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Imagen de Anfaenger en Pixabay

Entre la reforma y la relevancia: la ONU después de Guterres

Tras casi una década al frente de Naciones Unidas (ONU), António Guterres se prepara para concluir su mandato como secretario general en un contexto internacional marcado por conflictos crecientes, tensiones geopolíticas y una profunda crisis de confianza en el multilateralismo.

En su última intervención ante la Asamblea General, Guterres hizo un llamado a reforzar la acción climática, avanzar hacia una solución de dos Estados para Israel y Palestina, privilegiar la desescalada y el diálogo en Medio Oriente y establecer marcos internacionales para regular la inteligencia artificial. Su despedida condensó buena parte de la filosofía que ha caracterizado su gestión: la convicción de que, pese a las fracturas del sistema internacional, la paz continúa siendo posible y la Carta de Naciones Unidas sigue ofreciendo un marco indispensable para perseguirla.

Su sucesor asumirá el cargo en un momento particularmente complejo. El número de conflictos activos se encuentra entre los más elevados desde la Segunda Guerra Mundial, mientras el cambio climático, las transformaciones tecnológicas y las tensiones económicas añaden nuevas capas de vulnerabilidad. Al mismo tiempo, Naciones Unidas enfrenta importantes restricciones financieras y cuestionamientos sobre su capacidad para traducir declaraciones y resoluciones en resultados concretos. El proceso para elegir al próximo secretario general comenzó formalmente con una invitación conjunta de los presidentes de la Asamblea General y del Consejo de Seguridad para que los Estados miembros presentaran candidaturas. El llamado destacó también un hecho histórico: ninguna mujer ha ocupado hasta ahora el cargo, por lo que se alentó expresamente la nominación de candidatas.

Los aspirantes presentan su visión para la organización, trayectoria profesional e información sobre el financiamiento de sus campañas. Posteriormente participan en diálogos interactivos ante la Asamblea General. Sin embargo, la decisión determinante corresponde al Consejo de Seguridad, cuyos quince miembros deben recomendar un candidato para que posteriormente sea nombrado por la Asamblea General. Las llamadas “votaciones informales” permiten medir el respaldo a cada aspirante antes de una recomendación formal.

Actualmente permanecen siete candidatos.

Carolyn Rodrigues Birkett, representante permanente de Guyana ante Naciones Unidas y exministra de Relaciones Exteriores, propone regresar a los principios fundamentales de la organización y construir una ONU más ágil y eficaz.

Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica y actual secretaria general de ONU Comercio y Desarrollo, plantea tres prioridades: una organización más útil, más ágil y más responsable ante sus miembros.

Ivonne A-Baki, diplomática ecuatoriana nominada por Tonga, propone una “renovación” institucional centrada en recuperar el enfoque y la disciplina de Naciones Unidas, apoyándose también en su experiencia vinculada al proceso de paz entre Ecuador y Perú.

María Fernanda Espinosa, excanciller ecuatoriana y expresidenta de la Asamblea General, estructura su propuesta alrededor de cinco pilares: paz y seguridad, desarrollo, transformación digital y energética, capacidad de ejecución y recuperación de la credibilidad institucional.

Rafael Mariano Grossi, diplomático argentino y director general del Organismo Internacional de Energía Atómica desde 2019, defiende una ONU orientada a resultados, basada en hechos y capaz de responder de manera imparcial a las demandas contemporáneas.

Olara Otunnu, exrepresentante permanente de Uganda y antiguo subsecretario general de Naciones Unidas, sostiene que la reforma institucional ha dejado de ser una opción para convertirse en una necesidad.

Macky Sall, expresidente de Senegal y antiguo presidente de la Unión Africana, coloca en el centro de su propuesta la recuperación de la confianza en el multilateralismo y la relación inseparable entre paz, seguridad y desarrollo.

Hasta ahora, las votaciones informales del Consejo de Seguridad no parecen haber producido un consenso suficientemente amplio. Rebeca Grynspan y Carolyn Rodrigues Birkett han mostrado respaldo relevante, pero sin una consolidación definitiva. Esta fragmentación mantiene abierta la posibilidad de candidaturas tardías, entre ellas figuras que han circulado informalmente como Nickolay Mladenov, Amina Mohammed o la excanciller mexicana Alicia Bárcena.

La elección del próximo secretario general trasciende. Lo que está en juego es la capacidad de Naciones Unidas para demostrar que el multilateralismo todavía puede producir resultados en un sistema internacional cada vez más fragmentado. La organización nació bajo la premisa de que incluso los Estados con intereses enfrentados necesitaban un espacio común para administrar sus diferencias. Ochenta años después, esa premisa vuelve a estar bajo presión.

El próximo secretario general tendrá que gestionar conflictos, pero también algo quizá más difícil: reconstruir confianza. No bastará con reformar estructuras o mejorar la eficiencia administrativa. El verdadero desafío será convencer a los Estados de que preservar un sistema común de reglas sigue siendo menos costoso que permitir que la política internacional vuelva a depender exclusivamente del poder, la rivalidad y la fuerza. La sucesión de Guterres será, por ello, mucho más que un cambio de liderazgo. Será una prueba sobre la capacidad del sistema multilateral para adaptarse sin perder su propósito fundamental. En un mundo donde la cooperación parece cada vez más difícil, la próxima etapa de Naciones Unidas deberá demostrar que precisamente por eso es cada vez más necesaria.

Alide Flores Urich Sass

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