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Brasil ante las urnas: entre la polarización interna y la autonomía estratégica

A menos de un mes de las elecciones generales del 4 de octubre 2026, Brasil entra en la fase decisiva de una contienda que trasciende la competencia entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Está en juego la capacidad del sistema político para gobernar con un Congreso fragmentado, la permanencia del bolsonarismo como fuerza más allá de Jair Bolsonaro y el margen de autonomía que la principal potencia latinoamericana pretende conservar en un escenario internacional cada vez más competitivo.

Las encuestas confirman una competencia abierta, aunque con diferencias según el instituto. AtlasIntel/Bloomberg situó el 31 de agosto a Lula con 43.4% frente a 33.7% de Flávio Bolsonaro en primera vuelta, pero redujo la diferencia a 47.1% contra 42.6% en un eventual balotaje. Otros sondeos muestran una segunda vuelta todavía más ajustada. Esa distancia obliga a ambos candidatos a mirar hacia un electorado menos ideologizado, sensible al costo de vida, la seguridad, la estabilidad institucional y los resultados concretos.

En ese contexto debe entenderse el reciente acercamiento entre Lula y los presidentes de la Cámara de Diputados y del Senado. El acuerdo para acelerar proyectos sobre jornada laboral, seguridad pública, compras internacionales, minerales críticos y centros de datos no es únicamente legislativo. También refleja una característica central del Brasil contemporáneo: el fortalecimiento del Congreso frente al Ejecutivo. Durante su tercer mandato, Lula ha debido negociar prácticamente cada iniciativa relevante con un Legislativo cuya correlación de fuerzas se encuentra a su derecha.

El Centrão resulta decisivo. Más que un bloque ideológico homogéneo, agrupa partidos pragmáticos con amplia capacidad territorial y parlamentaria. Su neutralidad en la elección presidencial revela que su prioridad no es necesariamente definir al próximo presidente, sino preservar influencia frente a cualquiera que resulte vencedor. Así, la elección de 2026 también determinará qué capacidad real tendrá el próximo gobierno para construir mayorías.

Lula, a sus 80 años, ha vuelto a São Bernardo do Campo, símbolo de sus orígenes sindicales, para presentar la elección como una defensa de su legado político y social. Sus primeros gobiernos estuvieron asociados con reducción de la pobreza, expansión de programas sociales y mayor proyección internacional. Sin embargo, ese legado convive con el desgaste de un tercer mandato, cuestionamientos fiscales y el peso histórico de los escándalos de corrupción que marcaron al Partido de los Trabajadores.

China es un socio económico fundamental para Brasil, mientras Washington continúa siendo un interlocutor indispensable en seguridad, inversión y política hemisférica

Flávio Bolsonaro enfrenta un desafío distinto. Su candidatura busca demostrar que el bolsonarismo puede transformarse de un liderazgo personalista en una corriente política duradera. La condena y ausencia electoral de Jair Bolsonaro no eliminaron la base social, territorial y parlamentaria construida durante la última década. Flávio hereda esa estructura, pero necesita convencer a sectores más amplios de que puede ofrecer un proyecto propio, especialmente en seguridad y economía, sin reproducir las tensiones institucionales que caracterizaron el final del gobierno de su padre.

Brasil decidirá entre distintas concepciones sobre el papel del Estado, la seguridad, la política social y la relación entre Ejecutivo y Congreso, pero también sobre la forma en que pretende ejercer su poder internacional

La elección también tendrá una dimensión económica decisiva. Más allá de las diferencias ideológicas, el próximo presidente recibirá un país con restricciones fiscales importantes, tasas de interés elevadas y una ciudadanía atenta al poder adquisitivo. La discusión entre protección social y disciplina presupuestaria será central, pero ningún gobierno podrá ignorar la necesidad de combinar ambas. En un Congreso fortalecido, las promesas de campaña estarán sujetas a negociación y a límites económicos que reducirán el margen del Ejecutivo.

En política exterior, el contraste adquiere todavía mayor relevancia. Brasil llega a las urnas cuando la competencia entre Estados Unidos y China vuelve a estructurar decisiones estratégicas globales. China es un socio económico fundamental para Brasil, mientras Washington continúa siendo un interlocutor indispensable en seguridad, inversión y política hemisférica. La designación estadounidense del Primeiro Comando da Capital y del Comando Vermelho como organizaciones terroristas añadió una nueva sensibilidad a la relación bilateral, particularmente por sus implicaciones en materia de soberanía.

A ello se suma el valor estratégico de los minerales críticos. Brasil posee una de las mayores reservas de tierras raras del mundo, recursos esenciales para tecnologías avanzadas, transición energética y defensa. Desarrollarlas sin limitarse a exportar materias primas ofrece una oportunidad para insertarse en cadenas de valor más complejas. También plantea una pregunta diplomática central: cómo atraer inversión y tecnología de distintas potencias sin convertir esa riqueza en un nuevo terreno de dependencia.

Una victoria de Lula probablemente reforzaría la tradición brasileña de diversificación de alianzas, cooperación Sur-Sur y protagonismo en los BRICS, procurando mantener canales abiertos con Washington y Beijing. Un triunfo de Flávio Bolsonaro podría acercar políticamente a Brasilia a la administración de Donald Trump y modificar algunos equilibrios regionales, aunque el peso de China en la economía brasileña limitaría cualquier ruptura abrupta.

Reducir la elección a un enfrentamiento entre izquierda y derecha sería, por tanto, insuficiente. Brasil decidirá entre distintas concepciones sobre el papel del Estado, la seguridad, la política social y la relación entre Ejecutivo y Congreso, pero también sobre la forma en que pretende ejercer su poder internacional. La prueba de fondo será si logra convertir su escala económica, sus recursos y su peso diplomático en autonomía estratégica.El resultado de octubre mostrará si el bolsonarismo puede sobrevivir políticamente a Jair Bolsonaro y si el proyecto de Lula puede trascender al propio Lula. Sobre todo, mostrará si la democracia brasileña es capaz de administrar su polarización sin permitir que esta limite la capacidad del país para definir, con estabilidad y pragmatismo, su propio rumbo.

Alide Flores Urich Sass

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