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¿Puede el modelo religioso de Marruecos contribuir a la reconstrucción de Gaza?

La reconstrucción de Gaza suele analizarse desde tres dimensiones principales: la reconstrucción de la infraestructura, la recuperación económica y el establecimiento de un nuevo marco de gobernanza. Sin embargo, existe un cuarto elemento que con frecuencia recibe menos atención, pese a ser igualmente determinante para la estabilidad de largo plazo: la reconstrucción de la legitimidad religiosa.

En una sociedad donde la religión desempeña un papel central en la vida política y comunitaria, la reconstrucción no puede limitarse a edificios, hospitales o carreteras. También implica reconstruir instituciones capaces de promover cohesión social, ofrecer referentes religiosos legítimos y reducir el espacio de influencia de los discursos extremistas.En este contexto, Marruecos ha desarrollado durante las últimas dos décadas un modelo de gobernanza religiosa que hoy es considerado uno de los más sólidos del mundo musulmán. Aunque ningún modelo puede trasladarse automáticamente a un escenario tan complejo como Gaza, la experiencia marroquí ofrece lecciones que merecen ser analizadas.

Uno de los elementos distintivos del sistema marroquí es la estrecha relación entre el Estado y la autoridad religiosa. A diferencia de otros países de mayoría musulmana, el rey Mohammed VI no solo es jefe de Estado, sino que también ostenta el título de Amir al-Mu’minin, o Comendador de los Creyentes. Esta figura, con profundas raíces históricas, le confiere autoridad para supervisar los asuntos religiosos del país y preservar un islam basado en la moderación, la convivencia y el equilibrio.

La política religiosa marroquí se fundamenta en la escuela jurídica Maliki, el credo Ash’ari y la tradición sufí, corrientes que históricamente han promovido interpretaciones más moderadas del islam suní. Esta identidad religiosa constituye uno de los pilares de la estabilidad institucional del país y forma parte de su estrategia de política interior y exterior.

Los atentados terroristas de Casablanca en 2003 marcaron un punto de inflexión. Marruecos comprendió que la lucha contra el extremismo no podía depender únicamente de operaciones de seguridad o inteligencia. También era necesario disputar la narrativa ideológica que alimentaba la radicalización.Como respuesta, el país emprendió una profunda reforma de sus instituciones religiosas. Se fortaleció la supervisión estatal sobre las mezquitas, se modernizó la formación de líderes religiosos y se promovió una interpretación del islam compatible con la convivencia, la educación y el respeto a las instituciones.

Uno de los proyectos más emblemáticos fue la creación del Instituto Mohammed VI para la Formación de Imanes, Predicadores y Predicadoras, inaugurado en 2015 en Rabat. Esta institución no solo capacita a líderes religiosos marroquíes, sino también a estudiantes provenientes de diversos países africanos y europeos. Su formación combina estudios islámicos con materias como historia, psicología, derechos humanos, ciencias sociales y resolución de conflictos, bajo la premisa de que el liderazgo religioso debe responder a los desafíos contemporáneos y no únicamente a la enseñanza teológica tradicional.

La política religiosa marroquí se fundamenta en la escuela jurídica Maliki, el credo Ash’ari y la tradición sufí, corrientes que históricamente han promovido interpretaciones más moderadas del islam suní

Paralelamente, Marruecos ha desarrollado programas de rehabilitación para personas condenadas por delitos relacionados con el extremismo. Estas iniciativas integran asesoramiento religioso, atención psicológica, educación y reinserción social, buscando transformar las condiciones que favorecen la radicalización en lugar de limitarse a un enfoque exclusivamente punitivo.Este conjunto de políticas ha permitido que Marruecos proyecte una forma particular de poder blando. Su diplomacia ya no se limita a los ámbitos económico o político, sino que también incluye la cooperación religiosa. Diversos países africanos han recurrido al modelo marroquí para formar imanes y fortalecer sus propias instituciones religiosas como parte de sus estrategias de prevención del extremismo violento.

La pregunta es si esta experiencia podría aportar elementos útiles para una eventual reconstrucción de Gaza.

La respuesta exige cautela. Gaza presenta condiciones profundamente distintas. Décadas de conflicto, ocupación, desplazamientos, polarización política y una crisis humanitaria sin precedentes hacen imposible trasladar mecánicamente cualquier modelo desarrollado en otro contexto. Sin embargo, la experiencia marroquí ofrece una reflexión estratégica: reconstruir una sociedad implica también reconstruir las instituciones que generan legitimidad.

Durante años, Hamás no solo ejerció funciones de gobierno, sino que consolidó su influencia mediante redes sociales, educativas y religiosas profundamente arraigadas en la comunidad. Si en el futuro surgiera una nueva administración palestina, uno de sus mayores desafíos no sería únicamente reconstruir la infraestructura física, sino construir instituciones capaces de ofrecer una autoridad religiosa reconocida y socialmente legítima.

En este escenario, la experiencia marroquí podría servir como referencia para el diseño de programas de formación de líderes religiosos, fortalecimiento institucional, prevención de la radicalización y reintegración comunitaria. No se trataría de exportar una interpretación específica del islam ni de imponer un modelo externo, sino de compartir herramientas institucionales que han demostrado contribuir a reducir la influencia de discursos extremistas mediante la educación y el fortalecimiento de la legitimidad estatal.

Naturalmente, cualquier iniciativa de esta naturaleza dependería de un acuerdo político más amplio, del consentimiento de las autoridades palestinas y de la aceptación de la propia sociedad gazatí. Ningún modelo extranjero puede sustituir la participación de los actores locales ni resolver las causas estructurales del conflicto.No obstante, la experiencia de Marruecos recuerda una lección frecuentemente olvidada en los procesos de reconstrucción posteriores a una guerra: la estabilidad duradera no depende únicamente de restaurar edificios o garantizar la seguridad. También requiere reconstruir instituciones capaces de generar confianza, promover liderazgos legítimos y ofrecer narrativas que fortalezcan la cohesión social.

La reconstrucción de Gaza exigirá enormes inversiones económicas y complejas negociaciones políticas. Pero si aspira a convertirse en un proceso sostenible, también deberá atender una dimensión frecuentemente subestimada: la reconstrucción de la legitimidad religiosa. En ese ámbito, la experiencia de Marruecos no representa una solución definitiva, pero sí un ejemplo de cómo la religión, cuando se articula mediante instituciones sólidas y una visión de Estado, puede convertirse en un instrumento para consolidar la paz y no para perpetuar el conflicto.

Alide Flores Urich Sass

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