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Xi, Sánchez y la Luna

En este último mes hemos sido testigo de un gran número de iniciativas a nivel internacional. De hecho, no ha sido fácil mantenerse al tanto de esta multiplicación de visitas de Estados, cumbres, propuestas, acuerdos y declaraciones. Simultáneamente, la guerra en Ucrania continúa, las dificultades políticas y económicas de los países más pobres siguen, y nuevas amenazas del uso de la fuerza brotan en muchas partes del mundo.

China y Europa han sido las fuerzas propulsivas más destacadas de las actividades diplomáticas de estas últimas semanas. Intento ofrecer una rápida cronología y, como siempre, mi propia explicación de los acontecimientos.

China: todo empezó hace unos meses, en otoño de 2022, con la participación de Xi Jinping en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Uzbekistán (septiembre) y en la del G20 en Indonesia (noviembre). Unas semanas después, a raíz de protestas masivas, China terminaba una cuarentena prolongada y acababa con su política de “Covid cero”.

De manera muy perspicaz, Xi supo aprovechar esa coyuntura para inaugurar una nueva postura diplomática e intentar romper un aislamiento físico occidental que, desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania, también se estaba convirtiendo en un aislamiento político. La “amistad sin límites” entre China y Rusia – declarada el día de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, tres semanas antes del comienzo de la guerra –proporcionó a EEUU un recurso más para marginar a Pekín y fortificar la comunidad transatlántica, aprovechando el resentimiento compartido por los “países afines” (like-minded countries), socios y aliados de Washington, tanto en Europa como en el este de Asia.

La política exterior china siempre se ha considerado un apéndice de la agenda interna, y como tal un reflejo de los objetivos nacionales del Estado-Partido. En efecto, el escenario de este cambio de rumbo ha sido la inauguración de la XIV legislatura (5-13 de marzo) de la Asamblea Popular Nacional, la enorme cámara legislativa (no electiva, por supuesto) de China. En su discurso, Xi parece haber puesto los cimientos de una nueva doctrina de política exterior, más dinámica y proactiva, la del “dare to fight” (atrévete a pelear): no sólo el compromiso para el multilateralismo y su palabra de que China “estará en el lado correcto de la historia” (¡cuidado con las interpretaciones “prima facie”!); también la advertencia de que la reunificación con Taiwán es inevitable, el anuncio de un aumento del gasto militar y el afán para que China consiga “una mayor autosuficiencia tecnológica”.

El giro de Xi ha provocado tres consecuencias inmediatas. En primer lugar, el acuerdo para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Arabia Saudí e Irán (10 de marzo): un rotundo éxito diplomático, un primer paso hacia un deshielo de la rivalidad entre Riad y Teherán, que nos dice que China quiere y puede desempeñar un papel de mediación política, y no sólo de penetración económica, en una región tan importante como la del Golfo Pérsico.

A continuación, la visita de Xi a Moscú (20-21 de marzo), cuya consecuencia principal – aparte de una subordinación de facto de Rusia a China, aunque enmascarada por una escenificación de paridad estratégica – fue la aceptación de Putin de la “Posición de China sobre la solución política de la crisis de Ucrania”: un documento de doce puntos (cuya ambigüedad lexical no podría ser más evidente), el primero de los cuales, sin embargo, reitera “el respeto de la soberanía de todos los países” e invoca “el derecho internacional universalmente reconocido, incluidos los objetivos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”. Una música que, para los oídos del Kremlin, no debe proporcionar un buen sonido.

Encontrar un equilibrio, por cuanto difícil sea, entre la defensa de principios y valores no negociables y una política exterior pragmática y eficaz no es un espejismo, sino nuestra ambición.

Michele Testoni

En esto acierta Ihor Petrenko preguntándose ¿para quién juega Pekín? Elemental, querido Watson: China, por el momento, juega por sí misma y sigue con su política de “manos libres”. Parece que ni siquiera el gigante asiático tiene las ideas claras sobre cómo terminar la guerra de Ucrania, y quiere ganar tiempo. Además, ¿qué quiere decir China cuando habla de respeto de la soberanía nacional? A qué se refiere, en realidad: ¿a Ucrania o Taiwán?

China se encuentra en una encrucijada: sigue dando prioridad a sus intereses particulares a expensas de sus responsabilidades globales, es decir, las de uno de los actores fundamentales para la gestión del orden mundial. China necesita transformarse: de exportador de bienes y servicios a, también, proveedor de seguridad colectiva.

Finalmente, el viaje de Pedro Sánchez a China (30-31 de marzo). Pese a sus problemas estructurales (un gasto militar pequeño; una economía que crece pero aún frágil; una cultura estratégica muy proclive a un multilateralismo acrítico, etc.), España se encuentra en una coyuntura internacional privilegiada, en virtud del activismo internacional del propio Sánchez y de la presidencia española de la UE que empezará el próximo julio. En China, el Presidente del gobierno ha reforzado las relaciones bilaterales, aprovechando del 50º aniversario de su establecimiento, y ha hablado prácticamente en nombre de la Unión cuando:

  • en la conferencia del Foro de Boao (la respuesta china al Foro Económico Mundial de Davos) ha exhortado a “promover el diálogo y la cooperación entre Europa y Asia”, en particular pidiendo que los mercados asiáticos (y China, sobre todo) respeten el principio de reciprocidad y se abran a las inversiones europeas;
  • en su encuentro con Xi, ha reiterado el apoyo español, es decir, de Occidente, al plan de paz de Zelenski y, a la vez, aplaudido los esfuerzos diplomáticos chinos.

Un doble llamamiento, muy elocuente en los tiempos que corren. Por dos razones. La primera: Sánchez ha abierto el camino al viaje, unos días después, de Úrsula von der Leyen y Emmanuel Macron. Una visita muy controvertida porque desvela, una vez más, las ambigüedades chinas y las dificultades de gobernar las interdependencias de un mundo que se mueve hacia la multipolaridad – aunque con muchas asimetrías. Por un lado, la diferencia de trato que Xi ha reservado a los dos mandatarios no es un error de protocolo: es un hecho deliberadamente político. China y Europa mantienen una relación complicada, de socias y competidoras. Para China, menospreciar a la Comisión Europea significa presionar a toda la Unión Europea e intentar debilitar al mundo occidental: puede que América y Europa estén en crisis, pero siempre hay alguien que busca su división. Asimismo, China y Francia son potencias nucleares, con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Una táctica que los antiguos romanos llamaban “divide et impera” (divide y vencerás). Por otro lado, la entrevista de Macron al periódico Politico ha vuelto a destapar las discrepancias que existen entre los países occidentales y, por ende, la dificultad de continuar a proporcionar unidad y coherencia entre las relaciones transatlánticas y el proyecto de autonomía estratégica europea – europea, no francesa.

En segundo lugar, el viaje a China de Sánchez y el papel de Europa resultan aún más importantes debido a un cierto estancamiento de la iniciativa diplomática norteamericana. Por cierto: EEUU es el suministrador máximo de ayuda militar y económica a Ucrania – sin Washington, Kiev habría caído desde hace mucho tiempo; en el seno de la reciente cumbre del G20 en la India, el Secretario de Estado, Anthony Blinken, se reunió con los demás miembros del “Quad” (Australia, India y Japón) con quienes publicó una declaración de condena de la invasión rusa; y más recientemente 29-30 de marzo), el Presidente Biden organizó la segunda Cumbre por la Democracia, una destacada ocasión de diplomacia pública de respaldo a los principios y mecanismos democráticos frente a los desafíos contemporáneos. Sin embargo, la sensación es que EEUU tiene dificultad para diferenciar su estrategia, es decir, inventar una solución para vencer a Putin y su camarilla sin tener que volver a una reedición de “destinos manifiestos” y “ciudades brillantes sobre la colina”.

Encontrar un equilibrio, por cuanto difícil sea, entre la defensa de principios y valores no negociables y una política exterior pragmática y eficaz no es un espejismo, sino nuestra ambición.

Michele Testoni, es profesor asociado de IE School of International Relations desde 2013. También es profesor invitado en el Global Economy and Social Affair Master (GESAM), un programa conjunto administrado por la Universidad de Venecia Ca’ Foscari y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su investigación se centra en seguridad internacional, prestando especial interés a la política exterior de Estados Unidos y la OTAN. Ha publicado en varias revistas como la European Security y Quaderni di Scienza Politica. Es miembro de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA) y de la Transatlantic Studies Association (TSA), donde también forma parte del Comité Ejecutivo.

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