Luis Sebastián Rosado, cafetería La Rama Dorada, colonia Coyoacán, México DF, mayo 2026.
Monsiváis ya lo dijo: discípulos de Marinetti y Tzara, sus poemas, ruidosos, disparatados, cursis, libraron su combate en los terrenos del simple arreglo tipográfico y nunca superaron el nivel del entretenimiento infantil. Monsiváis está hablando de los estridentistas, pero yo apliqué ese juicio —en un largo ensayo publicado por la editorial Sexto Piso— a los real visceralistas, y tras mi último paso por Madrid cuelgo ese mismo sambenito a todos aquellos que se dicen parte de el Movi_Miento, una corriente tan nebulosa que ni siquiera posee un nombre para designar a quienes la profesan.
El mes pasado me tocó la desgracia de coincidir en Madrid, en el Café Gijón, con unos cuantos de ellos y con Tony, dueño de una agencia de viajes en París y compadre del alma de aquellos tiempos en que uno era un estudiante joven y sin un peso en la ciudad de la luz. Tony, que a su manera tuvo la culpa y fue testigo de todo, no me dejará mentir: fue muy desagradable.
Yo estaba sentado en mi mesa, sobre las ocho de la tarde, esperando a Tony y a Vanesa o Vane, su elegante amiga o quizás amante —o no sé yo ni quiero saber, porque con un personaje como Tony uno nunca hace preguntas—, cuando tres de ellos me rodearon. Pensé: qué hacen aquí, qué vienen a hacer conmigo, qué cuentas vienen a saldar. El caso es que ellos también habían quedado con Tony. En fin, estuvimos hablando unos veinte minutos —nunca como entonces odié tanto la impuntualidad de Tony y de la coqueta de Vanesa—. En honor de la verdad debo decir que la plática fue culta y ordenada: preguntaron por los libros que llevaba conmigo, se los acerqué y comenzamos a platicar sobre ellos.
José Manuel, uno alto y delgado, con melenillas plateadas, los había leído todos; no sé cómo, pero a medida que avanzó la conversación me di cuenta de lo difícil que sería encontrar un libro que ese hombre no se hubiese leído. Luis, más bajito, con un mostacho a lo Clemenceau, se centró en uno que tenía que ver con Grecia, El coloso de Marusi, de Henry Miller, que trata de un viaje que hizo el autor por Atenas, Creta, Corfú y otros lugares de Grecia justo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Está considerado uno de los grandes libros de viajes del siglo pasado, dijo; capta muy bien la esencia del pueblo griego, tanto del moderno de aquella época como del clásico. El tercero, Micky, un poco tripón, con cara de aventurero y bonachón, no hablaba de libros, sólo privaba.
Luego llegó Tony, y yo seguía vivo. Dijo que veía que ya nos conocíamos, que mejor así, que no hacían falta presentaciones. Vane estaba con él. Quise preguntarle por…, pero se sentó al otro lado de la mesa a platicar con los de el Movi_Miento sobre Bolaño y se me hizo inapropiado lanzar la pregunta al otro lado del mármol.
Así que me puse a beber; no tenía por qué, pero así fue. Pedí un coñac —allí lo llaman brandy— y seguí escuchando, sintiendo que, si me dejaba caer por esa pendiente, las cosas se iban a torcer. Primero fue Luis el que fue al baño; a su vuelta se despachó con un escueto «Innoble». José Manuel asintió y dijo: «Ya lo había avisado el pasado viernes». Quise preguntar si se referían al estado de los aseos, por decir algo y reengancharme a la conversación, pero en ésas apareció otro de el Movi_Miento, un tal Eire.
Venía, sonrisa traviesa mediante, con una bolsa bandolera de tela de una librería; saludó a todos y, sin llegar a sentarse, ya estaba mostrando sus adquisiciones: la colección completa de Mumin, de Tove Jansson, en versión cómic, editada por Salamandra. «No pude resistirme», dijo. «De pequeño los leí todos y, puestos así, tan bellos en la estantería, me dije: me llevo uno. Luego pensé que quien dice uno puede llevarse también el número dos, por no tener que volver mañana…». Yo acabé contando seis ejemplares sobre el tablero.
Apenas había comenzado a hojearlos, segunda copa mediante, cuando por la puerta apareció Roma, voluptuosa artista de cabaret que siempre me había parecido la hija que Cleopatra no tuvo. Por estar con ella había hecho yo tantos kilómetros desde México D. F., pero casi no tuve ocasión ni de saludarla, pues lanzó un saludo general a todos para sacar ella, a su vez, de su ancho bolso tres cuadernos de tapas negras y gomas, estilo Moleskine. «¡Los cuadernos de poesía de Cesárea Tinajero!», aulló, más que habló. «¡Calientitos, provenientes directamente del desierto de Sonora!».
Todos aplaudimos, yo el primero. Había llegado mi momento de lucirme, o eso pensé. Como todo el mundo sabrá, hubo dos movimientos real visceralistas en México: uno primero, en los años veinte, dirigido por Cesárea Tinajero, y otro segundo, en la segunda mitad de los setenta, dirigido por Arturo Belano y Ulises Lima. Bolaño lo explica muy bien en Los detectives salvajes y yo bastante mejor en mi ensayo, trabajo en el que me había embarcado con la esperanza de lucirme ante Vane y Roma, que se habían autodenominado embajadoras del real visceralismo en Europa.
Ciertamente —como ya me habían escuchado al principio— soy muy crítico con la calidad literaria de este grupo, y así tuve que manifestarlo, pues aquello iba a ser leído por más personas, y además de cierto nivel, aparte de Vane y Roma. Pero hay que reconocer que me interesé por esa minoría para impresionar a estas dos diablesas y que por ello llevaba en mi maletín un par de ejemplares que quería ofrecerles y dedicarles.
Nuestra mesa estaba completa; en una cercana tomaron asiento Vane, Roma y Eire para estudiar el manuscrito, y allí tenía que sentarme yo también. Me perdió la buena educación y el ceremonial con mis contertulios en el momento de levantarme y recoger mis haberes. Para cuando quise alcanzar el parnaso, la mesa acababa de completarse con otros dos de el Movi_Miento que acababan de llegar: un tal Chufa, que tendría nombre cristiano, digo yo, pero todos le llamaban Chufa, y otro que respondía al patronímico de Jesús.
Y «¡Jesús!» fue lo que yo me dije al verme allí plantado, de pie, entre dos mesas, habiéndome despedido ya de las personas con las que estaba y sin sitio en la segunda, sin que a nadie pareciera importarle mi ridícula situación ni ofrecerme una silla. Al final me fui al baño para disimular. Y al baño no le sucedía nada. Nada de nada. El establecimiento acababa de recibir una buena reforma; la barra y los muebles lucían como nuevos, y las instalaciones higiénicas también. Además, lo encontré de lo más coqueto, con los cuadros de época que habían colgado en las paredes.
A la salida me pasé por la barra. Allí estaba Micky, de pie, pidiéndose una copa, y yo me dije: pues otra, ya entrados en gastos. Y así siguió la cuesta abajo. Para cuando renovamos los vidrios, otro escritor hacía su entrada por el café, un tal Tomás García Yebra. Fue recibido con un sonoro aplauso; todos se levantaron y se dirigieron hasta la puerta para estrecharle la mano, darle palmadas en la espalda y todas las demás felicitaciones de rigor. Por lo que pronto deduje, el tal Tomás había presentado su última obra de teatro, Un padre transgresor, en una librería de Malasaña pocos días antes, por medio de una lectura teatralizada. La sala se había llenado hasta el punto de tener que pedir a parte de los que llegaban que no entraran. El evento había sido un rotundo éxito y tocaba celebrarlo.
Aproveché ese momento, mientras corrían las copas de champán, para acercarme a Roma y proponerle que nos esfumáramos camino del mejor restaurante que ella eligiese en Madrid. Me dio la espalda. Dos botellas más tarde, le tocó a Tomás volver de los aseos con el turbo puesto. «¡Una afrenta a este establecimiento, a lo que ha representado y a las letras en general!», sentenció. Y yo, la verdad, seguía sin entender nada.
Entonces Eire se acercó a su mesa sin decir palabra y, como si tal cosa, a su vuelta le acercó a Tomás el zurrón vacío en el que había traído sus libros de Mumin. No se dijeron nada, y yo me fijé bien en la escena, porque como nadie me dirigía la palabra estaba atento a todo, y Tomás asintió nomás y se volvió a los baños. Volvió luego al grupo; Eire le tenía preparada una copa. «¡Calvados al campeón!», fue todo lo que dijo al acercársela. Tomás la apuró de un trago y partió.
Y yo hasta ese momento no había comprendido nada. Odiaba España, odiaba ese café, odiaba a esos escritores y, especialmente, odiaba a Roma por no hacerme ningún caso. Chufa debió de percatarse de mi desolación, porque me echó el brazo al hombro para decirme algo así como: «Hombre, ¿tú no eras el que había escrito sobre los real visceralistas?». Yo le pedí permiso para acercarme a la zona de las mesas a mostrarle mi libro. Para cuando volví, se había creado un infierno de mil diablos.
Un camarero se había percatado de que habían desaparecido dos cuadros de los aseos de caballeros. Así fue como lo comprendí todo. El encargado la había tomado con Eire. «Esto es obra suya, que hace unos días nos estaba pidiendo que retiráramos los cuadros que ahora faltan. ¡Díganos qué ha hecho con ellos!». El tal Eire, tranquilo, o mejor dicho divertido, respondía que él no sabía nada de esos cuadros, que por respeto se había impuesto, cada vez que viniera al Café Gijón, ir solamente al aseo de señoras y no al de caballeros, y que por lo tanto él no había pasado en ningún momento por allí.
Los clientes comenzaron a arremolinarse y a dar voces, apoyando a un grupo o a la dirección, aunque a estos últimos más bien pocos. Ahí fue cuando comprendí que los dos retratos que se habían llevado correspondían a Fernando Fernán Gómez y a Umbral, dos escritores muy queridos del café a los que la nueva dirección y la reforma habían desterrado a los urinarios. Como los cuadros no iban a aparecer y el tumulto iba a mayores, tuvo que hacer su aparición la policía nacional. Cuando me pidieron la documentación, comencé a vomitar.
Tony. La Taverne de Montmartre. París. Mayo de 2026.
Lo que refiere Luis Sebastián es cierto. Los cuadros aparecieron a los pocos días en un paquete anónimo dirigido a la Policía Local. Como para entonces el asunto ya había saltado a los medios, la dirección del Café Gijón decidió no volver a colgarlos, ni en los baños ni en ninguna otra parte. En su página de Instagram indicó que los había remitido a un restaurador, una manera diplomática de decir que hoy están cogiendo polvo en Dios sabe qué trastero.
En cuanto a la vomitona de mi amigo, debo disculparme en su nombre. No es, en absoluto, aceptable.
Eire.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y Relaciones Internacionales y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor, articulista y conferenciante académico, fuera del ámbito jurídico ha publicado las novelas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020), Más oscuro que el negro (Editorial Distrito 93, 2024) y El ruido de las sombras (Editorial Distrito 93, 2025). Ha sido galardonado en Francia con el premio Alain Fournier Roman Étranger 2026. Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento y promueve, junto con editoriales españolas e italianas, iniciativas culturales de ámbito literario hispano-italiano.




















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