Este es mi tercer artículo, en menos de un año, que escribo para Raia Diplomática sobre la situación en Oriente Medio. Un contexto cada vez más dramático y enrevesado. En el primero (noviembre de 2023) hablaba de los demonios de Hamás, mientras que en el segundo (abril de 2024) exponía mis dudas, éticas y estratégicas, sobre el uso prácticamente exclusivo de la fuerza por parte del gobierno de Netanyahu en su afán de erradicar el terrorismo islamista.
Un año después de aquel 7 de octubre, ¿cuál es la situación? ¿Los terroristas y sus patrocinadores han sido derrotados? ¿La sociedad israelí está más segura? ¿Qué futuro se puede vislumbrar para el proceso de paz en Palestina?
Un año después de aquella matanza, estas preguntas resultan vacías y no dejan prever nada bueno. Israel no sólo sigue arrasando la Franja de Gaza (más de 40.000 muertos, una devastación económica e infraestructural completa y una crisis humanitaria aterradora), sino que continúa legitimando la expansión ilegal de asentamientos en Cisjordania y los episodios de intolerancia y violencia hacia ciudadanos palestinos. Para más inri, Israel acaba de abrir otro frente en el Líbano contra las milicias de Hezbolá dando comienzo, hace unos días, a una operación militar en aquel país (la tercera) que, a su vez, ha provocado el lanzamiento de unos 200 misiles balísticos por parte de Irán. Mientras tanto, los hutíes (grupo insurgente chií en Yemen) disparan a buques petroleros que transitan por el Mar Rojo.
La escalada de las tensiones en el Líbano aumenta el riesgo (hasta ahora, en realidad, bajo) de una guerra total en Oriente Medio: el país de los cedros, una especie de ‘narco-Estado’ cuya frágil estabilidad se basa en un acuerdo promovido por una pluralidad de actores externos (Arabia Saudí e Irán, en primer lugar), es un auténtico polvorín. Su explosión podría desestabilizar, una vez más, a toda la región y, en consecuencia, generar unas ondas de choque con repercusiones globales.
¿Qué explica todo esto? ¿Por qué Israel está alargando el conflicto y qué objetivos tiene? ¿Cuál es el papel de EE.UU. (sobre todo de cara a sus próximas elecciones presidenciales) y de las otras grandes potencias? En fin, ¿qué podemos esperar?
La sociedad israelí sigue en un estado de shock emocional: los ataques de Hamás (1.200 muertos y 250 rehenes, de los cuales unos 100 siguen en paradero desconocido) son un trauma tan profundo que se les equipara a la ‘noche de los cristales rotos’ (Kristallnacht), el pogromo llevado a cabo por los nazi en el noviembre de 1938 contra los judíos y sus propiedades en Alemania y Austria (casi 100 asesinatos, 30.000 arrestados y posteriormente deportados a campos de concentración, unas 1.000 sinagogas quemadas y más de 7.000 negocios saqueados y destruidos).
Amplios sectores de la sociedad israelí se perciben en una situación de asedio permanente, una sensación de acorralamiento agigantada – según las múltiples declaraciones de Netanyahu, miembros del gobierno y personal diplomático – por una supuesta falta de solidaridad hacia los judíos y su Estado.
Pero, ¿de verdad estamos viviendo una nueva oleada de antisemitismo? Israel está más fuerte que nunca, su alianza con EE.UU. parece inquebrantable y su economía crece – sobre todo la investigación y el desarrollo (I+D) de sectores relacionados a la defensa y la alta tecnología – al igual que su población. No obstante, muchos israelíes se sienten aislados, abandonados e incomprendidos. ¿Por qué la persistencia de este sentimiento de victimismo?
La analogía es una herramienta psicológica muy habitual con la que intentamos descifrar situaciones críticas y confusas. Y puede que la comparación entre 1938 y 2023 tenga cierta justificación. Pero lo que resulta inaceptable son la desproporción de la respuesta israelí (¿tan poco valen las vidas de los palestinos?) y, como se ha dicho, un uso casi indiscriminado de la fuerza armada. Otras analogías deberían enseñar los fracasos de una militarización exasperada de las políticas de contraterrorismo.
Por mi parte, prefiero la propuesta de Ehud Olmert y Nasser al-Kidwa para un nuevo plan de paz entre Israel y Palestina. Puede que sea demasiado utópica y llegue demasiado tarde. Pero es, por el momento, la opción que ofrece más esperanza a los palestinos y – ¡ojo! – más seguridad a Israel
Israel vive en una especie de ‘Sturm und Drang’, de tormenta e ímpetu (pido disculpas a Goethe y todos los estudiosos de filología alemana si la comparación resulta inapropiada) en el que el pueblo de Israel tiene una relación única y primordial con Palestina porque es el beneficiario de un derecho bíblico – es decir, superior y divino – a vivir en armonía con su tierra y gozar de manera exclusiva de sus frutos. Es la imagen del Dios guerrero y vengativo del Antiguo Testamento, que ha elegido y defiende a ‘su pueblo’. Es también la idea de Netanyahu, y todo el ‘sionismo revisionista’, de un Gran Israel (el del Rey Salomón) que se extiende ‘del río al mar’. Volver a aquella edad de oro parece ser no sólo su mito fundacional, sino también la guía de su política exterior.
Netanyahu ha hablado clara y rotundamente: el objetivo de Israel es ‘cambiar el equilibrio de poder en la región para los años que vienen’. Estoy de acuerdo: un mundo sin Hamás y Hezbolá sería un mundo mejor. Y también lo sería sin el fanatismo de los ayatolás de Teherán y sus Guardias Revolucionarias.
Empero, en su recién discurso en la Asamblea General de la ONU, el plan de Netanyahu de alterar los equilibrios regionales parece fundarse no sólo en sus grotescas acusaciones de antisemitismo contra las Naciones Unidas, sino también en la enésima división del Oriente Medio entre ‘buenos’ y malos’; una representación de fuerte sabor neocon cuya simplificación y manipulación de las dinámicas regionales resultan difícil de creer y aceptar.
Es aquí que entra en juego Estados Unidos, el único actor global con relevancia estratégica en la región. Superpotencia militar y económica, pero sumergida (desde hace varios años) en un proceso de redefinición de su papel internacional; un debate caracterizado por una profunda polarización social (de la que Trump es tanto causa como consecuencia) y un liderazgo (lo de Joe Biden) no siempre a la altura de la situación.
Como señalado correctamente por Juan Tovar, el difícil equilibrio perseguido hasta ahora por el secretario de Estado norteamericano, Anthony Blinken, entre el tradicional apoyo a Israel y el intento de controlar su respuesta militar no ha sido solamente un fracaso de política exterior, sino que se está convirtiendo en un tema de política interna. Con Ucrania que ya no ocupa la prioridad de la agenda exterior de Washington, y una campaña electoral de relevancia histórica, la escalada de la crisis en Oriente Medio podría ocasionar una defección electoral de las comunidades musulmanas y los jóvenes universitarios, sobre todo en algunos ‘swing states’ claves como, por ejemplo, Michigan. A pesar del entusiasmo que, en verano, generó la candidatura de Kamala Harris. Sería un golpe fatal para los Demócratas y, al opuesto, un gran regalo para los Republicanos. Y la imagen de Trump como el candidato de la ley y el orden (¡vaya paradoja para alguien que intentó subvertir el resultado electoral de 2020!) podría resultar como la más beneficiada.
Es cierto, Putin y Netanyahu tienen a ‘su candidato’ (no es, sin embargo, el caso de China). Pero la idea que una eventual segunda presidencia Trump podría recuperar el espíritu de los ‘Acuerdos de Abraham’, abriendo las puertas a la normalización de las relaciones entre Israel y Arabia Saudí, como si nada de lo que está pasando en estos meses hubiera ocurrido, me parece algo trivial y muy simplificador. Además, la opción ‘concierto de las grandes potencias’ no ofrece ninguna solución – ni práctica ni justa – para el asunto palestino; lo sigue dejando debajo de la alfombra.
Por mi parte, prefiero la propuesta de Ehud Olmert y Nasser al-Kidwa para un nuevo plan de paz entre Israel y Palestina. Puede que sea demasiado utópica y llegue demasiado tarde. Pero es, por el momento, la opción que ofrece más esperanza a los palestinos y – ¡ojo! – más seguridad a Israel.

Michele Testoni es profesor asociado de IE School of International Relations desde 2013. También es profesor invitado en el Global Economy and Social Affair Master (GESAM), un programa conjunto administrado por la Universidad de Venecia Ca’ Foscari y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su investigación se centra en seguridad internacional, prestando especial interés a la política exterior de Estados Unidos y la OTAN. Ha publicado en varias revistas como la European Security y Quaderni di Scienza Politica. Es miembro de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA) y de la Transatlantic Studies Association (TSA), donde también forma parte del Comité Ejecutivo.














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