctrina está claramente definida, practicada y ejercida desde hace más de 205 años, y constituye un acervo de la República.
Ahora bien, en el escenario de creciente confrontación entre las dos grandes potencias que usted describe con precisión, los imperativos para formular nuestra política exterior se derivan de una lectura descarnada de la realidad. Hay datos incontrovertibles que anclan cualquier disquisición. China es, hoy, nuestro principal mercado de destino, solo en 2025 concentró el 36.2 % de las exportaciones peruanas. Los Estados Unidos, por su parte, es el segundo importador de nuestros bienes y nuestro segundo socio comercial. Las exportaciones de nuestra nación hacia ese mercado alcanzaron US$ 9,222 millones en 2024 alcanzando el 12.6 % del total. Ambas relaciones son densas, complejas e imprescindibles.
Ante la pugna de estos dos gigantes, el deber del Perú es claro y simple en su enunciación, aunque sofisticado en su ejecución ya que se debe tomar los beneficios de cada uno de ellos sin dejarnos arrastrar por la lógica del alineamiento automático. Y es aquí donde debo hacer una defensa de nuestro instrumento más preciado: el servicio diplomático de la República. Hablo de una institución de probada trayectoria, meritocrática y jerarquizada; una elite intelectual inocultable que atesora la memoria histórica y la capacidad técnica para conducir y apoyar al líder, al Jefe de Estado. Es ese cuerpo profesional el llamado a respaldar las decisiones con la sensatez, la prudencia y esa sindéresis, es decir, esa capacidad natural para juzgar rectamente, que la política internacional exige sin contemplaciones.
No necesitamos una redefinición explícita que nos ate a uno de los polos, porque ya tenemos una definición histórica que nos permite hablar con todos. Mientras el servicio diplomático mantenga su solvencia y mientras el Jefe de Estado honre esa tradición de no hipotecar la autonomía decisoria, la política exterior peruana seguirá navegando con bandera propia, extrayendo de la competencia entre potencias réditos concretos para la nación.

EFECTOS DE LA CONFRONTACIÓN SINO-ESTADOUNIDENSE EN AMÉRICA LATINA
En continuidad con la cuestión precedente, y situando el análisis en un plano sistémico-regional, la intensificación de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China parece estar estrechando los márgenes de autonomía decisional de los Estados, tensionando, cuando no erosionando, las estrategias de equidistancia pragmática que varios países han intentado sostener ¿en qué medida esta dinámica está produciendo efectos estructurales en la región? ¿acaso asistimos a un escenario en el que las asimetrías de poder terminarán induciendo alineamientos selectivos, particularmente en países cuyas cancillerías evidencian una alta elasticidad frente a los ciclos políticos internos?
En primer término, conviene subrayar que la intensificación de la competencia entre Estados Unidos y la República Popular China está produciendo, en efecto, un estrechamiento tangible de los márgenes de autonomía decisional de los Estados de la región situándose como fenómeno que se manifiesta en tres vectores concretos.
En cuanto al vector comercial, China se ha consolidado como el principal socio comercial de Brasil, Chile, Perú y Uruguay, habiendo desplazado a Estados Unidos en varios de esos mercados durante el último quinquenio. Mientras tanto, las inversiones chinas han migrado del financiamiento de megaproyectos tradicionales hacia proyectos de cooperación técnica como tecnología 5G, energía y digitalización, lo que genera una integración más profunda y menos reversible.
Simultáneamente, el vector de seguridad adquiere contornos históricos. La reivindicada Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense identifica explícitamente la presencia china en América Latina como un desafío central, con especial atención al acceso a minerales críticos como el cobre que la región exporta mayoritariamente al país asiático. Esta preocupación se ha traducido en presiones diplomáticas directas y, en varios casos, en condicionamientos que limitan la conducta de las cancillerías latinoamericanas. La Doctrina Monroe, revivida en el discurso de la administración Trump bajo la consigna «poner a las Américas primero», expresa una voluntad de reafirmar ciertas zonas de influencia que colisiona frontalmente con la noción de autonomía que muchas naciones de la región han procurado cultivar.
A ello se suma un vector doméstico que el propio planteamiento de la pregunta identifica con agudeza. En países cuyas cancillerías evidencian una alta elasticidad frente a los ciclos políticos internos, la alternancia en el poder puede producir giros diplomáticos. Basta observar el arco de experiencias recientes. Desde el alineamiento casi total de Argentina bajo la administración Milei, consolidado mediante líneas de crédito y respaldo político de Washington, hasta la adhesión de Colombia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta bajo la presidencia de Gustavo Petro. Luego el caso de Brasil, que bajo Lula ha profundizado la cooperación con China sin romper formalmente con Washington, en un equilibrio que no pocos analistas califican de precario. El Salvador, por su parte, ilustra una estrategia dual donde el presidente Bukele ha consolidado proyectos de cooperación millonaria con Pekín mientras preserva una afinidad política con Washington. Este mosaico de respuestas heterogéneas demuestra que, aun sin que exista una imposición formal de alineamiento, las asimetrías de poder terminan induciendo, en la práctica, alineamientos selectivos.
Ahora bien, dicho lo anterior, y situando la mirada específicamente en el caso peruano, me permito reflexionar respecto al particular. Reitero que somos una nación emergente en el Pacífico, posicionada en una cuenca que comparte con ambas potencias, y somos, junto a ellos, miembros del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC). Esta condición nos impone una responsabilidad singular ya que no debemos comprometernos ni adherirnos con ninguna de las posiciones que cada potencia representa, sino perseverar en la defensa de un interés nacional que no admite hipotecas ideológicas. Lo demás sería abdicar de la tradición diplomática que durante más de dos siglos ha asegurado al Perú un lugar de respeto en la comunidad internacional.
VENEZUELA Y CUBA A MEDIADOS DE 2026
En el marco de la evolución reciente de los regímenes en Venezuela y Cuba, se advierten trayectorias potencialmente divergentes. Por un lado, el caso venezolano, que podría estar ingresando en una fase de transición bajo el liderazgo de Delcy Rodríguez, aunque aún sin las debidas garantías institucionales; y, por otro, el régimen cubano, que, pese al deterioro sostenido de las condiciones de vida en sus ciudadanos, expresado en limitaciones de acceso a servicios básicos, mantiene una capacidad de resiliencia política frente a las presiones norteamericanas ¿qué escenarios diferenciados proyecta usted de cara a mediados de 2026 en ambos países y qué implicancias concretas podrían tener estas trayectorias para el análisis político regional?
En el marco de la evolución reciente de ambos regímenes, se advierte una posible diferenciación en sus trayectorias, aunque con elementos comunes en cuanto a procesos graduales y aún incompletos. En el caso de Venezuela, se observan características particulares vinculadas a la salida de Nicolás Maduro y la confirmación de Delcy Rodríguez como encargada del despacho presidencial, lo que sugiere un proceso de reacomodo interno. Este escenario parece estar acompañado de una apertura limitada en materia de libertades, aún claramente insuficiente, pero que podría indicar un proceso que se va decantando de manera pausada. Asimismo, la relevancia estratégica de Venezuela radica en su riqueza petrolera, en la calidad de su crudo y en su proximidad a las costas de los Estados Unidos, lo que introduce un interés externo evidente en su estabilización y eventual reinserción.
En este contexto, persisten importantes desafíos estructurales, particularmente en el ámbito económico. La necesidad de controlar una inflación desbordada y de canalizar el apoyo de organismos internacionales será determinante para cualquier mejora sostenible. Del mismo modo, la reinserción de Venezuela en el ámbito latinoamericano constituye una cuestión central, considerando que, pese a sus deficiencias, sigue siendo un socio de gran importancia para la región. En un horizonte que no es inmediato, pero tampoco estrictamente de largo plazo, podría proyectarse una evolución hacia una mejora de la economía, siempre que estos factores sean adecuadamente gestionados.
Por su parte, el caso cubano presenta una lógica distinta. Se trata de un régimen de carácter totalitario que ha afectado profundamente las libertades de su población y ha deteriorado su estructura económica, históricamente sostenida primero por la Unión Soviética y posteriormente por Venezuela. En la actualidad, es público que se encuentra en negociaciones orientadas a una evolución del sistema, con miras a una transición paulatina del poder y a un eventual proceso democrático. Este proceso incluiría, presumiblemente, aspectos como la atención a reclamaciones por propiedades expropiadas de intereses norteamericanos, así como la ampliación gradual de libertades y la situación de detenidos políticos. No obstante, se trataría de un proceso progresivo y controlado, no exento de complejidades.
OPINIÓN SOBRE EL NUEVO CANCILLER CARLOS PAREJA
Con la designación del embajador Carlos Pareja Ríos, diplomático de carrera con más de cuatro décadas en el servicio exterior, formado en el seno de una reconocida tradición familiar de juristas y diplomáticos, y con una destacada trayectoria como jefe de misión en España, Suiza, Chile y Estados Unidos, además de haber ocupado posiciones de alta responsabilidad en la Cancillería ¿qué valoración cabría anticipar de su gestión y, en ese sentido, considera usted que su paso por el cargo podría proyectar lineamientos con vocación de continuidad más allá del próximo cambio de gabinete ministerial previsto para julio?
En el contexto de la coyuntura política peruana, caracterizada por la sucesión de cancilleres en un período relativamente breve, resulta importante subrayar que la política exterior del Perú ha logrado sostener una línea de continuidad gracias a la solidez institucional de su servicio diplomático. En efecto, la Cancillería cuenta con cuadros profesionales altamente calificados, lo que ha permitido que la conducción de la política exterior se desenvuelva sin mayores tropiezos, manteniendo el respeto y la confianza de los distintos gobiernos de turno, incluso en un escenario que aún se inscribe dentro del quinquenio iniciado por el expresidente Pedro Castillo.
En ese marco, la designación del embajador Carlos Pareja Ríos permite anticipar una gestión marcada por la experiencia, el conocimiento técnico y la vocación de continuidad. Se trata de un diplomático de carrera con una trayectoria consolidada, habiendo asumido responsabilidades de alta relevancia en plazas estratégicas como Chile, España y Washington, lo que le confiere una comprensión integral tanto de la dinámica regional como de los principales ejes de la política global. A ello se suma su formación jurídica y su pertenencia a la Sociedad Peruana de Derecho Internacional, elementos que refuerzan un perfil particularmente idóneo para la conducción de la política exterior en un contexto complejo.
Asimismo, su trayectoria se inscribe en una reconocida tradición familiar vinculada al derecho y la diplomacia. Es hijo del embajador José Pareja Paz Soldán, destacado constitucionalista, y nieto de José Gregorio Paz Soldán, Ministro de Relaciones Exteriores clave en la estructuración inicial del servicio diplomático peruano.
En ese sentido, cabe considerar que su paso por la Cancillería podría proyectar lineamientos con vocación de continuidad más allá de eventuales cambios en el gabinete ministerial. Ello en la medida en que su perfil técnico y su pertenencia al servicio diplomático profesional tienden a privilegiar la estabilidad, la coherencia y el apego a los principios tradicionales de la política exterior peruana. Así, su gestión probablemente se orientará a consolidar una conducción predecible y consistente, reafirmando la idea de que, pese a las fluctuaciones políticas internas, la política exterior del Perú permanece en manos de profesionales con experiencia y criterio institucional.














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