Dice Baudelaire, en uno de los poemas en prosa que publicó bajo el título de El spleen de París, que los chinos pueden decirle a uno la hora exacta del día con solo mirar fijamente a los ojos de un gato.
A partir de estas breves líneas surgen dos cuestiones, a las que vamos a dar seguida respuesta. La primera: ¿qué es el spleen? Como quiera que estamos ante una columna literaria, o eso se pretende que sea, daremos un ejemplo literario. Si alguien recuerda —y, si no lo recuerda, le recomiendo su lectura— la gran novela de Eça de Queirós Os Maias, hay una escena en la que el protagonista central del relato, Carlos da Maia, médico joven, culto, elegante, pero también algo pasivo y desencantado, se encuentra echado en un sillón, en su palacio lisboeta del Ramalhete, esperando a su bohemio e intelectual amigo João da Ega, atacado de spleen; esto es, melancólico, hastiado, oprimido por una realidad que él, todo un privilegiado, considera vulgar, repetitiva, sucia o espiritualmente pobre.
Solo las provocaciones y burlas de su amigo, en una equívoca y peligrosa taberna del Chiado, pueden sacarlo de su doloroso encierro interior.
¿Se puede explicar mejor uno de los términos centrales de la sensibilidad francesa del siglo XIX?
¿Sufre alguno de ustedes de spleen? Pudiera darse. Desde el momento en que uno tiene cubiertas sus principales necesidades vitales, surge la cuestión espiritual. Pero no hablaré aquí de cómo Kierkegaard interpreta el aburrimiento como uno de los ejes centrales de la vida humana. Más bien, les hablaré de los modos de lidiar, o al menos de paliar, un problema que parece a todas luces insoluble.
Para comenzar, les recomendaría acudir a presentaciones de libros. Las hay casi a diario, son gratuitas y, al terminar, suelen invitarle a uno a un vino. Como todo en este mundo, hay que saber elegir: ahí radica parte de la emoción.
Hace dos semanas caí, casi por casualidad, en la librería Balqís, en la presentación de Los inocentes, de Burhan Sönmez, presentado por el propio autor, que, para quien desconozca su nombre, es el presidente de PEN International. Y, para mi sorpresa, allí no estábamos más de ocho personas. ¿Un fracaso de organización? No: un tesoro para quienes acudimos, porque se nos brindó la posibilidad, en un ambiente íntimo, de dialogar con este autor kurdo al que algunas quinielas internacionales sitúan desde hace años cerca de los más altos galardones.
Obviamente, me llevé el libro, cuya lectura no me llevó más de dos días. Si alguien quiere zambullirse en la memoria de la Anatolia profunda, con sus crímenes, su magia y sus exilios forzosos, contemplando un enfoque de la vida muy distinto del occidental actual, pero que de alguna manera conecta con nuestra propia memoria histórica, este es su libro.
Mi siguiente parada, días más tarde, fue el Festival de la Poesía Italiana de Madrid. Pude quedarme en la sobremesa de todos los viernes, dejándome llevar en una terraza de Chueca, con una copa en la mano; pero hice un esfuerzo, me pedí un café doble y enfilé la calle Mayor hasta el Istituto Italiano di Cultura.
De tanto en tanto, los asuntos voluntariosos reciben un premio, y a mí me lo ofrecieron esa misma jornada. Al poco de llegar, la directora del Palacio, Elena Fontanella, me tomó aparte:
—Al terminar hay una cena de gala. ¿Te apuntas?
La miré sin salir de mi asombro.
—Hai la cravatta e la giacca: è più che sufficiente. Andiamo, si comincia alle nove!
Lo que nos sirvieron para cenar fue exquisito, pero fue lo de menos. Lo mejor fue la posibilidad de conocer distendidamente a los comensales: los poetas que habían declamado sus mejores versos durante la velada y en cuya mesa me sentaron. Intentaré ir hablando de ellos en estos artículos, y espero que muchos publiquen en El Movi_Miento.
Al terminar la cena llevaba conmigo varios libros de poesía que me habían regalado los propios autores, y otro, especialísimo, que había adquirido en la improvisada tienda instalada a la entrada: I fioretti di san Francesco.
Comencemos por lo mundano; esto es, por Ornitografía, poemario firmado por el docente Miguel Ángel Feria. A uno, que se dedica a la prosa, le cuesta a veces encontrar las palabras exactas para valorar la poesía. Pero no hace falta ser sumiller con ínfulas académicas para saber, apenas se cata un caldo, si un vino es bueno o malo. Y este es de los buenos.
Aunque me constan los profundos conocimientos de Miguel Ángel sobre la poesía francesa, en esta recopilación no encuentro ecos de la severa métrica con que se elaboran los Burdeos o los Borgoñas. Hay, más bien, la libertad, la luz y la rima casual y alegre con que se levantan los vinos de Sanlúcar. Sorbos de memoria, no de reyes ni de imperios, sino de los jornaleros que recolectaron la uva y de los camareros que la escanciaron con esa gracia que solo se encuentra en el sur de España.
Y de la memoria de Burhan y Miguel Ángel nos elevamos al mundo franciscano, a las Florecillas de san Francisco. Se trata de una recopilación de cincuenta y tres historias de la vida del santo, de autor anónimo. No estamos, ni mucho menos, ante un pesado tratado de teología, sino ante una antología de relatos del siglo XIV que nos presenta a un san Francisco de la calle, cercano, dulce, casi infantil; un san Francisco capaz de incitar a la curiosidad y a la piedad de los niños, pero también de los poetas.
Es el san Francisco que habla con el lobo de Gubbio y lo hace cambiar de vida; el san Francisco suave que predica a los pájaros; el santo que convierte la pobreza en alegría, la naturaleza en templo y la creación entera en una conversación directa con Dios.
Una manera dulce de introducirnos en el espiritualismo y el naturalismo franciscano, con su renuncia a los placeres mundanos y sus grandes satisfacciones espirituales. Un mundo donde no cabe el spleen, ni se le espera.
Y dejando este espléndido abrazo místico a la creación y a la naturaleza sobre mi sofá, a mitad de lectura —pues las bebidas exquisitas no hay que apresurarlas—, agarro en brazos al glotón de mi gato, que lleva un rato maullando para recordarme que ha llegado la hora de servirle la cena. Lo levanto, lo acerco a mis ojos, lo miro fijamente y exclamo:
—A ver, dime tú qué hora es.
Para mi sorpresa, en el fondo de sus ojos creo atisbar la eternidad.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y Relaciones Internacionales. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia, con una trayectoria especialmente vinculada a la práctica procesal, la litigación civil y mercantil, el arbitraje internacional y el asesoramiento jurídico en operaciones con dimensión transnacional.
Es escritor, articulista y conferenciante académico. Ha publicado las novelas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020), Más oscuro que el negro (Editorial Distrito 93, 2024) y El ruido de las sombras (Editorial Distrito 93, 2025), y ha sido galardonado en Francia con el premio Alain Fournier Roman Étranger 2026.
En la actualidad dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento y promueve, junto con editoriales españolas e italianas, diversos proyectos culturales de ámbito literario hispano-italiano.




















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