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Image by Matthias Groeneveld from Pixabay

El futbol como motor de diplomacia o todo lo contrario

La actual Copa Mundial de Futbol 2026 no ha dejado a nadie indiferente. Hay aquellos que aseguran haberla boicoteado desde antes de la competencia debido a desacuerdos en la manera tan descarada en que la FIFA ha manchado al fútbol. Para muchos, la gota que derramó el vaso fue el vergonzoso Premio FIFA de la Paz que otorgó Gianni Infantino a Donald Trump y el exorbitante precio de los boletos para ver los partidos. De acuerdo con el sitio Seat Geek, los boletos más baratos para la gran Final rondan por encima de los USD $7,000 por persona.

Por otro lado, aunque no concordando con el manejo tan contaminado de la FIFA, estamos los que por décadas hemos seguido el Mundial porque creemos que el futbol le pertenece principalmente a la gente y porque tiene una manera tan fuerte y humana de unir a personas de todo el mundo en un ritual que todos entendemos. El escritor uruguayo Eduardo Galeano dice que el futbol es la única religión que no tiene ateos.

Además, en este Mundial hemos evidenciado unos partidazos y gratas sorpresas, tal como sucede en los buenos juegos de futbol. Porque, como dice también Galeano en Cerrado por Fútbol, “cuando el milagro del buen futbol ocurre ya no me importa quién me lo ofrezca, ni el cuadro ni el país”.

Pero algo sí se está perdiendo en el futbol y viene de mucho más atrás que esta Copa Mundial 2026. Su naturaleza como “deporte de las masas” se desvanece en cuanto el futbol se vuelve un negocio cada vez más voraz en manos de especuladores con poder económico, y al tiempo que excluye a los aficionados para reemplazarlos, o convertirlos, en meros consumidores.

En su ensayo Durkheim marca un gol, el escritor catalán Leonardo H. Pelayo cita al sociólogo francés Émile Durkheim para hablar sobre el concepto de la efervescencia colectiva de la religión, pero aplicada al futbol. Y además de hablar sobre el fenómeno social del futbol, también expresa su preocupación ante los daños que la comercialización masiva del futbol ha ocasionado al deporte.

Pelayo señala dos factores que han amenazado al espíritu original del futbol. Por un lado, señala la transición hacia la visualización de los partidos por televisión ya que significó desmantelar esa experiencia colectiva y local de los estadios hacia la experiencia individual y remota. Ahora son los canales de televisión quienes deciden cuándo transmitir los partidos dependiendo del horario en que más dinero pueden ganar, no en el que mejor convenga a los jugadores o a los aficionados que asisten al estadio.

El otro factor tiene que ver con la privatización de los clubes de futbol, muchas veces en manos de poderes extranjeros, y su pérdida de soberanía. Cuando el dinero está de por medio importan más los rendimientos económicos que los resultados futbolísticos. Pero también, la fuerza comunitaria de un equipo local pasa a segundo plano y pierde su identidad regional cuando los clubes de futbol se vuelven marcas comerciales que, gracias a la publicidad, obtienen un alcance internacional.

Pero la fuerza de la identidad de una comunidad local por su equipo de futbol es tan importante que puede desencadenar a escala global ese aprecio por el deporte como fuerza de unión de masas en las competiciones globales, como en la Copa Mundial.

En el futbol aún podemos ver la magia de la imparcialidad cuando un país pequeño y pobre derrota o humilla a una super potencia en la cancha.

Porque no debemos perder de vista que el futbol es, de raíz, un ritual de unión comunitaria. Como expresa Pelayo sobre el concepto de la efervescencia colectiva, “es el momento de mayor exaltación de una sociedad durante las prácticas rituales”, donde “las sociedades celebran su existencia manifestándose como una unidad”.

En las clases más populares de la sociedad, el éxito muchas veces se encuentra no en un logro individual, sino en el triunfo colectivo. De tal manera, explica Pelayo, “el futbol permite al aficionado sentir una victoria de su equipo como una victoria personal”.

Pienso que, apreciando ese valor comunitario del futbol, la Copa Mundial tiene el potencial de ser un instrumento de diplomacia al unir en hermandad a países, promoviendo el diálogo internacional, apreciando las diferencias culturales de las naciones participantes, e incluso ser un conducto para liberar tensiones entre países en conflicto cuando se presenta la oportunidad de enfrentarse en un juego pacífico.

Y no solo eso, una competición internacional así puede ser un gran ejemplo de diplomacia al promover la igualdad cuando las reglas del deporte son idénticas para todos. El problema es que sucede lo contrario. Países dominantes cuyos líderes se benefician de la corrupción han influido al futbol y a la FIFA, interviniendo en decisiones polémicas, sobornando a ejecutivos y destruyendo la imparcialidad del organismo.

La preocupación sobre este tipo de interferencias es que arruina por completo esa estructura igualitaria y democrática del futbol, en donde participan dos equipos de once jugadores acordando jugar bajo el mismo reglamento.

Esto es muy diferente a la subjetividad de un conflicto militar entre países en donde una nación tiene ventaja de tener armas más sofisticadas o un ejército mayor. En el futbol aún podemos ver la magia de la imparcialidad cuando un país pequeño y pobre derrota o humilla a una super potencia en la cancha.

Pero cuando suceden casos obvios de corrupción en el futbol, como cuando el presidente Trump llamó a Infantino para que le perdonaran la suspensión de un juego al jugador estadounidense Folarin Balogun, que fue expulsado durante el juego contra Bosnia-Herzegovina, u otras sospechas reales de favoritismos, la desconfianza del público sobre los resultados es razonable y le quita todo el sabor al disfrute de un deporte que debe disputarse de manera neutral.

Y con ello, la oportunidad de un evento que podría servir para reforzar los lazos diplomáticos entre naciones se pierde, dejando sentimientos de frustración y de desesperanza al evidenciar que en el mundo no ganan los que velan por la justicia y la igualdad, sino los que abusan de su poder.

Hacia el final de El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano dice que su libro es un “Homenaje al fútbol, celebración de sus luces, denuncia de sus sombras”. Y creo que esa es la manera atinada de tratar y ver a este deporte global que tanta unión y tantas alegrías le ha dado al mundo.

Ricardo Villarreal es director de cine documental dirigió y produjo el largometraje “The Domínguez, a Family Who Shaped the History of California” para el canal de televisión KCET en Los Ángeles, California y dirigió y produjo “Ride with Larry”, un documental inspirador para concientizar sobre el Parkinson y el uso de la marihuana medicinal, que ganó varios premios en festivales internacionales de cine. Trabajó en proyectos de promoción comercial entre México y California en la oficina de ProMéxico en el Consulado General de México en Los Ángeles y como empresario independiente. Fue presidente de la Asociación EXATEC California y ha sido voluntario en organizaciones altruistas que promueven las ciencias y las artes (principalmente música y literatura). Es parte del comité de selección y jurado del festival Cinema Culturas en Riverside, California para promover el arte cinematográfico en los jóvenes inmigrantes. Fue vicepresidente del capítulo de Portugal de la Red Global MX.

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