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Perú ante otra elección de incertidumbre

Perú vuelve a encontrarse frente a una de las elecciones más cerradas de su historia reciente. Con aproximadamente el 94.9 por ciento de los votos contabilizados, Roberto Sánchez mantiene una ventaja mínima de 50.10 por ciento frente al 49.90 por ciento obtenido por Keiko Fujimori. La diferencia es tan estrecha que las autoridades electorales han advertido que podrían ser necesarios recuentos para confirmar al ganador, un proceso que podría extenderse hasta mediados de julio de 2026.


La incertidumbre que rodea estos comicios no es nueva para la política peruana. En 2021, Pedro Castillo derrotó a Keiko Fujimori por un margen igualmente reducido en una elección cuyo resultado tardó semanas en oficializarse. Sin embargo, la actual contienda trasciende la disputa entre dos candidatos. Refleja problemas estructurales que han acompañado al país durante más de tres décadas: la debilidad de los partidos políticos, la fragmentación institucional, la polarización territorial y la dificultad para construir consensos duraderos.


Para comprender el significado de esta elección es necesario remontarse a la década de los noventa. Durante gran parte del siglo XX, la política peruana estuvo dominada por organizaciones consolidadas como la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), Acción Popular (AP), el Partido Popular Cristiano (PPC) e Izquierda Unida (IU). Sin embargo, la crisis económica, la violencia política y el creciente desencanto ciudadano provocaron un profundo desgaste de estas fuerzas tradicionales.

La elección de 2026 no solo definirá al próximo presidente de Perú. También pondrá a prueba la capacidad del sistema político para recuperar estabilidad, fortalecer sus instituciones y reconstruir la confianza de una sociedad


Fue en ese contexto donde emergieron figuras ajenas a la élite política tradicional, entre ellas Mario Vargas Llosa con el Frente Democrático (Fredemo) y Alberto Fujimori con Cambio 90. La victoria de Fujimori en 1990 marcó un punto de inflexión en la política peruana. Su gobierno logró estabilizar la economía y debilitar a los grupos insurgentes que amenazaban al Estado, pero también estuvo acompañado por un progresivo deterioro institucional que culminó con el autogolpe de 1992 y un régimen autoritario que concluyó en el año 2000.


Las consecuencias de aquel periodo continúan presentes. A diferencia de otros países latinoamericanos donde los partidos han conservado cierta continuidad ideológica y organizativa, Perú desarrolló un sistema político altamente fragmentado. Muchos partidos funcionan más como vehículos electorales temporales que como organizaciones permanentes capaces de representar proyectos políticos de largo plazo. Como consecuencia, las agrupaciones surgen y desaparecen con frecuencia, mientras que los políticos cambian de partido con relativa facilidad, dificultando la construcción de identidades políticas estables y debilitando los vínculos entre la ciudadanía y las instituciones.


Esta realidad quedó reflejada en la primera vuelta electoral de abril 2026, en la que participaron 36 partidos registrados ante la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE). Ninguno de los candidatos logró consolidar una ventaja clara durante la campaña y durante meses ningún aspirante superó el diez por ciento de intención de voto. La fragmentación volvió a convertirse en una de las principales características del proceso electoral.


En medio de ese escenario, una figura permaneció constante: Keiko Fujimori. La líder de Fuerza Popular alcanzó por cuarta ocasión una segunda vuelta presidencial, después de haber competido en 2011, 2016 y 2021. Su permanencia demuestra que el fujimorismo continúa siendo una de las fuerzas políticas más relevantes del país. Para sus simpatizantes representa estabilidad económica, experiencia y una respuesta firme frente al incremento de la inseguridad y el crimen organizado. Para sus detractores, sigue simbolizando el legado autoritario asociado al gobierno de su padre.


Frente a ella, Roberto Sánchez ha construido una candidatura basada en la promesa de reformas económicas y una mayor participación del Estado en sectores estratégicos. Su discurso ha encontrado respaldo particularmente en las regiones rurales y andinas, donde persiste la percepción de que los beneficios del crecimiento económico no han sido distribuidos de manera equitativa. Sus propuestas incluyen una mayor intervención estatal en la gestión de recursos naturales, reformas fiscales y un incremento de la inversión pública en las regiones históricamente marginadas.


Los resultados preliminares muestran una división geográfica que se ha vuelto recurrente en las elecciones peruanas. Fujimori obtuvo resultados particularmente favorables en Lima y en diversas zonas costeras, mientras que Sánchez logró consolidarse en las regiones andinas y rurales. Más que una simple diferencia ideológica, esta distribución refleja distintas visiones sobre el desarrollo económico, el papel del Estado y las prioridades nacionales. La elección pone nuevamente de manifiesto la brecha existente entre una capital con mayor peso económico y político y un interior del país que continúa demandando mayores oportunidades, representación y atención gubernamental.


Más allá de quién resulte ganador, el principal desafío comenzará una vez concluido el conteo. Perú tendrá a su noveno presidente en apenas diez años, una cifra que ilustra la profunda inestabilidad política que ha caracterizado al país durante la última década. La constante confrontación entre el Ejecutivo y el Congreso ha provocado destituciones, renuncias y crisis gubernamentales que han debilitado la confianza ciudadana en las instituciones democráticas.

En este contexto, la gobernabilidad será tan importante como el resultado electoral. Si Keiko Fujimori obtiene la victoria, contará con una estructura política más consolidada y una presencia parlamentaria relevante, aunque seguirá necesitando acuerdos con otras fuerzas para impulsar reformas sustantivas. Si Roberto Sánchez resulta vencedor, deberá construir amplias coaliciones para evitar bloqueos legislativos y garantizar la estabilidad de su gobierno. En ambos escenarios, la capacidad de diálogo político será determinante para evitar la repetición de los ciclos de confrontación que han marcado los últimos años.


La estrecha diferencia entre ambos candidatos evidencia un país dividido entre distintas visiones de futuro, pero también una ciudadanía que continúa buscando respuestas a problemas que permanecen sin resolver desde hace décadas. La elección de 2026 no solo definirá al próximo presidente de Perú. También pondrá a prueba la capacidad del sistema político para recuperar estabilidad, fortalecer sus instituciones y reconstruir la confianza de una sociedad que, una vez más, observa cómo el destino del país se decide por apenas unos cuantos votos.

Alide Flores Urich Sass

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