El embajador José Augusto Duarte reivindicó la inteligencia política de las alianzas ante representantes de ambos gobiernos en el Museo Reina Sofía
El Día de Portugal, de Camões y de las Comunidades Portuguesas se celebra cada 10 de junio, una fecha que remite a 1580, año de la muerte de Luís Vaz de Camões, el poeta épico de Los Lusíadas y símbolo máximo de la lengua y la identidad portuguesa. La primera conmemoración festiva tuvo lugar en 1880, cuando el intelectual republicano Teófilo Braga impulsó los actos del tercer centenario de la muerte del escritor como una vindicación del renacimiento nacional. Tras varias denominaciones a lo largo del siglo XX incluida la controvertida designación de «Día de la Raza» durante el Estado Novo de Salazar, la democracia portuguesa refundó la celebración en 1978 para honrar, junto a Camões, a las millones de personas que integran las comunidades portuguesas dispersas por el mundo. Desde entonces, cada año una ciudad distinta acoge las celebraciones oficiales, presididas por el jefe de Estado. En 2025, la cita diplomática más destacada tuvo lugar en Madrid, en vísperas de la fecha oficial.
El discurso de la amistad
Madrid acogió este lunes 9 de junio las celebraciones del Día de Portugal en el auditorio del Museo Reina Sofía en Madrid. Ante representantes de los gobiernos de ambos países, miembros del cuerpo diplomático, empresarios, artistas y representantes de la comunidad portuguesa, el embajador de Portugal en España, José Augusto Duarte, eligió una palabra poco habitual para hablar de política exterior: amistad.
A lo largo de su historia, afirmó el diplomático, Portugal aprendió que la independencia nunca significó aislamiento. La capacidad de construir alianzas forma parte de la propia identidad del país. Su intervención acabó convirtiéndose en un homenaje a la relación entre Portugal y España.
Los países pequeños sobreviven menos por la fuerza que por la inteligencia con la que eligen a sus amigos
Nueve siglos de fronteras inmutables
Portugal, recordó Duarte, es una de las naciones más antiguas del mundo. Lleva más de novecientos años viviendo dentro de las mismas fronteras, enfrentándose a las mismas preguntas sobre identidad, supervivencia y futuro. «Portugal existe porque siempre fue consciente de sus límites», subrayó. Porque comprendió pronto que sus ambiciones eran mayores que sus recursos. Y porque entendió que, para sobrevivir, no bastaban los ejércitos, el territorio o la riqueza. Hacían falta aliados.
En el discurso, la amistad apareció más como una estrategia que como un sentimiento; más como una forma de inteligencia política que como una emoción. La tesis no es nueva en la historia portuguesa: la Alianza Anglo-Portuguesa,la más antigua del mundo aún vigente, sigue uniendo a Lisboa y Londres. La construcción europea se convirtió en una de las grandes apuestas de la democracia portuguesa. Y la relación con España atraviesa, según el embajador, uno de los momentos más sólidos de su historia.
Aun así, es poco frecuente escuchar esta idea formulada de una manera tan generosa y original.
Gestos concretos de cooperación
José Augusto Duarte recordó la cooperación entre Lisboa y Madrid durante las tormentas que afectaron a Portugal a comienzos de año, agradeciendo públicamente a la vicepresidenta del Gobierno de España, Sara Aagesen, y a la ministra portuguesa Maria da Graça Carvalho el trabajo desarrollado en la gestión de los caudales de los ríos internacionales.
También evocó al duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart, por su apoyo a la difusión de la cultura portuguesa en España, a través de la exposición de Joana Vasconcelos en el Palacio de Liria y de la cesión de ese espacio para la celebración del Día de Portugal en 2025.
Una lección para el presente
En un momento en que el mundo parece regresar al lenguaje de las esferas de influencia, los aranceles y las fronteras, el embajador portugués recuperó una vieja intuición nacional: los países pequeños sobreviven menos por la fuerza que por la inteligencia con la que eligen a sus amigos.
Es una magnífica definición de Portugal. Y quizá ayude a explicar por qué sigue existiendo, casi nueve siglos después, un país que tantas veces pareció demasiado pequeño para las ambiciones que nunca dejó de tener.


























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