El 30 de septiembre de 2026 marca el cierre de una etapa determinante en la historia reciente de Irak. Las últimas fuerzas estadounidenses y británicas abandonaron el país, poniendo fin a más de una década de presencia militar vinculada a la lucha contra el Estado Islámico. La retirada concluye la misión de la coalición internacional conocida como Operación Resolución Inherente y transfiere al Estado iraquí la responsabilidad principal sobre su propia seguridad.
La salida se produce como resultado del acuerdo alcanzado entre Washington y Bagdad dos años atrás. Desde 2014, Estados Unidos y Reino Unido mantenían presencia en Irak como parte de la coalición creada para frenar la expansión del Estado Islámico, que llegó a controlar amplias zonas del territorio iraquí y sirio. En 2017, Bagdad declaró la derrota territorial del grupo, aunque las fuerzas internacionales permanecieron para apoyar en labores de entrenamiento, inteligencia y prevención de un eventual resurgimiento.
El escenario actual es considerablemente distinto al de hace doce años. El Estado Islámico ya no controla ciudades ni grandes extensiones territoriales, y su capacidad operativa se ha reducido de manera importante. Sin embargo, esto no implica su desaparición. El grupo conserva células capaces de realizar ataques de menor escala, por lo que las fuerzas de seguridad iraquíes deberán mantener una presión constante y evitar que posibles vacíos institucionales permitan una nueva expansión.
La retirada constituye, por tanto, una prueba para las Fuerzas de Seguridad Iraquíes y los peshmerga kurdos, las fuerzas armadas de la Región del Kurdistán iraquí, una zona autónoma en el norte del país. Tras años de cooperación con la coalición internacional, deberán demostrar que pueden preservar la estabilidad sin depender de una presencia militar extranjera permanente. El reto ya no consiste únicamente en recuperar territorio, sino en consolidar estructuras estatales capaces de responder de forma autónoma a amenazas menos visibles, pero todavía potencialmente desestabilizadoras.
La seguridad interna tampoco depende exclusivamente del Estado Islámico. Uno de los principales desafíos para Bagdad será la presencia de milicias armadas que operan dentro del territorio iraquí, varias de ellas vinculadas política o militarmente con Irán. El gobierno ha reiterado su intención de colocar todas las armas bajo control estatal, un objetivo que adquiere especial relevancia tras la salida de las fuerzas occidentales.
Aquí surge una de las principales paradojas de esta nueva etapa. Durante años, una parte central del debate político iraquí estuvo enfocada en terminar con la presencia militar extranjera. Ahora, una vez alcanzado ese objetivo, la soberanía deberá medirse también por la capacidad del Estado para ejercer autoridad efectiva sobre todos los actores armados dentro de sus fronteras. La ausencia de tropas extranjeras puede ser un componente de la soberanía, pero no garantiza por sí sola su consolidación.
La retirada también modifica el equilibrio regional entre Estados Unidos e Irán. Desde la caída de Saddam Hussein en 2003, Irak se ha encontrado en una posición compleja entre ambos países. Washington mantuvo durante años una estrecha cooperación militar e institucional con Bagdad, mientras Teherán desarrolló amplias redes políticas, económicas y de seguridad que le permiten conservar una influencia considerable dentro del país. La reducción de la presencia militar estadounidense podría ampliar el margen de acción de algunas facciones vinculadas a Irán, aunque no significa que Irak quede automáticamente bajo la órbita de Teherán. Bagdad ha intentado mantener relaciones simultáneas con Washington, Irán, Turquía, los países del Golfo y distintos socios europeos. Preservar ese equilibrio será fundamental para evitar que el territorio iraquí vuelva a convertirse en un espacio de confrontación indirecta entre potencias regionales e internacionales.
La salida militar tampoco representa necesariamente una ruptura entre Estados Unidos e Irak. La relación bilateral puede continuar mediante cooperación en inteligencia, seguridad, entrenamiento, inversión y diplomacia, pero bajo un esquema menos dependiente de la presencia directa de tropas. Para Bagdad, esta transición abre la posibilidad de redefinir sus relaciones exteriores desde una posición de mayor autonomía, aunque también aumenta las responsabilidades que deberá asumir.
La importancia de esta retirada debe entenderse también a partir de la historia reciente del país. Las fuerzas estadounidenses y británicas participaron en la Guerra del Golfo de 1991 y regresaron en 2003 con la invasión que derrocó a Saddam Hussein. Estados Unidos y Reino Unido retiraron sus tropas en 2011, pero regresaron apenas tres años después ante el avance del Estado Islámico. Ese antecedente explica por qué la salida actual será observada con cautela: una retirada militar puede cerrar formalmente una misión, pero no garantiza que hayan desaparecido las condiciones capaces de generar nuevas crisis.
Más que el final de una operación militar, el 30 de septiembre representa el comienzo de una nueva prueba para el Estado iraquí. La verdadera soberanía no se define únicamente por la ausencia de soldados extranjeros, sino por la capacidad de un Estado para controlar su territorio, ejercer autoridad sobre las armas y evitar que las rivalidades externas determinen su estabilidad interna. Irak ha recuperado una parte importante de esa soberanía con la salida de la coalición, pero su consolidación dependerá de lo que ocurra después. El desafío ya no será negociar una retirada militar, sino construir un Estado suficientemente sólido para que esta vez la historia no obligue a las fuerzas extranjeras a regresar.



















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