Pulsa «Intro» para saltar al contenido
Foto de Antón por cortesía de Unsplash

Tres Modernos, un Modernísimo y un cuento de Navidad.

Ni Onofre ni su pequeña se percataron, en un primer momento, de que su anfitriona no estaba cuando llegaron a la capital.

Tras recoger la maleta común de la cinta de equipajes del Aeropuerto Internacional de Viena-Schwechat, Onofre y su hija de nueve años embocaron hacia la puerta de salida.

El último WhatsApp confirmatorio con Julia K. era de esa misma mañana, antes de embarcar, por lo que nada hacía presagiar que, al correrse las puertas de vidrio opacas, no estuviese entre la muchedumbre de expectantes familiares.

Tras una concienzuda exploración, Onofre, acostumbrado en el pasado a las ausencias de Julia —que solían anunciar fugas o el inicio de alguno de sus inventos y malabarismos—, decidió tomárselo con sentido del humor. Sin ofrecer explicaciones a su hija, para no inquietarla, dirigió los pasos comunes a la cafetería más próxima.

Julia llegó con el movimiento escurridizo de quien aparece sin que nadie logre adivinar de dónde, tomó asiento como si tal cosa en su mesa y comenzó a hablar con Onofre con absoluta naturalidad, como si hubiesen dejado la conversación en suspenso dos minutos antes, como si no hubiesen pasado más de quince años desde la última vez que se despidieron en esa misma ciudad.

Tan extraña situación le trajo a la mente al restaurador de obras de arte la novela de Luis Mateo Díez, Vicisitudes, donde una boda en el pueblo imaginario de Solba plantea un enigma: la intermitente desaparición del novio.

En el coche, que Julia había dejado mal aparcado en la puerta del aeropuerto, había un niño de la misma edad que Marisa, asustado, mientras una agente de seguridad le preguntaba por el paradero del conductor del vehículo. Onofre dio por sentado que Julia se acercaría a aclarar el incidente, pero, sorpresivamente, no se encontraba a su lado.

Onofre no sabía ni una palabra de alemán; con su mejor inglés presentó las oportunas excusas, añadiendo que ya se iban a marchar. En breve tenía una multa en las manos y la regordeta agente —ya señorona— había extraído de su mochila un datáfono. “Descuento por pronto pago”; esas palabras sí que fueron expresadas en inglés y no en la lengua de Goethe.

Julia conducía por la autopista hablando sin parar, de todo y de nada importante. Onofre, sentado delante, a su lado, se giró hacia atrás para verificar qué hacían los menores. De alguna forma estaban congeniando, mezclando en su hablar una germanía entre el inglés y el español. La multa reposaba en secreto en el bolsillo interior de la chaqueta del madrileño: no había mucho dinero, pero persistía la clase.

—¿Y tú, qué tal, huesitos? —preguntó sin previo aviso—. ¿Qué ha sido de la vida de este guapetón todo este tiempo?
La alegre cuestión fue seguida de un manotazo en su pierna derecha.

—Todo tranquilo: repintar cuadros, cuidar de la pequeña, ya ves.

—¡Yo igual! —respondió rápida y nerviosa Julia, poniendo en tensión todo su cuerpo mientras dejaba la mirada fija en la carretera.

Y, como quiera que Julia no dijera una palabra más hasta dejarlos en la puerta del económico hotel que Onofre había reservado online, el restaurador asumió que la treintañera rubia, de larga melena enfundada en ropa vaquera informal, era plenamente consciente de que él también mentía.

Al terminar de instalarse en el hotel, Onofre se dio cuenta de que no habían quedado en nada con Julia y su hijo para más adelante. “¿Existiría un marido?”
Cuando le había preguntado a Marisa dónde quería pasar cuatro días de vacaciones, esta le había dicho que quería ver los mercadillos de Navidad alemanes. Onofre no conocía a nadie en Alemania, pero por Instagram había encontrado el contacto de Julia, que realizaba publicaciones sobre aspectos típicos de España, país que ella conocía bastante bien como profesora de español de Instituto que era. Seguía viviendo en Viena, y Austria no es Alemania, pero alguna vez lo fue.

Whatsapeó que, en una hora, se dirigirían al mercadillo de la plaza Rathausplatz —justo delante del ayuntamiento de Viena—, y que, si querían, podrían verse por allí para dar una vuelta y luego tomar algo.

Silencio.

A las ocho de la noche, tirando de una bolsa de regalos, Onofre y Marisa estaban ordenando la cena en el Gasthaus Pöschl, un restaurante típico de la ciudad.

Para Marisa pidió un Wiener Schnitzel mit Pommes, esto es: unos filetes empanados con patatas. Él solo ordenó una cerveza vienesa tipo Märzen; sabía que la pequeña se dejaría la mitad de su ración. No era sorprendente que se abstrajese jugando con el teléfono móvil, pero ¿con quién estaba hablando en ese momento?

—¡Es Karl, papá! Que nos hemos hecho amigos en Roblox. ¡Ahora hacemos misiones juntos!

Onofre extrajo de su chaquetón la novela que se había traído de Madrid: La méduse noire, de Yann Queffélec. La historia narraba la vida de un joven soldado francés repatriado de Argelia el 27 de abril de 1962 en un barco con sabor a vómitos y lágrimas. No tiene más que veinte años; hace dos años y medio que no ha hecho otra cosa que la guerra, y nadie le espera a su llegada a Marsella.

Tampoco a Onofre nadie le esperó a la salida de Soto del Real cuando, tras penar un año, le concedieron el tercer grado.

Eddie Puojol, el protagonista de la novela, se ha subido a un tren de literas sin billete, destino: París. En el momento de ser acorralado por el revisor, una mujer joven, con calcetines blancos, sale de los baños; sorprendida por la agitación, muestra el billete del coche cama de su amante, el mismo que se ha despedido de ella en el andén, excusándose por decirle, a última hora, que no la iba a acompañar.

Onofre cerró el libro: eran demasiadas las coincidencias entre la literatura y la realidad. Él también había conocido a Julia en un tren barato nocturno, de compartimentos y literas, en la cafetería, trayecto: Madrid a Algeciras.

El objetivo principal del fin de semana ya se había verificado, y Onofre era consciente de que, con nueve años, los museos resultan aburridos; por eso propuso, a la mañana siguiente, coger el metro para ir al Zoo. Al menos, por fuera, Marisa admiraría el cercano Palacio de Schönbrunn.

En el metro, Julia y Karl, de forma sorpresiva, se unieron a la comitiva.

—¡Ya se murió de viejo tu leopardo negro, salió en los periódicos! —indicó inopinadamente Julia, haciendo alusión al que por entonces fuera el animal favorito de Onofre.

Este ejercicio de memoria compartida le calentó el ánimo al madrileño.

—Bueno, vayamos a ver qué animal han puesto en su sustitución.

Para la grandísima sorpresa de Julia, en la gigantesca celda acristalada, sobre el mismo tronco de madera artificial, no dormitaba ningún felino diferente, sino el mismo leopardo negro, perezoso e indolente, que tantas veces habían visitado ella y Onofre años atrás.

A la hora de comer, pudo por fin Onofre entregarle a Julia el libro que le había traído de Madrid —La Nochevieja de Montalbano—, novedad reciente de Salamandra.

—Lo bueno de Montalbano no es el crimen resuelto, sino el ambiente: cómo te empapas de comida, cultura, costumbres sicilianas —dijo, reforzando el regalo.

—Sí, sí… —respondió ella, hojeándolo—, pero mejor en la lengua original; la inmersión es otra cosa.

—Non sapevo che tu parlassi italiano!—soltó Onofre, molesto por la tibieza del agradecimiento.

Julia solo hizo una mueca. Tras diez minutos de silencio tenso, acarició la nuca de Marisa: —Día de niños: al Prater.

El parque de atracciones de Viena seguía siendo una mezcla de lo antiguo con lo moderno, de esos que parecen existir tanto en la realidad como en un recuerdo. Allí convivían atracciones históricas —como la famosa noria que aparece en El tercer hombre— con simuladores de realidad virtual. La decoración navideña daba una cierta uniformidad al ambiente: mezcla de feria eterna y país diminuto.

Al llegar a las Geisterbahnen —las casas del terror antigüitas—, Julia, en tono de broma, le recordó a Onofre que, como él era mucho mayor que ella —unos nueve años—, le correspondía entrar en la casa encantada con los pequeños. Ella, mientras tanto, tenía cosas que hacer.

Desapareció agitada, pegada al teléfono móvil, y a Onofre no le sorprendió  no encontrarla después, a la salida de la atracción.

El error consistió en que Onofre ganó a los dardos un solo oso de peluche exagerado, de esos que no caben por las puertas de los vagones del metro. Hubo que invertir otra buena media hora —y dilapidar una pequeña fortuna— hasta obtener uno más para Karl. Solo entonces vibró el teléfono móvil, como si se tratase del mensaje secreto que les permitiera pasar a la siguiente fase del juego:

“Iros a casa. Karl lleva las llaves en su mochila. Hay pizzas en el congelador.”

Onofre abrió la palma de la mano para recoger los copos de nieve que comenzaban a caer. Anochecía; había que buscar pronto un taxi.

El barrio de Neubau, cerca de la zona de los museos, era laberíntico: calles estrechas que se abrían de pronto, pasajes interiores, locales que cambiaban cada dos meses, vecinos a los que nadie conocía del todo… Justo el tipo de barrio que le pegaba a una mujer que existía a medias.

El apartamento de Julia se ubicaba en un segundo piso sin ascensor de un edificio del siglo XIX: techos altos, un hermoso balcón que daba a un patio interior con bicicletas, un suelo de madera que delataba a quien lo pisara y la inevitable estufa vieja que quizá solo calentara a ratos.

Nada de lujo, nada de ostentación: estantes y bibliotecas plagadas de libros y archivadores. Las únicas fotos eran de Julia: a veces con Karl, a veces sola. En una de ellas, recortada, se la veía feliz en la playa.
¿Quién posó a su lado?

A medianoche, los infantes dormían en la cama de matrimonio del único dormitorio de la vivienda; los dos gigantes de tela custodiaban sus sueños. No podían existir mejores guardianes en toda la ciudad.

Onofre curioseaba la librería. Saltada la parte alemana, la española era envidiable, mejor que la suya en todo caso; para su sorpresa, la sección italiana tampoco estaba nada mal.

«Amigo, creo que una vez más has abierto tu gran bocaza para nada.»

En la mesilla del dormitorio reposaba un thriller con un marcapáginas: una de esas novedades editoriales que se regalan por Navidad, La Jaula del Sol, de Fran Cobos.

Se acomodó en el sofá del salón-comedor para ojearlo. Belfast, años ochenta: un boxeador católico escapa de noche haciéndose paso a sangre y fuego entre los controles británicos. Sugestivo.

La vida de Onofre también había sido un Belfast, y, mirando la de Julia, parecía que lo siguiese siendo todavía. Ya no vivía en el Barrio de Salamanca; adiós a su puesto de trabajo en el gran museo. Ahora vivía en Lavapiés y arreglaba muebles antiguos —la mayoría sin valor artístico alguno— en un viejo taller del Rastro.

Se asomó para ver dormir de nuevo a los niños.

«Al menos a esta la recuperé.»

Volvió al sofá para descabezar una siesta.

Cuando se despertó de madrugada, los vaqueros y la chaqueta de Julia, chorreando, se secaban en el radiador de la pared.

Julia, en ropa interior, tapada por una manta, se acurrucaba en el poco espacio que quedaba en el sofá, a su lado. Su respiración era espesa.

Onofre se levantó en busca de un almohadón y de su chaquetón. La recolocó de forma más confortable y la tapó mejor.

Se sentó en un silloncito enfrente y, antes de volver a quedarse dormido, le susurró:

—Has despistado a los Brits. Has vuelto a casa. Eso es lo importante. Ahora descansa.

Cuando amaneciese le propondría volver al Zoo para ver si el leopardo negro seguía allí.

José Vicente Rubio Eire (Madrid, 1972) es doctor en Derecho y relaciones Internacionales  y diplomado en Restauración de Obras de Arte. En la actualidad ejerce como abogado entre España e Italia. Escritor y conferenciante académico prolífico, fuera del ámbito del Derecho ha publicado varias novelas y relatos cortos, entre ellas El Tratado de Madrid (Editorial Caligrama, 2020) y Más oscuro que el negro(Editorial Distrito 93, 2024), siendo próxima la publicación de su tercera novela (El Ruido de las Sombras, Editorial Distrito 93, 2025). Actualmente dirige la revista de creación literaria El Movi_Miento.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tema Mission News de Compete Themes.
Raia Diplomática
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.