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Ucrania: la tierra donde se decide el destino de la civilización europea

A finales de octubre de 2010 en la editorial Basic Books vio la luz el libro “Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin” (“Tierras sangrientas: Europa entre Hitler y Stalin” en castellano) de Timothy Snyder, historiador estadounidense y profesor de la Universidad de Yale, experto en la historia de Europa Central y Oriental.

Es una obra de investigación histórica fundamental e impecable científicamente que incide un foco de luz sobre la cuestión porqué “Tierras sangrientas” que hoy en día cubren los vastos territorios de los actuales Polonia, Ucrania, Bielorrusia y países bálticos fueron el lugar más peligroso y mortífero en el mundo a mediados del siglo XX.

A pesar de que el período que cubre el libro se limita al lapso entre 1933 y 1945 se puede afirmar que esta característica fue cierta, aunque por razones algo distintas, para la Primera Guerra mundial y el golpe de estado bolchevique. En ambos casos las tierras étnicamente ucranianas fueron en el ojo de estos cataclismos humanos.

Paradójicamente, en el siglo XXI mientras todo el mundo estaba seguro de que las tradicionales guerras y los asesinatos en masa en Europa ya son un agua pasada, un dictador masivamente apoyado por su pueblo, indoctrinado y enfermo del revanchismo y resentimiento, decidió volver a convertir Ucrania en una tierra empapada en sangre.

Igual que Hitler y Stalin llevaban a cabo sus preparativos militaristas durante la década de los 1930 para dar el golpe de gracia al orden internacional constituido por los tratados de paz de Versalles, Saint-Germain-en-Laye, Trianón, Nueilly-sur-Seine, Sèvres y el naval de Washington, lo hacía Rusia desde el mismo momento en que Putin ascendió al máximo poder en 2000.

El Acta final de Helsinki, cuyo pilar central son la inviolabilidad de las fronteras e integridad territorial de los estados, abrió en 1975 la puerta a la esperanza de que Europa nunca se convertiría en un teatro de guerras de proporciones continentales.

Para muchos, especialmente en las regiones que hoy en día llamamos el Sur Global, el sistema europeo de seguridad colectivo se veía como un proyecto piloto a seguir.

Lamentablemente, en el Occidente todos estábamos en las manos del wishful thinking (percepciones a base de nuestros deseos e ilusiones) al pensar que Rusia fue capaz de reflexionar sobre su pasado imperial y comunista, sacar las conclusiones correctas de estas experiencias dolorosas y convertirse en un miembro de nuestra civilización basada en el respeto del derecho internacional.

El discurso de Putin en la Conferencia de seguridad en Múnich en 2007 fue un aviso profético al ser el primer hito de enfrentamiento frontal, aunque todavía verbal, entre Rusia y el Occidente colectivo. Pero fuimos incapaces de descifrar sus verdaderas intenciones o ingenuamente miramos al otro lado.

El destino de Europa hoy se juega en las estepas ucranianas. El futuro de la civilización europea depende de la capacidad de Ucrania de ganar esta guerra y restablecer el derecho internacional basado en reglas

Serhii Pohoreltsev, Embajador de Ucrania en España

Tienen razón aquellos quienes apuntan que a pesar de lo consagrado en el Acta final de Helsinki las fronteras de los estados en Europa cambiaron. Basta con recordar la desmembración de Yugoslavia, las guerras posteriores en los Balcanes o la disolución de la Unión Soviética que no fue acompañada con grandes conflictos armados.

Sin embargo, en 2014 la Rusia de Putin fue más allá de todos los conflictos y guerras que tuvieron en Europa en los años 1990 y 2000. Por primera vez en la historia desde la época del Tercer Reich un estado geográficamente europeo se atrevió un paso insólito – a declarar oficialmente la anexión, tras usar la fuerza militar, de una parte de otro estado europeo con que tenía suscritos los tratados que reconocían, de forma mutua, la soberanía e integridad territorial de ambos estados.

Esta declaración de la anexión de Crimea y la ciudad de Sebastopol a Rusia, ilegítima desde el punto de vista del derecho internacional, fue el punto de partida de colapso de la arquitectura de seguridad europea y el presagio de lo que avecinaría en breve si esta agresión de Rusia en 2014 quedase impune.

La floja respuesta del Occidente a esta flagrante violación del orden internacional en los años posteriores no hizo más que animar al régimen de Putin de lanzar en 2022 una ofensiva abierta y a toda regla contra Ucrania.

Hay una cosa indiscutible: Putin, con una extensa trayectoria del servicio de KGB soviético, in particular en Dresde, es un discípulo diligente de Hitler quien con cierta aptitud pone en práctica los trucos negociadores del Fürer alemán ofreciendo al Occidente un trato – elegir entre la guerra y la deshonra.

Mientras en Europa ya aprendimos de estas artimañas, hay otros que prefieren quedarse al margen de esta guerra, urgiendo a que Ucrania levante una bandera blanca para negociar con Putin.

El problema es que, aunque se puede en teoría negociar con Putin, no se puede llegar a un acuerdo que él cumpla a no ser un acuerdo de rendición de Ucrania y del Occidente. Cualquier otro compromiso no es más que un escalón para volver a agredir Ucrania y otros países europeos una vez Rusia consiga rearmarse y acumular recursos para nuevas guerras.

Putin no da indicios de que esté listo a renunciar a sus planes de apoderarse del territorio de Ucrania, que considera suyo, exterminando o expulsando el pueblo ucraniano de sus tierras ancestrales. Están equivocados aquellos quienes creen que unas cesiones menores van a apaciguarlo. ¡Lo quiere todo! Quiere desmantelar el Estado ucraniano por completo y humillar al mismo tiempo al Occidente incapaz de defender sus principios y valores por los cuales lucha Ucrania.

Esta guerra es existencial tanto para Ucrania como para la civilización occidental. Probablemente, lo es también para la Rusia que sabemos. Y Putin se da cuenta de esta perspectiva.

En los planes de Putin Ucrania debió ser la primera pieza en caer y una vez aglutinados sus recursos humanos, económicos y militares él tendría un camino despejado para reconquistar todo el espacio post-soviético.

Tras sufrir el blietzkrieg ruso un revés humillador en 2022, Putin y el pueblo ruso esperan conseguir sus objetivos en una guerra de desgaste. Les quedan aún muchos recursos. Tampoco les importa el precio que pagan en vidas humanas propias y en su futuro como país.

Indudablemente inspirado por su ídolo nazi, Putin fanáticamente copia muchas de sus prácticas genocidas contra el pueblo de Ucrania cometiendo los crímenes de guerra y de lesa humanidad que no se limitan al secuestro de los niños ucranianos, por lo que la Corte Internacional de Justica emitió el orden de su busca y captura.

Los bombardeos indiscriminados de las zonas residenciales, hospitales, colegios e instalaciones de la infraestructura crítica de ningún uso militar persiguen un objetivo determinado: el de expulsar a la población ucraniana de sus territorios para más tarde cambiar el mapa étnico.

A causa de estas y otras prácticas terroristas y genocidas de las tropas rusas, como la ejecución en masa de Bucha, más de 5 millones de los ucranianos, mayoritariamente mujeres y niños se exiliaron en el exterior, principalmente en Europa y Norteamérica. A todas cuentas, es el mayor éxodo humano que ha sufrido Europa desde la Segunda Guerra mundial.

Hoy en día, Ucrania una vez más es la tierra más sangrienta en Europa. La guerra rusa contra Ucrania ya es más encarnizada tras la Segunda Guerra mundial. Las bajas irrecuperables de las tropas de invasión rusas en solo 2 últimos años ya superan a más de 450 mil. El ejército ucraniano a pesar de la superioridad de Rusia en efectivos y material bélico demostró que con la ayuda del Occidente es capaz de contener al invasor, convirtiendo su arsenal acumulado durante décadas, incluidos las naves de su flota de Mar Negro, en un montón de chatarra.

La ayuda económica y el suministro de armas occidentales, más tecnológicamente avanzadas, a Ucrania cambian de forma drástica los desequilibrios en la ecuación entre las capacidades del invasor ruso y su potencial presa, incluso si el Kremlin sigue sumando apoyo de otros regímenes que ganaron sus títulos de escoria mundial.

Estos últimos siguen de cerca la guerra de Rusia contra Ucrania. El éxito de Rusia en Ucrania, traducido en la decadencia moral del Occidente, los animaría a lanzar sus propias aventuras bélicas en otras regiones del mundo y nos veríamos sumergidos en un ciclo vicioso de conflictos armados que proliferan sin parar.

La Rusia de Putin demuestra con toda la claridad que no puede ser parte de la solución política. Al revés es un peligro existencial para Ucrania, Europa y la civilización europea. Es peligro existencial también para aquellos países, incluidos los del Sur Global, que comparten con nosotros los valores europeos de democracia y libertad.

Los vecinos de Ucrania en el Este de Europa son conscientes de las amenazas que representa la actual Rusia y no tienen ganas de que el espacio de las tierras sangrientas se ampliase más al oeste.

El oso ruso, una bestia totémica e imponente, con el cual a los rusos tanto les gusta públicamente identificar a su país, tras un período de hibernación, abandonó su guarida y decidió que su hábitat natural se quedaba demasiado pequeño para satisfacer sus necesidades nutricionales. Lamentablemente, también tienen el don de olvidar, o mejor dicho desconocer, su propia historia. De otra manera, recordarían cómo términos la guerra de Crimea en 1856 – se le arrancaron las garras al mítico oso ruso. Y no es la única derrota que sufrió Moscovia en su historia.

Dándose cuenta de que Rusia no es parte de la solución política y la guerra puede contagiar otros países y territorios, el Occidente tiene en sus manos una herramienta potente capaz de poner fin a los planes expansionistas de Putin, al menos en Europa, acelerando la integración de Ucrania en la estructura de seguridad colectiva, en primer lugar, en la OTAN.

La invitación a Ucrania a adherirse a la Alianza en su próxima Cumbre en Washington acompañada por las garantías de seguridad, sin duda, desalentarían a Putin. Le daría a Rusia una señal inequívoca de que sus esfuerzos de conquistar Ucrania y su chantaje nuclear están condenados al fracaso. Los casos de la reciente adhesión de los países nórdicos a la OTAN ponen en evidencia de que las amenazas de Moscú no es más que un farol.

Hasta que la seguridad de Ucrania sea asegurada en el marco de la OTAN y la EU, mientras dure la agresión rusa contra nuestro país el Occidente tiene la obligación moral de apoyarnos de forma integral y consistente, en primer lugar con el suministro de armas.

El destino de Europa hoy se juega en las estepas ucranianas. El futuro de la civilización europea depende de la capacidad de Ucrania de ganar esta guerra y restablecer el derecho internacional basado en reglas.

Serhii Pohoreltsev, Embajador de Ucrania en España

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