Una reflexión sobre cómo la literatura puede ayudarnos a interpretar la vida y, al mismo tiempo, conseguir que lleguemos tarde a ella.
Sostiene Eire que era una tarde magnífica de verano, soleada y aireada.
Orense se espabilaba de los calores de la siesta, pero a Eire no le gustaba echarse la siesta, o al menos nunca encontraba el momento.
Sostiene Eire que había escogido aquella cafetería de la plaza de Santa Eufemia porque era moderna y tenía un potente aire acondicionado, pero también porque, en el centro, colgaba una lámpara de cristal de Murano, desproporcionada para las modestas dimensiones del local, claro.
Sostiene Eire que en esta ocasión todavía no había visitado Lisboa, y eso se debía a que acababa de regresar de París, cargado de libros y de honores, lo que le hacía ver la vida con bastante buen humor.
Sostiene Eire que había quedado aquella tarde con su hermana y sus sobrinos, que venían de La Coruña, y que, como quiera que le habían avisado de que se retrasaban, había decidido salir a leer a una cafetería, pues hacía demasiado calor para quedarse en casa.
Sostiene Eire que la cafetería estaba vacía, como también lo estaba casi toda la plaza, y que imaginó que la ciudad entera se habría ido a la playa o a alguno de los infinitos centros termales de la provincia, incluidas las palomas que suelen transitar entre la iglesia de Santa Eufemia y la Catedral, llevando y trayendo con ellas todas las noticias de esta pequeña capital.
Sostiene Eire que escogió la mejor mesita, junto a la cristalera, pidió un té y allí comenzó la última novela de Jane Rogoyska, Hotel Exilio, publicada por Salamandra.
Sostiene Eire que había elegido aquel libro porque trataba sobre la historia de uno de sus hoteles favoritos de París, el Hotel Lutetia, ese hotel que aparece en tantas novelas de época y donde, si bien Eire nunca había conseguido alojarse, dados sus elevados emolumentos, sí había logrado terminar allí la semana anterior, tomando copas en una de esas noches en las que tocaba celebrarlo todo.
Sostiene Eire que, cuando su taza estaba ya templada, reparó en que una de las sillas altas y vacías de la barra acababa de ser ocupada por una joven cuya edad no debía de alcanzar los treinta años, de larga cabellera morena, que vestía un traje de raso ajustado que terminaba mucho antes de que comenzasen a divisarse las rodillas.
Encontró a la morenita —pues lucía con orgullo sus muchas horas posando sobre una tumbona— delicada y estilizada, y aunque no alcanzaba a verle el rostro, lo imaginó bonito, por hacer juego con sus atractivas piernas.
Sostiene Eire que volvió a la lectura de su libro, pero que, cuando dio otro sorbo a su taza de té, la ourensana se había sentado de medio lado en su elevado taburete; el camarero con el que había estado hablando se había desentendido de ella y, en su aburrimiento, balanceaba con encantadora ligereza las piernas, jugando con sus sandalias, que hacía chocar contra los talones de sus delicados pies.
Era como si estuviese golpeando en el aire un imaginario balón de playa.
Y fue precisamente entonces cuando, por fin, pudo verle el rostro.
Sostiene Eire que en ese momento se acordó de La inmortalidad, de Milan Kundera; de su comienzo, de cómo un gesto de coquetería de una señora en una piscina de París sorprende y cautiva al autor de tal manera que, sobre aquel mismo gesto, decide construir un personaje imaginario, Agnes, y sobre Agnes toda una novela.
Sostiene Eire que él mismo comenzó a construir un personaje imaginario, pero que una potente voz dentro de su ser le recordó las fortunas e infortunios que ya le habían costado sus calaveradas en esta vida, así que decidió volver a la lectura.
Sostiene Eire que, cuando terminó la taza de té, el balón de playa seguía allí, oscilando en el aire y poniendo en peligro tantas horas de trabajo de los maestros venecianos.
Y ahora había también dos piedras de cuarzo ahumado que, furtivamente, dirigían de tanto en tanto hacia él sus reflejos.
Sostiene Eire que entonces empezó a escuchar otra voz, esa que le preguntaba cómo darse a conocer y a la que una inesperada tribulación le impedía dar respuesta.
Sostiene Eire que repasó mentalmente sus últimas lecturas en busca de alguna idea, algún truco o alguna excusa con los que presentarse dignamente, pero sintió como si no hubiese leído nada sobre la materia en toda su vida; como si aquel momento fuese irrepetible, algo sobre lo que nadie hubiese escrito jamás o, si alguien lo había hecho, aquel tratado debiera guardarse en las estanterías prohibidas, entre esos libros que el Índice reservaba al ocultismo.
Sostiene Eire que, con gran dolor y no menor esfuerzo, tuvo que reconocer que solo disponía de un plan de batalla, y que era muy malo; parecía más concebido por un sargento de intendencia que por un coronel, pero no tenía otro.
Sostiene Eire que la estrategia consistía en acercarse a la barra y pedir una copa, cualquiera, o mejor aún un cóctel, algo que tardase un buen rato en prepararse y le proporcionase una excusa razonable para permanecer en aquella zona, cerca del campo de juego de aquel balón.
Una vez allí, no tendría más que dejar que la esfera se convirtiese en una pompa de jabón que terminase por explotarle en la punta de la nariz, cosa que acabaría sucediendo si ese era verdaderamente el deseo de la sirena.
Y si la pelota no se terminaba por transformar en una pompa de jabón de colores dirigida a su persona, siempre podría retirarse con dignidad y regresar a emborracharse, otra vez, en la terraza del Hotel Lutetia.
Sostiene Eire que no tuvo siquiera que alcanzar la barra para hacer su pedido, pues apenas había iniciado el trayecto cuando unos brazos de mujer ya se le habían echado al cuello y estaba recibiendo un beso. Y, viniendo la afirmación de su parte, habrá que tomarla por cierta, pues no está en su forma de ser faltar a la verdad, ni siquiera por motivos piadosos y mucho menos para lucimiento personal.
Sostiene Eire que quien le recibió tan afectuosamente no fue la sirena, sino su hermana, que acababa de entrar por la puerta de la cafetería acompañada de sus sobrinos, y que, tras los cálidos saludos iniciales, volvieron todos a su mesa para pedir cafés y refrescos, comandas de buen gusto y orden, razón por la cual Eire olvidó su proyecto de pedir combinado alguno y se limitó a solicitar una limonada bien fría.
Sostiene Eire que su hermana llevaba en una bolsa una novela que acababa de regalarle su marido; que él le pidió verla y descubrió que era de Tabucchi; que, después de elogiarla, explicó a sus sobrinos que el primer capítulo de aquella novela era de lo mejor que se había escrito en la literatura moderna y que, por si nunca llegaban a hojear el libro, procedía, sin mayores circunloquios, a leérselo en voz alta.
Sostiene Eire que su voz, de por sí alta y sonora, retumbó por toda la cafetería, pues, como antes se dijo, estaba vacía, y que, a mitad de la lectura, la sirena se acercó al grupo, o más bien a uno de sus laterales. Allí permaneció unos largos instantes, recolocándose las artificiales arrugas que el vestido dibujaba sobre sus caderas; disimuló mirando a través de la cristalera hacia la plaza desierta y, poco antes de que terminase la lectura, dijo en voz alta que se iba, que aquello estaba muerto y que se dirigía a otro local.
¿Cuál? ¡Ay! Sostiene Eire que no pudo oírlo, pues su propio relato le impedía escuchar tan divinas palabras.
Sostiene Eire que, cuando terminó de leer el último párrafo —y ya le quedaba poco—, alcanzó a verla de nuevo alejándose por la plaza, y que cree que aquellas últimas palabras, aunque formalmente dirigidas al camarero, debían de estar en realidad destinadas a su persona, porque, al alzar la vista, pudo comprobar que en la barra no había nadie.
O al menos eso es lo que Sostiene Pereira.
Perdón, Eire.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y Relaciones Internacionales. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia, con una trayectoria especialmente vinculada a la práctica procesal, la litigación civil y mercantil, el arbitraje internacional y el asesoramiento jurídico en operaciones con dimensión transnacional.
Es escritor, articulista y conferenciante académico. Ha publicado las novelas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020), Más oscuro que el negro (Editorial Distrito 93, 2024) y El ruido de las sombras (Editorial Distrito 93, 2025), y ha sido galardonado en Francia con el premio Alain Fournier Roman Étranger 2026.
En la actualidad dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento y promueve, junto con editoriales españolas e italianas, diversos proyectos culturales de ámbito literario





















Sé el primero en comentar