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José Vicente Rubio Eire recibe en la Sorbona el Premio Alain-Fournier a la mejor novela en lengua extranjera

El escritor y jurista español José Vicente Rubio Eire recibió el pasado 11 de julio, en la histórica Salle des Actes de la Sorbona de París, el Premio Alain-Fournier a la mejor novela en lengua extranjera por El ruido de las sombras, obra publicada por Bunker Books–Distrito 93.

El galardón fue entregado durante una ceremonia organizada conjuntamente por Sorbonne Université, la organización del Premio Alain-Fournier y la Academia Euromediterránea de las Artes.

Por ese motivo, Raia Diplomática tiene el honor de acompañar la noticia de la concesión del Premio Alain-Fournier con la reproducción del discurso pronunciado por el autor en la Sorbona. Sus palabras constituyen no solo un agradecimiento a las instituciones y personalidades que hicieron posible el reconocimiento, sino también una declaración literaria en la que se condensan las líneas maestras de su obra: la reconstrucción de la historia, la convivencia entre realidad y mito, y la interrogación permanente sobre aquello que, en último término, nos hace humanos.

El escritor y jurista español José Vicente Rubio Eire recibió el pasado 11 de julio, en la histórica Salle des Actes de la Sorbona de París, el Premio Alain-Fournier a la mejor novela en lengua extranjera por El ruido de las sombras

A continuación, reproducimos el texto de su intervención.

Buenos días, señores y señoras:

Quisiera comenzar este breve discurso —porque espero que sea breve— agradeciendo a esta Universidad, representada por D. Bernard Franco, a D. Christophe Ghenasia, director de los premios Alain-Fournier, a Dª María Teresa Prestigiacomo, directora de la Accademia Euromediterranea delle Arti y, muy especialmente, al profesor Dotoli, la invitación y los honores que hoy me han traído a esta capital de las artes.

Por supuesto, también me acuerdo en este momento de mi familia y de los buenos amigos que nos acompañan en esta ocasión.

A la hora de preparar estas palabras le pregunté al profesor Dotoli:

—¿De qué habla uno en estas ocasiones?

—Cuenta cómo construiste la novela, su argumento, tus fuentes de inspiración, esas cosas…

Entonces se me vino a la mente una tarde del verano pasado, cuando me planté delante de mi editor con el manuscrito original.

Su primera reacción no fue ojearlo, sino pesarlo, para añadir de inmediato:

—¡Tienes valor viniendo aquí con un tocho de mil páginas! ¿Tú crees que hoy en día hay público para esto?

Comencé a explicarme:

—En realidad, se trata de un libro dividido en otros tres. He escrito la obra completa.

En ese momento empezó a pasar las páginas del manuscrito con rapidez, dejando correr las esquinas entre los dedos, hasta que llegó al final de la primera parte.

—¿Esto sería el primer libro?

Asentí, y de seguido ya me estaba devolviendo el resto del manuscrito. Contó el número de páginas y vio que no llegaban a trescientas.

—Esto ya es otra cosa más vendible. Ahora cuéntame el argumento.

—Bueno, como verá cuando lo lea…

—Yo ya no leo los manuscritos, los huelo. Para lo demás están los licenciados en Filología. Así que aligera.

Como pueden ver, era un muy buen editor. Así que aligeré.

—Pues es un relato escrito en capas. La primera se centra en la historia de la Comuna de París, la Semana Sangrienta, el incendio de las Tullerías y del entorno del Louvre, y en las personas que se quedaron allí para intentar salvar aquello que todavía podía salvarse.

—No está mal —repuso—. Imagino que alternarás personajes reales con personajes ficticios, muy a lo Pérez Galdós. Si me hubieses traído otra historia de la Guerra Civil española, aquí habría terminado todo. Pero como en España se sabe poco o nada de la Comuna de París, te dejo continuar.

—Pues… gracias —continué diciendo—. La segunda capa trata sobre la mitología egipcia.

—¿Dioses egipcios en París? —inquirió.

—Bueno, desde que Napoleón hizo la campaña de Egipto, que fue también una expedición cultural, el gusto por el Antiguo Egipto en la sociedad parisina del siglo XIX fue en constante aumento. ¿Qué pusieron para decorar el centro de la plaza de la Concordia? ¿Qué gran faraón egipcio estuvo tanto tiempo en el Museo del Louvre? ¿Quién descifró la piedra Rosetta?

—¿Y qué hacen los dioses egipcios en la Comuna?

—Pues, resumiendo, son personajes más de la novela. No son los protagonistas, pero van influyendo en el comportamiento humano, del mismo modo que la luna, al salir, provoca los movimientos de la marea.

—Veo que Homero empieza a asomar por debajo de la mesa —dijo entonces mi editor—. ¿Y la tercera capa?

—La tercera capa es el debate filosófico que subyace en toda la obra: una reflexión sobre los elementos que, todos unidos, dan lugar a lo que llamamos humanidad. Es decir: la mortalidad, el libre albedrío, el azar, los valores y las pasiones irracionales. En síntesis, esa es la novela.

En ese momento mi editor guardó silencio, pesó de nuevo la parte del manuscrito que había separado, la olisqueó y emitió sentencia:

—Lo paso a los licenciados para que me digan si tiene calidad literaria y para que lo escudriñen, a ver si hay algún anacronismo. Si pasa el filtro, te lo publico. Y sobre el resto —dijo mirando los setecientos folios que quedaban pendientes sobre la mesa—, vuelve dentro de un año, y según el recibimiento que haya tenido esta novela, volvemos a hablar.

En este momento acaba de vencerse ese plazo. Y gracias al reconocimiento que hoy se me concede en esta Universidad, me encuentro con fuerzas para volver ante mi editor y pedirle que sopese publicar el segundo libro.

Si hoy vuelvo a él con algo más que un manuscrito bajo el brazo, será también con la gratitud de esta tarde en París.

Por todo ello, les quedo a todos ustedes inmensamente reconocido.

Muchas gracias.

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