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Israel: Problemas Éticos y Estratégicos

Han transcurrido ya seis meses desde aquel maldito 7 de octubre, el tercer peor atentado terrorista de la historia contemporánea y causa de la enésima intervención militar israelí en Gaza.

Demasiado poco se ha hablado de las atrocidades cometidas por Hamás: unas milicias muy bien adiestradas, equipadas y organizadas, los paladines del irredentismo palestino en su declinación islamista. Escribí sobre los demonios de Hamás, aquí en Raia Diplomática, el pasado mes de noviembre.

Asimismo, me parece que las condenas a Yahya Sinwar, el líder de Hamás en la Franja, y su red de apoyos internacionales han sido demasiado blandas: lanzar un ataque masivo a Israel para provocar su reacción furibunda y, en consecuencia, incitar una nueva insurrección árabe, convertirse en la principal fuerza política palestina y causar el aislamiento diplomático del Estado judío, es un plan perverso e inmoral. Aunque, y desafortunadamente, los objetivos de Hamás se están parcialmente cumpliendo, como atestigua ‘The Economist’, el coste principal de esta guerra recae sobre la población gazatí – utilizada por el extremismo y el cinismo de Hamás y golpeada, a menudo de manera indiscriminada, por las fuerzas armadas de Israel. Una catástrofe humanitaria que nos deja atónitos e indignados hacia el gobierno de Benjamín Netanyahu.

Israel está cometiendo dos clases de errores. En primer lugar, no ha sabido controlar sus instintos más furiosos de represalia y venganza. Es cierto que Israel se enfrenta, desde hace 76 años, a un contexto regional hostil, caracterizado por una larga serie de actores estatales y no estatales que, a pesar de sus múltiples diferencias, mantienen un interés común: la destrucción de Israel. Igual de cierto es que Israel, gracias a repetidas mediaciones de Estados Unidos, ha ido mejorando su entorno a través de una política de ‘buena vecindad’ con sus países limítrofes (Egipto y Jordania) y otras naciones árabes, como en el caso de los Acuerdos de Abraham de 2020.

No obstante, el Estado de Israel va acumulando un largo historial de humillación del pueblo palestino y desprecio a las resoluciones de la ONU. El punto de inflexión fue la Guerra de los Seis Días (junio de 1967), tras la cual Israel empezó la ocupación de los territorios palestinos. De ahí, pese a los varios intentos de acuerdos de paz, varias resoluciones aprobadas por el Consejo de Seguridad (vinculantes, según el derecho internacional) que siguen sistemáticamente ignoradas, en particular:

  • la 242 (noviembre de 1967) que exige la retirada de Israel de los “territorios ocupados”;
  • la 446 (marzo de 1979) que declara ilegal la creación de asentamientos israelíes en los territorios palestinos;
  • la 478 (agosto de 1980) que establece la contrariedad al derecho internacional de la proclamación de la ciudad de Jerusalén “entera y unificada” como capital del Estado de Israel;
  • la 1397 (marzo de 2002) que, en el marco de la segunda Intifada, apoya el plan de construcción de dos Estados (Israel y Palestina) que “vivan uno junto al otro dentro de fronteras seguras y reconocidas”;
  • la 2334 (diciembre de 2016) que expresa “grave preocupación” por la efectiva viabilidad de la situación biestatal debido a la continua expansión de asentamientos israelíes en los territorios palestinos.

El Gran Israel, aspiración histórica del ‘sionismo revisionista’, el movimiento político y cultural al que pertenece el propio Netanyahu, es un proyecto que no busca el entendimiento y la coexistencia pacífica, sino una expansión basada en el nacionalismo étnico

Michele Testoni, Profesor de Relaciones Internacionales en IE University

El uso desproporcionado de la fuerza, en lo que sigue siendo un acto de legítima autodefensa (como reconoció la propia Corte Internacional de Justicia en su famosa sentencia del pasado 26 de enero), pone el gobierno de Netanyahu en la muy incómoda y poco envidiable posición de agresor y verdugo, y ya no de víctima de un ataque vil, atroz e injustificado.

Una situación que empeora cada día más y que está llegando a un nivel de total insostenibilidad: las repetidas negativas de Netanyahu a la entrega de ayuda humanitaria y su rechazo a un alto el fuego inmediato durante el Ramadán (como dicta la resolución recién aprobada por el Consejo de Seguridad ONU, la primera desde el comienzo de esta guerra) son inaceptables. Por fin se habla de una tregua para llegar a un canje de presos por rehenes; comparto la expectación de las familias, pero este trato no cambiaría el rumbo del conflicto.

La punición colectiva a la que se está sometiendo la población gazatí, una medida radical para estrangular a Hamás, es inhumana y pone Israel al borde de la legalidad internacional. Como escribe Ruth Ferrero, “todo aquel que no cumpla con el derecho internacional podrá ser acusado de complicidad en la comisión de graves crímenes de guerra y contra la humanidad, cuando no de genocidio”.

El segundo gran fallo de la acción israelí es de carácter estratégico. Si es cierto que el drama del 7-O representa para Israel lo que el 11-S fue para EE.UU., igual de cierto es que la elección de Netanyahu de privilegiar el uso de la fuerza contra Hamás (tal y como hizo el entonces presidente norteamericano, George W. Bush, contra Al-Qaeda) es una clara equivocación. Es el típico ejemplo de cómo ganar una batalla, pero luego perder la guerra.

Lo explica muy claramente Karen Sudkamp, investigadora de la RAND Corporation y experta de contraterrorismo: la invasión terrestre de Gaza – y la manera en la que se está desarrollando – demuestra que no se ha aprendido ninguna de las muchas lecciones que nos dejan los veinte años de ‘guerra global contra el terror’ (GWOT). La más importantes:

  1. la imposibilidad de llegar a la destrucción de una organización terrorista a través del exclusivo instrumento militar;
  2. la exigencia de que el uso de la fuerza – ineludible en el corto plazo – sea el más preciso posible y respaldado por inteligencia detallada;
  3. la necesidad de eliminar los líderes de la organización terrorista y limitar el daño para los civiles, los rehenes y las organizaciones humanitarias que operan en ese territorio;
  4. la voluntad y la capacidad de crear una red de aliados internacionales y locales con la que llegar a la definición de un plan a largo plazo, legítimo y compartido, para la estabilización política y la reconstrucción económica y social una vez que termine el conflicto.
Israel Defense Forces (IDF)

Erradicar la influencia de Hamás, escribe correctamente Sudkamp, requeriría “un esfuerzo multifacético” (a multifaceted effort) más parecido a una operación de contrainsurgencia que de antiterrorismo. Hamás ya no es, y desde hace tiempo, una vanguardia revolucionaria, es decir, un grupúsculo de fanáticos que maniobra en la clandestinidad en busca de notoriedad, sino una organización integrada en la sociedad palestina. A pesar del bloqueo israelí, Hamás controla el orden político, económico y social de la Franja; para más inri, sus líderes políticos están en el extranjero y sus principales fuentes de financiación descienden de las múltiples oportunidades (legales e ilegales) que ofrece la economía global.

Arrasar Gaza y sabotear, e incluso bombardear, las ONG que actúan con finalidades humanitarias no es sólo una potencial violación de los derechos humanos, sino también un error estratégico garrafal: la anihilación de la población gazatí y el incesante crecimiento de asentamientos ilegales en Cisjordania no son la manera de garantizar la seguridad de Israel ni de contrarrestar el apoyo a Hamás – ya ni se habla de la dignidad de la población palestina.

El Gran Israel, aspiración histórica del ‘sionismo revisionista’, el movimiento político y cultural al que pertenece el propio Netanyahu, es un proyecto que no busca el entendimiento y la coexistencia pacífica, sino una expansión basada en el nacionalismo étnico. Ideas que resultan aún más incomprensibles después de los enormes sufrimientos padecidos por las comunidades judías a lo largo de la historia.

Mala tempora currunt.

Michele Testoni es profesor asociado de IE School of International Relations desde 2013. También es profesor invitado en el Global Economy and Social Affair Master (GESAM), un programa conjunto administrado por la Universidad de Venecia Ca’ Foscari y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su investigación se centra en seguridad internacional, prestando especial interés a la política exterior de Estados Unidos y la OTAN. Ha publicado en varias revistas como la European Security y Quaderni di Scienza Politica. Es miembro de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA) y de la Transatlantic Studies Association (TSA), donde también forma parte del Comité Ejecutivo.

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