En Portugal existe un símbolo del pesimismo en la forma de un popular personaje literario. Me refiero al Viejo de Restelo, una figura que aparece hacia el final del Canto IV de la gran epopeya Os Lusíadas (1572) de Luis Vaz de Camões, considerada la obra literaria más importante de la lengua portuguesa.
Pero más que pesimista, me parece que el Viejo de Restelo es una voz de conciencia y de la razón que se contrapone a un orgullo patriótico soberbio. Su lección nos hace cuestionar si el pesimismo es a veces benéfico en algunas situaciones. Y de eso trata el tema de este artículo. Pero antes de ahondar en ello, hay que explorar algunos puntos previos en Os Lusíadas.
Brevemente, esta obra ícono de la identidad nacional portuguesa es un poema épico dividido en diez cantos que narra uno de los episodios más gloriosos de la historia de Portugal: la era de los descubrimientos marítimos, destacando el viaje triunfal del explorador Vasco da Gama (el gran protagonista) rodeando el continente africano por el Cabo de Buena Esperanza e inaugurando la ruta de oriente hacia la India.
Durante la narración, Camões incorpora a deidades mitológicas para elevar a los personajes históricos portugueses al rango de dioses. Pero no solo estos héroes navegantes, sino Portugal mismo es un territorio eminente como lo expresa Camões en la voz de Vasco da Gama al narrar sobre su patria y los lusitanos al Rey de Melinde (Canto III, 20-21):
Eis aquí, quase cume da cabeça
De Europa toda, o Reino Lusitano
Onde a terra se acaba e o mar começa
E onde Febo repousa no Oceano…
Esta é a ditosa pátria minha amada…
Esta foi Lusitânia, derivada
De Luso ou Lisa, que de Baco antigo
Filhos foram, parece, ou companheiros,
E nela antam os íncolas primeiros.
Es decir, el Reino Lusitano es la cabeza de Europa, donde se acaba la tierra y el mar comienza, y donde el Sol reposa en el océano. Y Vasco da Gama continúa hablando de su patria amada, de Lusitania y el origen de su nombre y de sus descendientes que vienen de Luso, hijo del dios Baco (con razón les gusta tanto el vino a los portugueses).
Muy pronto llegamos al episodio en el Canto IV donde esos hombres ilustres, aquellos barões assinalados a los que se refiere Camões, están por partir del Puerto de Restelo en Lisboa (e já no porto da ínclita Ulisseia) hacia la aventura. En ese punto donde se encuentran el mar salado y el dulce Río Tejo hay una gran multitud deseándoles éxito a los navegantes en una emotiva despedida.
Descrito respetuosamente por Camões como un “viejo honrado” en el primer verso del Canto V, el Viejo de Restelo es un hombre libre y mesurado que nos invita a no caer en patriotismos arrogantes y a ser críticos de gobiernos con insaciable hambre de conquista y poder, que olvidan el bienestar del pueblo y que pueden caer en la ruina.
Entre la muchedumbre que sale a despedir a los héroes hay admiradores orgullosos de todas las edades, pero también hay madres y esposas que lloran la partida de sus hijos y maridos al enfrentar un destino incierto.
Y bueno, ante toda esta glorificación de la grandeza de Portugal, aquí es donde entra el tema del pesimismo. De todos los personajes que aparecen en ese ceremonioso embarque, el que Camões hace sobresalir antes de cerrar el capítulo es el Viejo de Restelo, quien, de aspecto venerable y meneando la cabeza, dirige sus ojos a los navegantes manifestando su descontento ante esta misión.
Mas um velho, de aspeito venerando,
Que ficava nas praias, entre a gente,
Postos em nós os olhos, meneando
Três vezes a cabeça, descontente…
En medio del gentío, el Viejo de Restelo alza la voz con vehemencia para criticar la encomienda del Reino por buscar fama y por su “vana codicia” al perseguir nuevos mundos y riquezas. Al mismo tiempo cuestiona qué tanto vale la pena sacrificar vidas ante tanta soberbia y arriesgar la seguridad del país abriéndole las puertas al enemigo, comprometiendo los logros de Portugal por ambiciones mayores (Canto IV, 95-104).
«O gloria de mandar, ó vã cobiça
Desta vaidade, a quem chamamos Fama!
A que novos desastres determinas
De levar estes Reinos e esta gente?
Que perigos, que mortes lhe destinas,
Debaixo dalgum nome preminente?
Deixas criar às portas o inimigo,
Por ires buscar outro de tão longe,
Por quem se despovoe o Reino antigo,
Se enfraqueça e se vá deitando a longe!»
Por esa simbólica intervención, el Viejo de Restelo se convirtió en un símbolo de pesimismo que sigue vigente en la cultura popular portuguesa. Es un personaje prácticamente opuesto al optimista obstinado de Pangloss creado por Voltaire en la sátira Cándido. Pangloss defendía empecinadamente que “vivimos en el mejor de los mundos posibles” a pesar de todas las desgracias que sufren los protagonistas. Es decir, Pangloss es un precursor del positivismo tóxico.
Pero el Viejo de Restelo no es un pesimista necio o un contreras deprimente, como la mala fama con la que a veces carga. Al contrario, es un pesimista bastante racional y sensato cuya insistencia está en proteger los intereses de su país. Como nos recuerda Fernando Pessoa en Los Símbolos de su poema Mensaje, “no estar conforme es ser hombre”. El Viejo de Restelo simplemente defiende su condición humana.
Descrito respetuosamente por Camões como un “viejo honrado” en el primer verso del Canto V, el Viejo de Restelo es un hombre libre y mesurado que nos invita a no caer en patriotismos arrogantes y a ser críticos de gobiernos con insaciable hambre de conquista y poder, que olvidan el bienestar del pueblo y que pueden caer en la ruina.
Y, si analizamos lo que ocurrió tiempo después en la historia de Portugal, en especial el gran triunfo y la eventual pérdida de sus dominios coloniales (que, por cierto, nunca evidenció Camões), podemos constatar que ese pesimismo del ficticio Viejo de Restelo que exige prudencia es perfectamente válido.
Otro gran escritor portugués, José Saramago, veía el pesimismo como una fuerza transformadora necesaria para cambiar el mundo. Citando al periodista italiano Antonio Gramsci, Saramago se describía como un “pesimista por la razón, optimista por la voluntad”.
Y es que el pesimismo y el optimismo, con sus obvias diferencias, incluso se complementan. Por poner unos ejemplos, el optimista se enfoca en las oportunidades mientras el pesimista se concentra en los obstáculos a enfrentar; el optimista confía en arriesgar e ir hacia adelante para ejecutar una acción, mientras el pesimista recurre a una planeación más cautelosa.
Aunque es deseable tener una actitud y mentalidad optimistas, como la que poseían los navegantes portugueses en la era de los descubrimientos, no hay que desvalorizar el contar con un pesimismo racional, pues éste puede volverse una voz de conciencia útil para estar mejor preparados ante escenarios inciertos.
La psicóloga estadounidense Nancy Cantor acuñó el término “pesimismo defensivo” para referirse a una estrategia cognitiva de control de ansiedad ante la incertidumbre. El tener bajas expectativas ante una situación puede ser un mecanismo de defensa y de resiliencia emocional para no caer en desilusiones cuando los resultados no son los que esperamos o no logramos el éxito deseado.
Pero, a pesar de los beneficios que podemos rescatar del pesimismo crítico y prudente, no hay que olvidar el balance. Así como el optimismo excesivo puede ser dañino (las falsas expectativas, la supresión de emociones negativas y el exceso de confianza pueden perjudicar la salud mental), el ser pesimista todo el tiempo también puede llevarnos a una condición crónica de depresión.
Hay que revaluar la sabiduría del Viejo de Restelo y a aprender a cultivar un pesimismo basado en la razón que se complemente a un optimismo anclado con más firmeza en la realidad. Y ese tipo de pesimismo es el que me mantiene optimista.

Ricardo Villarreal es director de cine documental dirigió y produjo el largometraje “The Domínguez, a Family Who Shaped the History of California” para el canal de televisión KCET en Los Ángeles, California y dirigió y produjo “Ride with Larry”, un documental inspirador para concientizar sobre el Parkinson y el uso de la marihuana medicinal, que ganó varios premios en festivales internacionales de cine. Trabajó en proyectos de promoción comercial entre México y California en la oficina de ProMéxico en el Consulado General de México en Los Ángeles y como empresario independiente. Fue presidente de la Asociación EXATEC California y ha sido voluntario en organizaciones altruistas que promueven las ciencias y las artes (principalmente música y literatura). Es parte del comité de selección y jurado del festival Cinema Culturas en Riverside, California para promover el arte cinematográfico en los jóvenes inmigrantes. Fue vicepresidente del capítulo de Portugal de la Red Global MX.





























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